Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 12
Camila
Salí del lugar donde estaba con Alejandra con una mezcla extraña de emociones. Habíamos hablado de todo: de la oficina, de Sebastián, del nuevo jefe alemán que había puesto patas arriba la empresa… y de mí. De la nueva versión de mí que estaba emergiendo sin pedir permiso.
Como el bar quedaba relativamente cerca del apartamento, decidí volver caminando. Necesitaba aire. Necesitaba pensar. Nueva York de noche tenía ese efecto extraño: te hacía sentir diminuta y poderosa al mismo tiempo.
Sabía que tenía que hablar con Maximilian.
La situación era distinta ahora. Ya no éramos solo dos desconocidos que se habían encontrado en un rave y habían decidido perderse sin preguntas. Él era mi jefe. Yo era su empleada. Y, aunque parte de mí concordaba con el plan que estaba armando para destruir emocional y profesionalmente a Sebastián, otra parte sabía que Maximilian no parecía el tipo de hombre que aceptara involucrarse en una relación, así fuera falsa.
Mucho menos una relación por conveniencia.
Además, solo imaginarme pidiéndole algo así me hacía sentir… vulnerable. Y yo no estaba acostumbrada a eso.
Tenía que pensar en otro plan. Uno más elaborado. Más inteligente. Más cruel, si era necesario. Sebastián merecía cada golpe.
Estaba tan sumergida en mis pensamientos que no noté al hombre hasta que lo tuve enfrente.
—Oiga, señorita —dijo con voz áspera—, ¿me puede ayudar con algo de dinero?
Lo miré rápido. Apariencia descuidada, ropa sucia, ojos inquietos. Instinto activado.
—No tengo —respondí con firmeza, sin detenerme.
Intenté seguir caminando, pero sentí un tirón brusco. El hombre había tomado mi bolso.
—Suéltelo —dije, sosteniéndolo con fuerza.
Tiró con más violencia. El corazón me empezó a latir con fuerza. La calle estaba poco iluminada. Demasiado silenciosa.
—Déjelo, señorita, no haga esto difícil —gruñó.
El miedo empezó a colarse por mis venas, pero no me paralicé. Con una mano seguía aferrada al bolso; con la otra intenté buscar el gas pimienta que siempre llevaba en uno de los compartimentos laterales. Mis dedos temblaban, pero seguí intentando.
Entonces, todo pasó muy rápido.
Una sombra surgió de la penumbra.
Maximilian.
Apareció detrás del hombre como si hubiera salido de la nada. Sin decir una palabra, le pateó las piernas con precisión brutal. El tipo cayó al suelo con un golpe seco. Antes de que pudiera reaccionar, Maximilian le propinó otra patada, más fuerte, directo al torso.
—¡Ahhh! —gritó el hombre.
—¿Estás bien? —me preguntó Maximilian, sin apartar la vista de él.
—Sí… sí —respondí, aún temblando.
El hombre intentó incorporarse. Grave error.
Maximilian volvió a patearlo, esta vez con tal fuerza que el tipo quedó inmóvil, gimiendo.
—Vamos —me dijo—. Le costará levantarse.
Me quedé mirándolo, sorprendida. No solo por lo que había hecho, sino por cómo lo había hecho. Sin rabia. Sin espectáculo. Solo eficacia.
Caminamos unos metros en silencio, hasta que mi cuerpo empezó a relajarse.
—¿Dónde aprendiste a patear así? —pregunté, intentando sonar casual.
—En el ejército —respondió.
—Ah… —sonreí de lado—. ¿Me enseñas?
Me miró de reojo.
—Tal vez.
Hubo un silencio breve, cargado.
—Además —añadió—, debemos hablar de que eres mi empleada.
Suspiré.
—Sobre eso… —me detuve—. ¿Por qué me diste el puesto de Regina?
Me observó con atención.
—Porque vi tus informes.
—Gracias.
—Con gusto —respondió—. Pero debemos ver cómo solucionamos todo esto.
Asentí.
—Concuerdo.
Seguimos caminando. La ciudad seguía viva a nuestro alrededor, pero entre nosotros se había instalado un silencio distinto. No incómodo. Peligroso.
Porque una parte de mí quería seguir teniendo relaciones con él. Quería repetir lo que había pasado en Berlín, en el apartamento, en cada lugar donde habíamos perdido el control.
Y la otra parte sabía que estaba mal.
Que mezclar deseo, poder y venganza podía convertirse en una bomba de tiempo.
No sabía aún cuál de las dos partes iba a ganar.
Pero algo era seguro:
nada entre Maximilian Brandt y yo volvería a ser simple.