Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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La ropa del Capo
Alessia
Despierto a gusto. Tan a gusto que por un minuto olvido todo lo que estoy viviendo.
Solo por un minuto.
Pero la realidad se impone cuando una habitación que no es la mía se materializa frente a mis ojos.
Mamá… Mi madre debe estar sufriendo por mi culpa.
Me concentro en ella y ruego que pueda sentir que estoy bien, que nadie me ha lastimado.
Sé que es una locura, pero me gustaría transmitirle que estoy a salvo.
Me muevo y es cuando me doy cuenta de que estoy pegada al torso de Fabiano.
Ni siquiera dormida puedo escapar del imán de este torso.
Me atrevo a subir mis ojos a su rostro y doy gracias a Dios cuando lo encuentro dormido profundamente.
Se ve tan accesible cuando duerme, que por un segundo tengo el estúpido impulso de tocar su mejilla y sentir el crecimiento de su barba contra mi mano.
Por suerte soy más lista que eso.
Me alejo hasta que ya no puedo sentir el calor de su cuerpo.
Esto es raro.
¿Qué mujer que acaba de ser secuestrada le pide a su secuestrador que duerma a su lado?
¿Qué está mal conmigo?
—¿Síndrome de Estocolmo? —murmuro para mí.
Tiene que ser eso.
No sabía que fuera algo real, pero lo parece.
Es ridículo, pero me siento a salvo a su lado. No debería confiar en él. Pero lo hago. Sé que es mucho mejor persona que Lucio.
¿Qué tomaste de él, Lucio?
—Cloe —susurra el hombre a mi lado mientras su rostro se retuerce.
Bingo.
El idiota de mi hermano le robó a su esposa.
Imagino que mi hermano no respeta su matrimonio y tampoco respeta el matrimonio del hombre a mi lado.
Miro su mano, pero está bajo el edredón.
Dudo unos segundos.
¿Qué estoy haciendo?
Con cuidado acerco mi mano a la suya para buscar la argolla, pero no encuentro nada.
Novia entonces.
Paso la yema de mi pulgar por sus nudillos.
Es la primera vez que toco a un hombre con el que no esté relacionada.
Es extraño.
Nunca imaginé que una mano pudiera sentirse... diferente.
Su mano es grande y sus dedos son largos… masculinos. Sé que probablemente ha matado a docenas de personas con esta misma mano.
Ningún cuello resistiría demasiado bajo la fuerza de estos dedos.
Debería sentir miedo, pero solo siento… no lo sé.
¿Curiosidad?
Tal vez.
No estoy segura de qué es lo que siento.
Pienso en mi prometido sin rostro. En el hombre que tendré que tocar y que podrá tocarme. ¿Sentiré la misma curiosidad con él?
Espero que sí. De lo contrario mi vida será un infierno.
—¿Terminaste la inspección?
—Mierda —jadeo y suelto su mano—. Lo siento. Lo siento.
Se sienta mientras bosteza.
—No te preocupes. Discúlpame tú. No quise asustarte. —Se levanta—. Me daré una ducha y vendré por ti para que tomemos desayuno en la terraza. Y gracias.
—¿Gracias? —pregunto todavía consternada por cada acción o palabra de este hombre.
—Llevaba tres días sin cerrar los ojos.
—¿Qué?
—Veinte minutos —es todo lo que dice antes de caminar a la puerta y desaparecer.
Me incorporo para darme una ducha también.
Quiero lavar el día de ayer de mi cuerpo.
*****
El agua caliente termina de llevarse el olor a humo que todavía parecía pegado a mi piel.
Permanezco unos segundos más bajo la ducha, intentando convencerme de que cuando abra la puerta todo esto habrá sido una pesadilla.
No ocurre.
La habitación sigue siendo la misma. El enorme ventanal, la cama y la camisa negra perfectamente doblada sobre una silla.
Suspiro y me envuelvo con la toalla blanca que encontré en el baño. Es demasiado grande para mí. Tengo que sujetarla con una mano para evitar que se deslice.
