Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.
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Cenando con mi peor enemiga
El desayuno transcurrió en un silencio tan denso que se podía cortar con el cuchillo de mantequilla. Victoria estaba sentada al otro extremo de la mesa, hojeando un informe sin verlo realmente. Cada tanto, levantaba la vista y me miraba como si estuviera intentando descifrar un acertijo que no quería resolver. Yo, por mi parte, me concentré en untar mermelada con una dedicación que habría merecido un premio Nobel. Si querían a un inútil, hoy les daría el inútil más dedicado del hemisferio occidental.
—Tropezaste —dijo ella de pronto, sin levantar la vista.
—Sí —respondí, mordiendo la tostada con entusiasmo—. Es una habilidad. Tengo mucho talento para caerme. Debería ponerlo en mi currículum.
—Y derramaste café —continuó ella, como si no me hubiera escuchado—. Justo donde debías. Justo cuando más lo necesitaba.
—Coincidencia —dije, encogiéndome de hombros—. El universo es muy gracioso. O tal vez el café me odia. No sé. No le doy importancia.
Ella cerró el informe de golpe. El sonido resonó en toda la sala.
—Pues yo sí te la doy, Adrian. Porque cada vez que algo sale mal para mí… tú estás ahí. Y cada vez, de alguna forma que no entiendo, terminas arreglándolo. Sin querer. Siempre sin querer.
—Soy como un accidente afortunado —sonreí—. Un desastre con suerte. Deberías aprovecharme para la lotería.
Me miró fijamente unos segundos más, y luego se puso de pie, impaciente.
—Vístete. Cenamos fuera. A las ocho. Y no te atrevas a ponerte esa corbata roja. Pareces un payaso de feria.
—Como ordene, mi reina —me incliné exageradamente—. Iré a elegir mi traje de inútil. Tengo varios modelos.
El restaurante era uno de esos lugares donde la comida cuesta lo mismo que un coche y la música suena tan bajito que casi no se escucha. Victoria llegó diez minutos tarde, no porque se le hubiera hecho tarde, sino porque puntualidad es para quienes no tienen todo el mundo esperándolos. Se sentó, pidió vino, y me miró por encima de la copa como si estuviera examinando una pieza de arte dudosa.
—Hablemos claro —dijo, sin rodeos—. No sé qué eres. No sé qué pasó contigo después de aquella noche. Pero algo cambió. Y no me gusta no saberlo.
—Sigo siendo el mismo —dije, jugando con el tenedor—. El mismo tipo que se olvida las llaves y no sabe qué es un balance general. Solo que ahora… tengo más suerte.
—La suerte se agota —respondió ella, fría como siempre, pero con un temblor sutil en la voz—. Y cuando se agota, caemos todos. Tú primero. Yo después. Así que te pido una cosa: si tienes algún plan, alguna idea, alguna trampa… dímelo ahora. Porque si descubro que me mientes, te destruyo. No te lo digo por decir. Te destruyo.
—Entendido —asentí, tomando agua—. Sin mentiras. Solo un consejo gratis, de esposo inútil: no confíes en nadie que sonría demasiado. Esos suelen ser los que más te clavan el cuchillo. En especial si llevan traje gris y llevan tu agenda.
Ella apretó los labios. Sabía que hablaba de Marcus.
—Ya lo revisé —murmuró—. Las cuentas. Encontré las transferencias. Firmas falsas, pero perfectas. Casi imposibles de detectar. Si no hubieras… interrumpido la auditoría, ya me habrían destituido.
—Fue el café —insistí—. El café es un arma peligrosa. Deberían prohibirlo en oficinas.
—Adrian —me llamó por mi nombre, despacio, como probando el sabor—. Gracias. Por lo de anoche. No pensé que te importara.
—Somos equipo, ¿no? —dije con una sonrisa ligera—. Bueno, tú eres el cerebro y yo… soy el decorado. Pero el decorado también puede estorbar a los intrusos.
Ella bajó la mirada, sorprendida de sí misma por haber agradecido. El silencio volvió, pero esta vez no era pesado. Era… diferente. Más suave. Como si la pared entre los dos tuviera una grieta diminuta.
Fue entonces cuando lo sentí. No lo vi primero. Lo sentí. Un cambio en el aire. Una presencia que no debería estar ahí.
Me giré despacio. Una figura acababa de entrar. Una mujer. Vestía de negro, ajustado, elegante y oscura como una sombra. Su cabello caía en ondas negras sobre sus hombros, y cuando levantó la mirada, vi sus ojos: oscuros, intensos, y fijos en mí. En mí. No en Victoria. No en el entorno. Solo en mí.
Y entonces, cuando se acomodó el chal, lo vi. En su muñeca izquierda, visible un instante antes de cubrirla: un tatuaje. Una mariposa con las alas rotas.
