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Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Status: En proceso
Genre:Niñero / Padre soltero / Madre por contrato / La Vida Después del Adiós / Reencuentro
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

El cierre que se atoró

Al día siguiente, Dante me llamó al despacho con una expresión que no auguraba nada bueno, los brazos cruzados, la voz seca desde que abrí la puerta.

—Te vieron con Silvia Quintanar ayer. Subiendo a su auto, en el estacionamiento del súper.

—Ya se lo dije. Me interceptó, me ofreció dinero, la rechacé. Tres veces, si quiere el número exacto.

—¿Y esperas que te crea sin más, así, de palabra?

Sentí que la sangre se me subía a la cabeza, un calor rápido de indignación. Saqué el teléfono del bolsillo, busqué la grabación que había activado por instinto en cuanto sospeché de la situación, esa costumbre extraña de grabar conversaciones que no sabía de dónde venía, y la puse sobre el escritorio con un golpe seco.

—Escuche usted mismo, ya que no confía en mi palabra.

La voz de Silvia llenó el despacho, metálica a través de la bocina: "Dos millones de pesos, Ximena." "No." "Vas a arrepentirte de esto."

Dante se quedó en silencio, escuchando cada palabra hasta el final, sin interrumpir, la mandíbula tensa, los ojos fijos en el teléfono como si pudiera ver a través de él la escena entera. Cuando terminó, se pasó una mano por el rostro, avergonzado, el gesto de alguien que reconoce haberse equivocado sin querer admitirlo en voz alta todavía.

—Debí confiar en ti.

—Sí. Debió.

—Tu sueldo se duplica a partir de este mes. Como disculpa. —Lo dijo tan seco, tan a la defensiva, cruzando los brazos como si el dinero fuera un escudo, que casi me dio risa a pesar de la molestia.

—Con lo que ya me paga, licenciado, podría comprarle un departamento a mi casero y aun así sobraría para las quesadillas del mercado.

—Entonces considérelo un bono por sobrevivir a una acusación injusta de mi parte.

—Ahora sí suena a disculpa de verdad.

—No necesito que me compre la confianza con dinero, licenciado.

—No es una compra. —Levantó la vista, y por un segundo su mirada se suavizó de una manera que no le había visto antes, algo casi vulnerable asomándose entre la dureza habitual—. Es justicia. Merecías más desde el principio, y lo sabes. Debí investigar el origen de esa grabación antes de acusarte, no al revés.

—Discúlpese bien, entonces, en lugar de esconderse detrás de un cheque.

Se quedó callado un segundo, sorprendido, y luego, para mi propia sorpresa, asintió despacio.

—Perdón, Ximena. De verdad.

Bajé las escaleras después de esa conversación con una sonrisa que no pude contener del todo, y me encontré a Leo y Luna esperando en el descanso, sentados en los escalones con expresiones idénticas de picardía, como dos jueces esperando el veredicto.

—¿Qué estaban haciendo con papá tanto tiempo arriba? —preguntó Leo, con las cejas levantadas como un adulto chismoso, imitando un gesto que seguramente le había visto a alguna vecina.

—¡Trabajo, Leo! Solo trabajo.

—Ajá —dijo Luna, sin creerme absolutamente nada, cruzando los brazos igual que su padre, y ambos se echaron a reír mientras yo sentía que la cara se me encendía hasta las orejas.

—Un día de estos les voy a preguntar a los dos qué tanto conspiran cuando yo no estoy —les advertí, tratando de sonar severa, aunque la sonrisa me traicionaba.

—Nunca lo vas a saber —dijo Leo, con un aire de misterio tan exagerado que hasta él mismo se rió de su propia actuación—. Somos muy buenos guardando secretos.

—Eso ya lo noté —murmuré, más para mí misma que para ellos, siguiéndolos hacia la cocina donde ya se olía el chocolate caliente que Don Simón preparaba cada tarde a esa hora, un ritual que en apenas unas semanas se había vuelto tan mío como de ellos, con las tazas siempre en el mismo orden sobre la barra: la más pequeña para Luna, la de dinosaurios para Leo, y una sencilla, blanca, que sin que nadie lo dijera ya era la mía.

—◆—

A la mañana siguiente bajé temprano, todavía en pijama, buscando un vaso de agua en la cocina fría de la madrugada, cuando oí voces bajas viniendo del despacho de Dante. La puerta estaba entreabierta, una rendija de luz amarilla cortando el pasillo oscuro, y el silencio del resto de la casa hacía que cada palabra llegara con una claridad que no debía tener.

