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EL HEREDERO DE PAPEL. UN MATRIMONIO FORZADO

EL HEREDERO DE PAPEL. UN MATRIMONIO FORZADO

Status: Terminada
Genre:Completas
Popularitas:5.7k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 18. EL PRIMER GOLPE DEL RIVAL

El lunes por la mañana el ático se sentía diferente. La luz del sol que entraba por los ventanales de la cocina ya no iluminaba una zona de guerra fría, sino el inicio de una tregua real. Héctor y yo compartimos el desayuno sin la incómoda distancia de los días anteriores; de hecho, cuando me pasó la taza de café, sus dedos rozaron los míos con una deliberación que me hizo contener el aliento. La llave vintage seguía en el bolsillo de su pantalón de sastre, y saber que la barrera de mi santuario se había roto me generaba una extraña mezcla de nerviosismo y expectación.

Sin embargo, la paz dura muy poco en el mundo de los grandes negocios.

En cuanto las puertas del ascensor de la Torre Índigo se abririeron en el piso ejecutivo, supe que algo andaba terriblemente mal. El ambiente habitual de orden pulcro había sido reemplazado por un hormiguero de empleados corriendo de un lado a otro con carpetas y teléfonos pegados a la oreja. Marta, mi asistente, me esperaba en la entrada del pasillo con el rostro desencajado y una tableta electrónica temblando entre sus manos.

—Señorita Claudia, gracias a Dios que llega —dijo, siguiéndome el paso apresurado mientras yo caminaba hacia mi despacho—. Tenemos una crisis de suministro de categoría uno. Las catorce sedes principales de la zona centro y la costa no han recibido el cargamento de carne premium ni de vegetales frescos para el menú de la semana. Los camiones de la distribuidora central nunca llegaron a los puntos de entrega.

Me detuve en seco antes de tocar la manija de mi oficina, girándome hacia ella con las cejas fruncidas y la mirada afilada.

—¿Cómo que no llegaron? —exigí, sintiendo cómo mi instinto de jefa se encendía al instante—. Tenemos un contrato de exclusividad y penalizaciones millonarias por retrasos. Llama al director de logística de la distribuidora ahora mismo.

—Ya lo hicimos, jefa —Marta tragó saliva, mirando la pantalla de su tableta—. Ahí está el verdadero problema. El director de la distribuidora es Arturo Gómez... el proveedor que usted demandó el año pasado por el intento de fraude en las sedes norte. Al parecer, un fondo de inversión privado compró la mayoría de sus acciones el viernes por la tarde y lo restituyó en su cargo de forma exprés. Gómez acaba de enviar un comunicado alegando un "problema técnico insalvable" en los almacenes que suspende el servicio por los próximos tres días.

Entré a mi oficina de un golpe, arrojando mi bolso sobre el escritorio de roble. Tres días sin insumos frescos en mis restaurantes principales significaban millones en pérdidas, reservas canceladas, críticas destructivas en redes sociales y un daño irreparable para la reputación de Índigo Gastronómica. Gómez no tenía el dinero ni la inteligencia para comprar un fondo de inversión de la noche a la mañana. Alguien con mucho dinero y un odio profundo hacia mí estaba financiando este ataque.

Richard. El nombre de mi expareja apareció en mi mente con la claridad de un anuncio de neón. La humillación de la gala benéfica le había escocido tanto que había ido directo a buscar al peor enemigo de mi empresa para darnos donde más nos dolía. El antagonista de mi pasado estaba jugando sucio en mi terreno.

—Marta, convoca al comité de emergencia y busca proveedores locales alternativos. No me importa si tenemos que pagar el triple por el flete, quiero comida fresca en esas cocinas antes del almuerzo —ordené, abriendo mi laptop con furia.

—Es imposible para hoy, señorita Claudia —respondió Marta con voz rota—. El volumen que manejamos requiere una flota de camiones refrigerados de gran tonelaje, y todas las empresas de transporte de la ciudad tienen sus rutas reservadas con semanas de anticipación. Estamos bloqueadas.

Me dejé caer en mi sillón de piel, apretando los dientes. Sentí una punzada de impotencia que detestaba experimentar. Richard sabía perfectamente que la logística era el talón de Aquiles de cualquier franquicia culinaria.

Justo cuando el desespero amenazaba con nublar mi juicio, la puerta de mi despacho se abrió sin previo aviso. Héctor entró a la estancia a pasos firmes, vistiendo un traje azul marino impecable, pero con una expresión de seriedad absoluta en el rostro que delataba que no venía a hacer una visita de cortesía. Detrás de él, dos de sus jefes de operaciones de la constructora se quedaron esperando en el pasillo.

