Morí una vez intentando salvar una vida. No pienso morir una segunda vez por culpa de unos traidores.
Cuando Saray Lagranh reencarna como Kaileris Enthal, la villana destinada a ser ejecutada en una novela que había leído, descubre que la verdadera culpable era su mejor amiga y que su prometido jamás estuvo de su lado.
Conociendo su trágico final, decide cambiar su destino de la forma más escandalosa posible.
"¿Mi ex prometido y mi ex mejor amiga me convirtieron en la villana? Perfecto. Entonces voy a convertirme en la mujer más influyente de este imperio. Y si para lograrlo termino casándome con el padre de mi ex prometido, mejor aún."
Entre intrigas nobles, planes de venganza, animales rescatados y una protagonista tan inteligente como sarcástica, Kaileris está decidida a demostrar que la mejor venganza no es destruir a tus enemigos...
Es convertirte en la persona que jamás podrán superar.
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No es bueno provocar al LOBO si está tranquilo
Mis pasos hacían crujir la madera de los pasillos con la fuerza de un terremoto contenido. La furia que me corría por las venas no era la que experimentaba en el campo de batalla; esta era un veneno espeso, ardiente, que me nublaba la vista y me exigía arrancar una cabeza con mis propias manos.
Mientras descendía las escaleras hacia el patio de armas, buscando el rastro de la rata que llevaba mi propio apellido, los minutos anteriores se repetían en mi mente como fogonazos de pólvora, un flashback maldito que solo alimentaba las ganas de matar.
Hacía menos de una hora, yo seguía en mi despacho.
El aroma de Kaileris todavía flotaba en el aire, mezclado con el olor a terciopelo y las brasas extintas de la chimenea. Me había quedado de pie junto al escritorio, abrochándome la camisa limpia con una calma que no recordaba haber sentido en años. Recordar la forma en que se había entregado a mí en ese diván, la manera en que reclamó mi cuerpo y cómo su altivez se transformó en gemidos que solo me pertenecían a mí, me había provocado una sonrisa ladina. Había dejado claro mi territorio. Ella era mi mujer, y el Imperio entero tendría que tragarse ese hecho el fin de semana.
Cuando Biron entró a recoger la bandeja del desayuno, me limité a darle órdenes breves para la guardia fronteriza. Todo marchaba según el plan. Estaba en la cima del control.
Hasta que decidí subir a la recámara principal.
Esperaba encontrarla descansando, altiva y hermosa como siempre, envuelta en las sábanas de mi cama. Pero en cuanto empujé la puerta, el instinto de cazador que me había mantenido vivo en el norte me dio una bofetada. La habitación estaba en una penumbra pesada. Y ella... ella no estaba descansando.
Kaileris estaba hecha un ovillo en el borde del colchón, abrazando sus rodillas en una postura de indefensión que encendió todas mis alarmas. Ella jamás se encogía ante nadie. Ella era una reina sin corona. Al acercarme, la luz de la tarde golpeó el lateral de su cuello cuando ladeó la cabeza.
Y entonces lo vi.
Un hematoma morado, violento y fresco, marcaba la piel perfecta de su garganta. El calco exacto de unos dedos masculinos que habían osado apretar su cuello en mi propia casa.
El mundo se detuvo. Juro por los ancestros del norte que el corazón me dio un vuelco de pura rabia antes de convertirse en una máquina de guerra. Ver sus ojos cristalinos y escuchar su voz rota, un hilo de seda diciendo: «Fue Selius... me presionó contra la pared y pensé que...» fue el detonante final. El aire me faltó en los pulmones, reemplazado por una sed de sangre tan primitiva que me costó no destruir la puerta al salir.
De vuelta al presente, irrumpí en el vestíbulo principal con el aura de un verdugo. Biron caminaba a mi lado de prisa, con el rostro inexpresivo pero con la mano en el pomo de su propia espada, conociendo perfectamente el monstruo que se acababa de desatar en la mansión Carsont.
—¿Dónde está? —siseé, sin mirarlo, con los puños tan apretados que sentía las uñas clavarse en mis palmas.
—El joven amo Selius se encuentra en el salón de armas del ala oeste, mi señor. Indicó que se prepararía para salir a la capital —respondió Biron con voz firme.
—Asegura el ala oeste, Biron. Que ningún guardia entre, que ningún sirviente escuche —ordené, mi voz descendiendo a un susurro mortal—. Selius cree que por llevar mi sangre puede tocar lo que me pertenece. Hoy va a aprender que la sangre también se limpia del suelo.
Crucé el arco de piedra que dividía el palacio y empujé las pesadas puertas dobles del salón de armas de un solo golpe que resonó como un cañonazo.
Selius estaba de espaldas, ajustándose la chaqueta de su uniforme frente a un armero. Al escuchar el estruendo, se giró con una sonrisa altanera que se le borró del rostro en el milisegundo en que sus ojos se cruzaron con los míos. El color desapareció de sus mejillas, reemplazado por un pálido mortal al notar que mis ojos no eran los de un padre que iba a reprenderlo... eran los de un lobo dispuesto a destrozarlo.
—¿P-padre? —tartamudeó, dando un paso atrás de forma instintiva, buscando con la mano el pomo de un sable decorativo que estaba en la pared.
—Suelta esa maldita espada, Selius —sentencié, avanzando hacia él con una lentitud tortuosa que lo hacía temblar más—. No te va a servir de nada contra lo que te voy a hacer.
la belleza cuesta y es doloroso /CoolGuy/