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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:19
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 6

Capítulo 6: ¿Ya se te pasaron los días fértiles?

No comieron en la casona. Sebastián le abrió la puerta del auto con un gesto seco, sin preguntar, y arrancó hacia el poniente antes de que su madre alcanzara a asomarse al portón.

—No tienes que llevarme a ningún lado —dijo Renata, todavía con el eco de las palabras de Fernanda pegado a la piel—. No tengo hambre.

—Sí tienes. —Él no apartó los ojos del carril—. No has comido desde en la mañana.

El Recodo los recibió con su penumbra tibia y su mantel largo. En cuanto cruzaron la entrada, el dueño se enderezó detrás del atril y sonrió con esa familiaridad que solo dan los clientes de años.

—Licenciado Alcántara, qué gusto verlo de nuevo. La mesa de siempre está lista.

De nuevo. La palabra se le quedó a Renata girando en la cabeza mientras se sentaba. De nuevo, como si él hubiera estado ahí hacía poco. Como si anoche, mientras ella se dormía sola en la recámara principal, Sebastián hubiera cenado en este mismo mantel con alguien que ella no conocía. No preguntó. Aprendió, en dos años de matrimonio, que preguntar solo servía para sentirse más tonta.

Pidieron sin abrir la carta; él conocía de memoria lo que a ella le gustaba, y esa pequeña certeza le dolió más que el hambre. Cuando llegó el consomé, Sebastián la miró por encima de los lentes.

—Ese día que llamó tu papá —dijo, sin rodeos—, oí lo suficiente. ¿Otra vez con lo del muchacho?

Renata dejó la cuchara. Damián. Siempre Damián. La imagen de su casa se le vino encima sin permiso: la mesa donde su lugar se fue haciendo cada vez más chico, Marlene sirviéndole al final y menos, su padre midiendo el cariño en centímetros de utilidad.

—Óscar quiere que le hable a la almohada —contestó, y la ironía se le enredó en la garganta—. Que use lo poco que me queda para colar a mi medio hermano en el Grupo Alcántara. Que "una hija sirve para eso". Marlene manda en esa casa desde antes de que mi mamá terminara de enfriarse, y mi papá le baila el agua. —Se encogió de hombros con una frialdad que le costó fabricar—. Es mi familia. No es asunto tuyo.

—Eres mi esposa. —Lo dijo bajo, casi molesto—. Puedo ir contigo a ver a los Fonseca. Un apellido a mi lado y a tu padre se le acaban las ganas de pedir favores.

—No. —La palabra salió más dura de lo que quiso—. A esa casa no te llevo. No quiero que veas eso. —Bajó la voz—. No quiero que veas cómo me tratan los que se supone que son míos.

Él la observó un momento largo, la copa detenida a media altura, y algo en su cara se acomodó: entendió, sin que ella tuviera que dibujarle el cuadro completo, que del lado de Renata las cosas estaban podridas de raíz, que la niña bien venida a menos con la que se había casado cargaba una casa mucho más fría que la de él. No insistió. Pero por debajo de la mesa, casi sin que se notara, le rozó el dorso de la mano con dos dedos, una vez, como quien deja una moneda para que la encuentren después. Bebió su vino y, cuando trajeron el postre, dijo, como quien comenta el clima:

—¿Todavía estás en días fértiles?

Renata levantó la vista, incrédula.

—Comemos —siguió él, imperturbable, girando la copa— y hacemos la digestión en casa.

Le tomó un segundo entender que su marido, el hombre que hacía dos años dormía en el cuarto de huéspedes "por trabajo", acababa de proponerle, a su manera glacial y torpe, acostarse con ella. Sintió que se le encendían las orejas.

—Está bien —dijo, y bajó la mirada al pay para que él no viera la sonrisa boba que se le escapaba.

En casa, se duchó con una ilusión que no reconocía en sí misma desde hacía mucho. Se lavó el pelo dos veces. Se puso la bata de seda, no el camisón de encaje blanco que él había rechazado aquella madrugada. Cuando salió del baño de la recámara principal, Sebastián estaba parado junto a la cómoda, con la secadora en la mano.

—La del cuarto de huéspedes se descompuso —dijo, y le tendió el aparato como una ofrenda incómoda—. Sécame el pelo.

Era mentira, y los dos lo sabían, y a ella no le importó. Se sentó él en el borde de la cama grande; ella, de pie detrás, deslizó los dedos entre su cabello oscuro y encendió el aire caliente. Trabajó despacio. Bajo las yemas sentía la nuca de su marido, la tensión de sus hombros aflojándose grado a grado. En el espejo, los ojos de él la seguían.