Mi corazón dio un vuelco. La nota. El invernadero. Las tres de la mañana. Ella.
La mujer sonrió. No era una sonrisa amable. Era una sonrisa de reconocimiento. Como si hubiera estado buscándome toda la vida y por fin me hubiera encontrado. Se sentó en una mesa cercana, sin dejar de mirarme ni un segundo.
Victoria siguió mi mirada y frunció el ceño.
—¿La conoces? —preguntó, girándose para verla.
—No —dije, volviendo rápidamente a mi plato, ocultando cualquier rastro de lo que sentía—. Nunca la he visto. Debe ser… una coincidencia. El mundo es pequeño, ¿no?
—Se llama Alice Gunter —murmuró Victoria, estudiándola—. Actriz. Muy famosa. Pero… ¿qué hace aquí? Y por qué te mira así… como si te conociera de antes de que nacieras.
—Tal vez fui su fan —dije, forzando una sonrisa—. En una vida anterior. O tal vez le caigo bien. A la gente le caigo bien, ¿no? Soy simpático. Cuando no estoy rompiendo servidores.
Victoria no se convenció. Seguía mirando a Alice, luego a mí, luego a ella. El ambiente se había vuelto denso.
—Se levanta —susurró Victoria.
Alice se puso de pie, caminó hacia nuestra mesa con paso lento, deliberado. El restaurante pareció enmudecer a su paso. Cuando llegó a nosotros, no miró a Victoria. Me miró a mí.
—Te encontré —dijo, suavemente, como si solo yo pudiera escucharla—. No te escondas. Sabía que estabas aquí.
—¿Me busca a mí? —pregunté, fingiendo confusión—. Perdón, creo que se equivoca de persona. Soy solo… el esposo. El decorado. El que no importa.
Alice sonrió, y esa sonrisa dolía de ver. Triste. Desesperada. Y llena de una certeza que me heló la sangre.
—Sé quién eres —susurró—. Y sé lo que hiciste. No tienes que fingir conmigo. Nosotros… somos lo mismo.
Victoria se puso de pie de golpe, derribando la servilleta de tela que tenía en su regazo.
—Señora Gunter —dijo, con voz cortante—. Esta es una cena privada. Le agradecería que nos dejara en paz.
Alice la miró por primera vez, y había una lástima profunda en sus ojos.
—Cuídelo, Victoria Hale. Porque ahora que lo encontré… no soy la única que lo busca. Y los que vienen detrás de mí… no quieren hablar.
Se giró y se marchó, dejando un silencio pesado tras de sí. Victoria se sentó despacio, pálida.
—¿Qué fue eso? —preguntó, su voz perdida por un segundo—. ¿Qué quiso decir con "lo que hiciste"? ¿Con "somos lo mismo"?
—Ni idea —dije, tomando el vaso de agua con mano firme—. Tal vez confunde a todos los hombres guapos. Es un problema común.
Victoria me miró, y vi miedo en sus ojos. No de mí… sino por mí.
—Ella te conoce, Adrian. Y no como el inútil que dices ser.
—Tal vez todos me conocen menos tú —solté, sin pensar, y en cuanto las palabras salieron, supe que había cruzado una línea.
Ella se quedó callada. El resto de la cena transcurrió en silencio, pero no era el silencio de antes. Era un silencio cargado de preguntas sin respuesta, de secretos que empezaban a salir a la superficie.
Al llegar a la mansión, se detuvo frente a la puerta, antes de entrar.
—¿Vas a ir? —preguntó, sin mirarme—. A donde te dijo que fueras.
Me quedé quieto. No esperaba que lo supiera. No esperaba que lo dedujera tan rápido.
—No sé de qué hablas —mentí, pero supe que no me creyó.
—A las tres de la mañana —dijo ella, bajando la voz—. Lo vi en su boca. Lo vi cuando te hablaba.
Se giró y entró en la casa, dejándome solo en el porche, bajo la luna que se ocultaba entre nubes grises.
Subí a mi habitación. Cerré la puerta. Saqué la nota del bolsillo. La mariposa con alas rotas. Alice Gunter. Las tres de la mañana. El invernadero.
Me acerqué a la ventana. La mansión estaba en silencio. Pero yo sabía que no estaba solo. Victoria sabía algo. Alice sabía algo. Y alguien más… alguien que había enviado ese mensaje al teléfono… sabía algo también.
—Bueno —murmuré, mirando la hora: 2:15 a.m.—. Parece que no voy a dormir. Qué lástima. Me gustaba dormir.
Me puse la chaqueta. Salí de la habitación con pasos tan silenciosos que ni las tablas del suelo crujieron. Bajé las escaleras. Crucé el vestíbulo. Y salí hacia el jardín, donde el invernadero brillaba bajo la luz de la luna, como una jaula de cristal esperando a su prisionero.