Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.
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Capítulo 6
Cap 6: El brindis envenenado
"No es él", se repetía Ximena, ya sentada, mientras servían el primer plato. "No puede ser."
El hombre que ella mantenía se derretía con una caricia, la llamaba nena, le hacía pucheros cuando ella se iba temprano. Este Adrián Bramonte, en cambio, presidía la mesa de honor con la frialdad de una estatua, sin sonreírle a nadie, contestando con monosílabos a los poderosos que se peleaban por hacerle la plática. Eran dos criaturas distintas. Tenían que serlo.
Y sin embargo, no lograba calmarse. El pulso le seguía golpeando en el cuello.
Fernando, que llevaba media cena mirando hacia la mesa principal, por fin reunió el valor. Se limpió la boca, se puso de pie y caminó hacia allá con la sonrisa ensayada de quien va a jugarse el futuro de la familia.
—Señor Bramonte. —Le tendió la mano, que Adrián no estrechó—. Fernando Ayala. Constructora Altamar. Es un honor. Nos encantaría que considerara a los Ayala para el complejo Edén; tenemos treinta años de experiencia en…
—Los Ayala. —Adrián lo cortó sin levantar apenas la voz. El salón entero bajó el murmullo para oír—. El proyecto Edén puede ir con quien sea. Con cualquiera. —Una pausa exacta—. Menos con los Ayala.
Fernando se quedó con la mano en el aire.
—Señor, no… no entiendo. ¿Hicimos algo que…?
—Pregúnteselo a su esposa. —Y entonces, por fin esa noche, los ojos de Adrián se movieron. Cruzaron el salón entero y se posaron, fríos, directos, sobre Ximena—. Eso habría que preguntárselo a la señora Ayala.
Todas las cabezas giraron hacia la última mesa, junto a la cocina.
Un cuchicheo recorrió el salón como viento entre hojas secas. La señora Ayala. La mujer del ingeniero de provincia. ¿Qué tendría que ver una conductora de Monteverde con el heredero más temido de la Capital, para que él la nombrara así, en voz alta, delante de todos? Dos mesas más allá, doña Leticia se inclinó hacia Susana y le susurró algo al oído; las dos miraron a Ximena con la misma sonrisa afilada, la de quien acaba de oler sangre en el agua.
Ximena sintió el peso de cien miradas encima. Y sintió otra cosa, peor: la certeza, en el estómago, de que ese hombre la conocía. La estaba desafiando. La estaba poniendo a prueba delante de todos.
Fernando volvió a su mesa hecho una furia y se inclinó sobre ella.
—¿Qué le hiciste? —Entre dientes—. ¿Qué demonios le hiciste tú al hombre más poderoso de la región para que nos veté así, delante de todos?
Ximena tenía dos segundos para decidir. Y decidió mentir.
—Hace como tres años… —bajó la voz, compungida— le rayé el coche en un estacionamiento. Un Bramonte, yo qué iba a saber. Se bajó furioso y yo, en vez de disculparme bien, le aventé mil pesos y le dije que con eso le alcanzaba. —Se encogió de hombros—. Ha de ser rencoroso.
Fernando cerró los ojos, incrédulo.
—¿Mil pesos? ¿A un Bramonte? —Se apretó el puente de la nariz—. Eres increíble, Ximena. De verdad. Nos hundiste por mil pesos.
Ella no dijo nada. La mentira, absurda como era, había funcionado: Fernando se la tragó entera.
Desde la mesa de honor, Adrián no había dejado de observarla. Alzó su copa apenas.
—Para que no queden resentimientos —dijo, con esa calma que daba más miedo que un grito—, brindemos. La señora Ayala y yo. —Chasqueó los dedos y un mesero apareció con una botella de licor ámbar y una charola de copas pequeñas—. Diez copas. Una botella entera. Si se las bebe, quedamos en paz.
Un murmullo recorrió el salón. Era un castigo, y todos lo entendían como tal. En un mundo de galas y sonrisas, humillar en público con pura cortesía era el peor de todos, y Adrián lo administraba como quien firma un cheque: sin subir la voz, sin que le temblara la mano.
Ximena miró las diez copas alineándose frente a ella. Ella no bebía casi nunca; una botella entera de ese licor la tumbaría. Alargó la mano hacia la primera de todos modos. No pensaba darle a nadie el gusto de verla dudar.
—Un momento. —La voz de Adrián la detuvo en el aire, suave, casi curiosa—. Que las beba usted, señora Ayala. Con sus propias manos. A menos que haya alguien dispuesto a hacerlo en su lugar. —Paseó la mirada por la última mesa, sin prisa, como quien tiende una trampa y espera a ver quién cae—. ¿Nadie?
Fue entonces cuando Fernando se puso de pie.
—Yo las tomo. —Rojo hasta las orejas, jaló la charola hacia sí—. Por el qué dirán. No voy a dejar que mi esposa haga un ridículo aquí. —Y empezó a beber, copa tras copa, con los ojos cerrados, tragando el orgullo junto con el alcohol.
Adrián lo miró vaciar las copas sin cambiar la expresión. Solo, al final, algo se le tensó en la mandíbula. No era compasión. Era el fastidio de ver a otro hombre saldar una deuda que él había armado para cobrársela a ella —para obligarla a mirarlo, a hablarle, a reconocerlo—, y que Fernando, sin saberlo, le estaba estropeando. Cuando el ingeniero buscó a ciegas la décima copa, Adrián la apartó con un solo dedo, la levantó él mismo y la vació de un trago, los ojos clavados en Ximena por encima del cristal.
—La deuda queda saldada —dijo—. Por hoy.
El calor del salón, las miradas, el zumbido de las voces: a Ximena empezó a darle vueltas la cabeza aunque no había bebido una gota. Se llevó los dedos a la sien.
Y entonces la sintió. Una mirada. No de la mesa principal. De más arriba.
Levantó la vista hacia el balcón de la planta alta.
Ahí estaba él. Adrián. Se había levantado de la mesa sin que nadie lo notara y ahora la miraba desde la baranda, en la penumbra, inmóvil, con los ojos clavados en ella como dos puntas de hielo. Solo en ella. Como si en todo el salón no existiera nadie más.
A Ximena se le secó la boca.
Y sin pensarlo, sin decidirlo del todo, como quien necesita comprobar algo aunque le aterre la respuesta, sacó el teléfono por debajo de la mesa. Buscó el contacto. Dos palabras: el mantenido.
Marcó.
El teléfono empezó a dar tono.
Arriba, en el balcón, la figura en la penumbra bajó una mano hacia el bolsillo del saco. Sacó algo. Se lo llevó despacio, muy despacio, al oído.