Un golpe suave resuena en la puerta.
—¿Less? —pregunta Fabiano.
—Un segundo.
Busco desesperadamente el vestido destrozado antes de recordar que él se lo llevó.
Maldición.
No tengo nada que ponerme.
—¿Alessia?
—¡Ya voy!
Abro apenas unos centímetros.
Fabiano sostiene un montón de ropa entre los brazos.
Levanta la vista... Y se queda completamente inmóvil.
Sus ojos negros recorren mi rostro. Después bajan, apenas un instante, hasta la toalla que envuelve mi cuerpo.
Solo un segundo.
Quizá dos.
Demasiado tiempo.
Siento cómo el calor me sube hasta las orejas.
—¿Qué? —pregunto intentando sonar ofendida, aunque mi voz sale bastante menos firme de lo que esperaba.
Él parpadea, como si acabara de despertar.
Carraspea discretamente y aparta la mirada.
—Te traje ropa.
Extiende el brazo sin volver a mirarme.
—Gracias.
Tomo el montón de tela y descubro un pantalón de buzo gris oscuro, una polera blanca de algodón y una sudadera negra con cierre.
Nada elegante.
Nada femenino.
Nada parecido a lo que imaginaba que vestiría un capo de La Corona.
—No encontré nada de tu talla —dice todavía mirando cualquier lugar menos a mí—. Es mío... probablemente te quede grande.
Probablemente.
El pantalón podría servirle a dos Alessias.
No puedo evitar sonreír.
—Cinco minutos —dice mientras comienza a alejarse. Da dos pasos. Se detiene. Y sin girarse añade: —Y... procura secarte bien el cabello. Aquí las mañanas son frías.
Asiento, aunque él ya no puede verme.
Cierra la puerta detrás de sí.
Miro la ropa entre mis manos.
Huele a él.
A ese perfume amaderado que parece seguirlo a todas partes.
Me odio un poquito cuando acerco la sudadera a mi rostro solo para comprobar que, efectivamente, huele igual que él.
—Definitivamente tengo el síndrome de Estocolmo.
Cinco minutos después bajo las mangas de la sudadera por tercera vez.
Las manos desaparecen por completo dentro de ella.
Los pantalones también me quedan enormes.
Nunca pensé que una ropa tan simple pudiera sentirse tan cómoda.
Abro la puerta.
Fabiano espera apoyado contra la pared del pasillo.
Levanta la vista.
Sus labios parecen querer sonreír. No lo hacen, pero sus ojos sí.
—¿Qué? —pregunto cruzándome de brazos.
—Nada.
—Estás pensando algo.
Niega con la cabeza.
—Solo confirmé una teoría.
—¿Cuál?
—Que realmente eres diminuta.
Frunzo el ceño.
—No soy diminuta.
—Claro que no. —Su mirada baja hasta el dobladillo del pantalón, que arrastro varios centímetros por el suelo—. De seguro la ropa creció.
Lo fulmino con la mirada.
Él gira sobre sus talones con una tranquilidad irritante.
—Ven.
Comienza a caminar.
—¿A dónde?
—A desayunar.
Lo sigo por un largo pasillo de piedra iluminado por enormes ventanales.
Cuando atravesamos una puerta de vidrio... El aire salino golpea mi rostro.
Me detengo sin poder evitarlo.
Frente a nosotros, una inmensa terraza de piedra blanca se asoma directamente sobre el acantilado.
El Mediterráneo se extiende hasta donde alcanza la vista, teñido por el dorado de la mañana.
Una mesa ya está preparada con café, fruta, pan recién horneado y jugo de naranja.
Por un instante olvido que sigo secuestrada.
Y solo puedo pensar una cosa.
Mi secuestrador tiene una vista espectacular.
los niños iguales a Fabiano 🥰
construyeron una familia antes de casarse
Yesenia te felicito por otra historia excelente
Gracias 🌷