—…necesitamos vigilar de cerca a Camila —decía la voz de Don Simón, grave y cautelosa—. Si ella empieza a hacer preguntas sobre lo que pasó cuando fingió ser…

No alcancé a oír el resto. El suelo crujió bajo mi pie, una madera vieja que llevaba delatándome años a otros habitantes de esa casa, y ambas voces se cortaron de golpe, un silencio abrupto que se sintió casi como un portazo.

—¿Quién anda ahí? —La puerta se abrió de par en par. Dante me encontró parada en medio del pasillo, con el vaso de agua todavía en la mano y una expresión de culpa que probablemente delataba que había oído más de lo que debía, aunque en realidad fueran apenas unas palabras sueltas.

—Nada, yo solo… iba por agua, se me secó la garganta.

Me tomó del brazo y me hizo entrar al despacho, cerrando la puerta tras de sí con un chasquido definitivo que sonó más fuerte de lo necesario en el silencio de la madrugada.

—¿Qué escuchaste?

—Algo sobre Camila. Y "fingir". No entendí nada más, se lo juro por lo que quiera.

Se quedó mirándome largo rato, sopesando algo detrás de esos ojos oscuros que no lograba descifrar, un debate silencioso que se libraba enteramente en su cabeza, mientras Don Simón, de pie junto al librero, evitaba mirarme directamente, los dedos tamborileando sobre una carpeta cerrada.

—Lo que sea que hayas oído, no vuelve a salir de esta casa. ¿Entendido? Si le dices algo a alguien, aunque sea una palabra, aunque sea a Leo o a Luna, te vas de aquí ese mismo día. Y no me refiero solo a tu trabajo.

—No entiendo por qué es tan grave un comentario a medias.

—No tienes que entenderlo. —Su voz era baja, tensa, casi suplicante bajo la dureza que trataba de mantener—. Solo tienes que guardar silencio. Confía en mí en esto, aunque en nada más.

Asentí, aunque por dentro una pregunta empezaba a crecer, insistente, imposible de ignorar, royendo cualquier intento de calma.

Salí del despacho con el vaso de agua todavía sin tocar, las manos frías por más que el pasillo estuviera templado. Camino a mi cuarto pasé frente a la habitación de los niños, entreabierta, y me detuve a mirarlos dormir un momento: Leo abrazado a una almohada el doble de grande que él, Luna con las trenzas deshechas sobre la cara. Sea lo que sea que están ocultando, no puede tocarlos a ellos. Eso no se los voy a permitir a nadie, ni siquiera a Dante.

Volví a mi cuarto, pero el sueño no llegó fácil. Cada vez que cerraba los ojos, la palabra "fingió" se repetía en mi cabeza, enredada con el rostro pálido de Camila en la entrada del colegio, con su "¿Tú sigues viva?" que todavía no lograba sacarme de encima. Había un patrón ahí, una forma que empezaba a insinuarse bajo la superficie, aunque yo no lograra todavía unir las piezas.

¿Qué es lo que están escondiendo sobre Camila? ¿Y por qué, cada vez que oigo su nombre, algo en mi pecho se aprieta igual que si ya conociera la respuesta?

Me quedé mirando el techo hasta que la luz gris del amanecer empezó a colarse por la cortina, sin haber dormido casi nada, repasando cada palabra sueltas que había alcanzado a oír, dándoles vuelta como quien intenta armar un rompecabezas con la mitad de las piezas perdidas. Fingió. Fingió qué. Fingió ser quién. La palabra se negaba a soltarme, se enredaba con el recuerdo de Camila palideciendo frente al colegio, con la manera en que Don Simón bajaba la voz cada vez que ella se acercaba a la propiedad.

Cuando por fin bajé a desayunar, encontré a Dante ya sentado, con el periódico sin abrir frente a él y la mirada perdida en la ventana, la taza de café azul marino intacta, enfriándose. No dijo nada sobre la noche anterior, y yo tampoco pregunté, aunque el silencio entre los dos se sintió distinto: más cargado, más consciente de sí mismo, como si ambos supiéramos que algo se había movido de lugar sin que ninguno lo nombrara todavía.

—¿Dormiste bien? —preguntó, sin levantar la vista del todo.

—No mucho —admití, sirviéndome café sin que nadie me lo pidiera—. Pero voy a sobrevivir.

Él asintió, como si esa respuesta bastara, y por un instante pensé que iba a decir algo más. No lo hizo. Solo empujó hacia mí, sin comentarios, el plato de fruta que Don Simón había dejado listo, un gesto pequeño que, viniendo de él, valía más que cualquier disculpa formal.

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Isabella Varela
Lulú que novela tan larga nada de momentos de amor ,solo tragedia tras tragedia muy cansona no me gustó.
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