—Marta, déjanos solos un momento, por favor —pidió Héctor con una autoridad innata que mi asistente obedeció de inmediato, cerrando la puerta a sus espaldas.

Héctor caminó hacia mi escritorio, apoyó ambas manos sobre la madera y se inclinó hacia mí, clavando sus ojos grises en los míos.

—Mi analista de riesgos me acaba de avisar del movimiento en la distribuidora de Gómez —dijo, su voz profunda sonando como un bálsamo de seguridad en mitad del caos—. Y también me enteré de que el fondo de inversión que financió la operación está registrado a nombre de una empresa fantasma vinculada a la consultoría de Richard. Ese infeliz está intentando asfixiar tus restaurantes para vengarse de lo que pasó el viernes.

—Lo sé —respondí, pasando una mano por mi frente, sintiendo una rabia hirviente en el pecho—. Quiere destruirme, Héctor. Sabe que si no abro las sedes principales hoy, las acciones de Índigo se van a resentir y la junta directiva me va a exigir explicaciones. No tengo camiones refrigerados disponibles en la ciudad para mover el producto alternativo.

Héctor soltó una pequeña sonrisa, una mueca de tiburón de los negocios que me hizo enderezar la espalda de golpe. Se llevó la mano al bolsillo y sacó la llave vintage de hierro, dejándola tintinear sobre mi escritorio de roble.

—Tú no los tienes, girlboss, pero yo sí —susurró, con un brillo de pura determinación en los ojos—. Mi constructora maneja la flota de transportes pesados más grande de la región centro para el movimiento de materiales y maquinaria. Diez de mis camiones de logística tienen contenedores térmicos que usamos para el transporte de cemento especial y aditivos que requieren refrigeración constante. Ya di la orden de desviar las rutas de obra. En treinta minutos, esos camiones estarán en los almacenes de los productores locales alternativos que tu equipo seleccione, listos para cargar y abastecer cada uno de tus restaurantes.

Me quedé mirándolo con los ojos abiertos de par en par, completamente estupefacta ante la magnitud de su propuesta. Estaba arriesgando la logística de sus propias obras multimillonarias, retrasando sus proyectos, solo para salvar el suministro de mis restaurantes.

—Héctor... eso te va a costar penalizaciones con tus clientes de obra civil —dije, mi voz bajando de tono, conmovida por su gesto—. No puedo pedirte que sacrifiques tus balances por una guerra personal entre Richard y yo.

Héctor se inclinó un poco más, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor de su presencia. Estiró la mano y me tomó del mentón con suavidad, obligándome a sostener su mirada de fuego.

—No estás pidiéndome nada, Claudia. Te lo estoy ofreciendo yo —susurró, con una firmeza que me erizó la piel—. Richard se metió con la mujer equivocada, y se le olvidó que ahora esa mujer tiene a un tiburón de la construcción cubriéndole la espalda. Somos un equipo en este circo, ¿recuerdas? Mis camiones son tus camiones hoy. Vamos a aplastar el plan de ese cobarde antes del mediodía. ¿Trabajamos juntos o vas a seguir midiendo el costo del orgullo?

Miré la llave vintage sobre el escritorio y luego lo miré a él. El respeto y la admiración que sentía por este hombre terminaron de desbordarse. El rival de mi pasado pensaba que me iba a encontrar sola e indefensa, pero no tenía idea de que el matrimonio de farsa se había convertido en una alianza indestructible.

—Hagámoslo, de la Vega —sonreí de lado, sintiendo cómo la fiera regresaba a mi cuerpo—. Vamos a demostrarle a ese estúpido cómo manejan los negocios los verdaderos jefes de esta ciudad.

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Doris Torre
excelente novela 👍
Faby Mena
Estoy impresionada por la escritura y trama de esta novela. muchas felicitaciones.
Isabella Varela
EXCELENTE NOVELA ,FELICITACIONES A LA AUTORA, BUENA TRAMA ,SIN EXCESO DE VIOLENCIA ,PERSONAJES MUY RECURSIVOS ( PROTAGONISTA)
Violette Hernandez
jajajaja eso les paso por calientes y con el ego inflado
Violette Hernandez
interesante 🤔🧐 aunque ella ya es ceo de sus restaurantes y él aunque es ceo la empresa y negocios son de su padre, una desventaja 😌
Graciela Zugarramurdi
Muy linda novela,espero ansiosa los proximos capitulos ,incluido el final
EM
que bello🥰
Perla Arbos
Excelente historia!!!. Felicitaciones!!!
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