¿Puede un hombre enamorarse de una mujer que vive de las noches? Adrián Valdés lleva años casado con Elena, una mujer que enfrenta una enfermedad terminal. Cuando el dolor y la soledad lo llevan a buscar compañía fuera de su hogar, conoce a Valeria, una mujer misteriosa que trabaja de noche para sacar adelante a su hija.
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Capítulo 12: Lo que no se dice
Valeria pasó dos días con fiebre.
Alma se encargó de llevarle agua, preparar tostadas y revisar que tomara los medicamentos. La niña caminaba por el apartamento con una seriedad que no correspondía a sus diez años.
—Tienes que descansar —repetía.
Valeria intentaba sonreír.
—Estoy descansando.
—Estás preocupada.
—También.
Sobre la mesa continuaba el sobre con el dinero ahorrado para el apartamento. Cada vez que Valeria lo miraba, sentía que la fiebre aumentaba.
La propietaria había llamado esa mañana.
—Hay otra persona interesada —le explicó—. Si quiere comprarlo, debe presentar una oferta pronto.
Valeria se incorporó en la cama.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Hasta el viernes.
Era miércoles.
Dos días para conseguir una suma que todavía estaba lejos de reunir.
Valeria cerró los ojos.
No podía trabajar aquella noche. Ni la siguiente. Apenas podía caminar sin sentir que el suelo se movía bajo sus pies.
Alma apareció en la puerta con una taza de té.
—La vecina dice que debes ir al médico.
—Mañana.
—Eso dijiste ayer.
—Mañana sí iré.
Alma dejó la taza sobre la mesa.
—No quiero que te pase nada.
Valeria sintió que el pecho se le apretaba.
—No me va a pasar nada.
Pero mientras pronunciaba aquellas palabras, recordó a Elena.
A Adrián diciéndole que su esposa estaba muriendo.
Quizá todos los adultos mentían de la misma manera: prometiendo que nada ocurriría cuando sabían que no podían garantizarlo.
En el hospital, Adrián recibió una noticia parecida.
El médico le explicó que el cuerpo de Elena estaba respondiendo cada vez menos al tratamiento. No le dio una fecha exacta, pero habló de semanas, tal vez menos.
Adrián escuchó sentado, con las manos entrelazadas.
—¿Ella lo sabe? —preguntó.
—Conoce la gravedad de su situación.
Cuando entró en la habitación, Elena estaba despierta.
—Tienes cara de malas noticias —dijo.
Adrián intentó ocultarlo.
—El médico quiere cambiar algunos medicamentos.
—No me mientas.
Él se sentó junto a la cama.
—Dice que estás más débil.
—Eso ya lo sé.
Elena extendió la mano.
Adrián la tomó.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
—Pero tienes una idea.
—Semanas.
Elena respiró lentamente. No lloró. Solo miró hacia la ventana, donde la tarde comenzaba a oscurecerse.
—Quiero volver a casa.
—Podemos hacerlo.
—No. Quiero volver a nuestra casa. A la de antes. A la que tenía jardín.
—Está demasiado lejos del hospital.
—No quiero morir en una habitación blanca.
Adrián sintió que se le quebraba algo por dentro.
—Voy a hablar con los médicos.
—Y con los niños.
—Sí.
Elena apretó sus dedos.
—No quiero que me recuerden conectada a máquinas.
—No tienes que decidirlo todo hoy.
—El tiempo no está de mi lado.
Adrián bajó la cabeza.
Durante unos segundos, pensó en Valeria.
En la forma en que ella le había pedido que no regresara si solo quería olvidar a su esposa.
Él no había regresado.
No la había buscado.
Pero cada día la sentía más cerca, incluso sin verla.
Esa noche, mientras Adrián acomodaba las cosas de Elena en una bolsa, encontró una fotografía antigua. En ella aparecían él y Elena el día de su boda, jóvenes, sonrientes y convencidos de que el amor bastaba para protegerlos de todo.
Adrián sostuvo la fotografía contra el pecho.
En otra parte de la ciudad, Valeria intentó ponerse de pie.
No pudo.
Alma corrió hacia ella y la sostuvo por el brazo.
—Mamá, tenemos que ir al médico.
Valeria apoyó la frente sobre la cabeza de su hija.
—Está bien. Iremos.
—¿Y el apartamento?
Valeria miró el sobre sobre la mesa.
—Todavía no lo sé.
—¿Podemos quedarnos donde vivimos?
—Sí.
—Entonces no te preocupes tanto.
Valeria sonrió con tristeza.
—Quiero darte algo mejor.
—Tú eres suficiente.
Aquellas palabras la hicieron llorar.
Mientras la abrazaba, comprendió que quizá llevaba demasiado tiempo intentando comprar seguridad con su propio cansancio.
Pero no podía rendirse todavía.
El viernes se acercaba.
Y, mientras Adrián se preparaba para llevar a Elena a casa, Valeria se preparaba para luchar por la suya.
Ninguno sabía que sus vidas volverían a cruzarse muy pronto.
No por deseo.
No por dinero.
Sino por una decisión que cambiaría todo.