Cuando apagó la secadora, el silencio quedó cargado, denso, con un pulso propio. Renata dejó el aparato en la cómoda y no supo qué hacer con las manos. Sebastián se puso de pie, se giró y la tomó de la cintura, atrayéndola de espaldas contra su pecho. La bata de él olía a jabón y a esa madera cara que ella conocía de dos años de dormir sola. Hundió el rostro en su cuello, respiró hondo, como si se llenara de ella, y Renata sintió el roce cálido de su boca justo debajo de la oreja. Un escalofrío le bajó por la espalda.

—Sebastián —susurró, y su nombre le salió temblando.

—Shh. —La voz de él era otra, más baja, casi ronca, una voz que ella no le conocía—. Ven.

Él la alzó en brazos sin esfuerzo, como si no pesara nada, y dio dos pasos hacia la cama grande. Renata cerró los ojos. Después de dos años, pensó, después de todo, quizás esta noche por fin.

Fue entonces cuando el celular sonó.

Vibraba en la bolsa de la bata de él, un timbre agudo, insistente, que ya había sonado antes esa noche y él había ignorado. Sebastián se detuvo. Renata le rodeó el cuello con los brazos y apretó.

—Mi amor, no contestes —pidió contra su mandíbula—. Por favor. No contestes.

El teléfono calló. Ella respiró.

Y volvió a sonar.

Al otro lado de la ciudad, lejos de la vista de ambos, una pantalla iluminaba la oscuridad de un estudio: un pulgar marcaba, colgaba y volvía a marcar con una paciencia fría, mientras una sonrisa que no llegaba a los ojos se dibujaba frente al teléfono. Lucas sabía exactamente qué hora era. Sabía exactamente qué noche era.

El brazo de Sebastián se tensó. La dejó, con una suavidad casi de disculpa, otra vez en el suelo.

—Es del corporativo —dijo, ya con la voz cambiada, la del licenciado Alcántara—. Puede ser urgente.

Y contestó.

El domingo amaneció limpio y luego se nubló. Sebastián se fue temprano a la Torre; el Grupo Alcántara no descansaba un solo día del año, ni siquiera para él. A media mañana sonó el teléfono fijo de la mansión. Doña Chole le pasó el auricular a Renata con la discreción de siempre.

—Jenny. —La voz de su marido, apurada—. Olvidé unos documentos. La carpeta azul, en el cajón de arriba de mi escritorio. Que alguien me la traiga a la Torre.

—Yo te la llevo —dijo ella, antes de pensarlo.

Hubo una pausa breve.

—No hace falta. Manda a doña Chole.

—Quiero salir. Yo voy.

Colgó antes de que él pudiera negarse. La verdad, mientras buscaba la carpeta azul en el cajón, era más incómoda que la que había dicho: quería ver la Torre. Quería ver si en las oficinas de su marido había alguien —una secretaria, una socia, un rostro— que explicara por qué un hombre que acababa de alzarla en brazos podía después pasar dos años durmiendo a un pasillo de distancia.

Era apenas la segunda vez que pisaba la Torre Alcántara. La primera había sido de recién enamorada, con un ramo en las manos y el corazón desbocado. Ahora subía en el elevador de cristal con una carpeta y un nudo en el estómago.

El vestíbulo seguía siendo un templo de mármol y cristal, con el logo del Grupo Alcántara reluciendo detrás de la recepción como un altar. La gente de seguridad la reconoció y la dejó pasar sin preguntar. En el piso ejecutivo la recibió Iker Navarro, el asistente, correctísimo, con la sonrisa medida de quien sabe amortiguar situaciones.

—Señora Alcántara, qué pena. El licenciado está en junta y no puede salir. Si me permite la carpeta, yo se la hago llegar de inmediato. —Y, con tacto, tendiendo la mano hacia el elevador—: No querrá esperar, se le va a hacer tarde.

—Espero —dijo Renata, y se sentó en la sala de recepción.

Afuera, sin aviso, el cielo se rompió. Cayó un aguacero de esos que en la ciudad borran las ventanas y hacen humear el asfalto. Renata miró la lluvia, la carpeta azul apretada contra el regazo, y se dijo que esperaría solo un poco. Que él saldría, tomaría la carpeta, le rozaría la mejilla con esos dedos fríos y le diría, a su manera, que lo de anoche seguía en pie.

Media hora. Iker pasó dos veces, ofreció café, se disculpó de nuevo con una cortesía que empezaba a saber a lástima. Una hora. El repiqueteo del agua contra el cristal, los pasos amortiguados sobre la alfombra, el segundero del reloj de la pared avanzando con una lentitud cruel. Las secretarias de fin de semana la miraban de reojo y volvían a sus pantallas. Renata sintió el rubor subirle a las mejillas: la esposa esperando, la esposa que estorba, la esposa a la que su propio marido no baja a ver.

Sebastián no bajó.

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