Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
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CAPITULO 7. MUROS DE PIEDRA FRIA
El sonido del metal rascando las vías del tren fue la banda sonora de mi destierro. Mientras Zúrich se desvanecía detrás del cristal empañado por la llovizna, apreté con fuerza el colgante en forma de llave de plata que Óscar me había regalado apenas unas horas antes. Sentía el pecho vacío, como si me hubieran arrancado el corazón de cuajo, pero en su lugar comenzaba a asentarse un peso pesado, oscuro y ardiente: una rabia sorda contra mi padre y contra todo el imperio que pretendía usarme como un objeto de cambio.
El trayecto hacia la frontera con Francia duró varias horas que pasé en un silencio absoluto, ignorando las miradas incómodas del chófer de la familia, a quien mi padre había ordenado escoltarme hasta la misma puerta del centro para asegurarse de que no cometiera ninguna otra "locura". Cuando el vehículo finalmente se detuvo, levanté la vista y sentí un escalofrío. El internado de Saint-Pierre se alzaba ante mí como una imponente fortaleza del siglo XIX, rodeada de altos muros de piedra gris y rejas de hierro forjado que terminaban en puntas afiladas. El ambiente era frío, húmedo y solemne. No parecía un lugar de educación; parecía una prisión de alta seguridad diseñada para que las hijas rebeldes de la élite europea aprendieran el significado de la sumisión.
Una vez que el coche se marchó, dejándome a solas con mis dos maletas de piel, una mujer de espalda excesivamente rígida, vestida con un sastre azul marino y el cabello recogido en un moño tirante, se plantó frente a mí. Era Madame Laurent, la directora del internado. Sus ojos, pequeños y analíticos, me recorrieron de arriba abajo sin un solo rastro de calidez.
—Bienvenida a Saint-Pierre, señorita Natalia —dijo, con un marcado acento francés y una voz que sonaba tan cortante como el hielo—. Su padre ha sido muy específico con las condiciones de su estancia aquí. En este centro formamos a las mujeres del mañana bajo los estrictos valores de la disciplina, el decoro y la obediencia. Cualquier conducta que se desvíe de nuestras normas será severamente sancionada. Sígame.
El interior del edificio era igual de desalentador. Pasillos inmensos con suelos de losas de piedra que amplificaban el eco de nuestros pasos, techos altísimos y una ausencia total de decoración o color. Mi primera parada fue un vestidor donde me obligaron a entregar toda mi ropa civil. A cambio, me entregaron tres conjuntos de uniforme idénticos: faldas plisadas de lana gris que me caían por debajo de las rodillas, camisas blancas de cuello rígido y chaquetas azul oscuro con el escudo del internado bordado en el pecho.
Pero lo peor vino después, cuando Madame Laurent extendió una bandeja de metal frente a mí.
—Su teléfono celular, sus dispositivos electrónicos y cualquier correspondencia que traiga consigo. Entréguelos ahora —ordenó con total tranquilidad.
—¿No puedo quedarme con mi teléfono para hablar con mi madre? —pregunté, intentando mantener la voz firme, aunque por dentro sentía que me ahogaba.
—Las llamadas a la familia están estrictamente reguladas, señorita. Se realizan una vez al mes desde el teléfono de la dirección, bajo supervisión. Su padre ha solicitado que se le restrinjan las comunicaciones externas para que pueda concentrarse plenamente en sus deberes académicos. Entréguelo.
Con el corazón encogido, deposité mi teléfono en la bandeja. Sentí que en ese instante me cortaban el último hilo que me unía al mundo exterior, a mi hermano Thomas y, sobre todo, a Óscar. Lo único que logré salvar, escondiéndolo con desesperación dentro del doble fondo de mi estuche de aseo personal, fue la llave de plata. Era mi único tesoro, mi único recordatorio de que fuera de aquellos muros de piedra fría existía alguien que me amaba por lo que yo era, y no por mi apellido.
Mi vida en Saint-Pierre se convirtió rápidamente en una rutina militar, gris y asfixiante. Nos despertaban a las seis de la mañana con el sonido de una campana estridente. Teníamos exactamente quince minutos para vestirnos, hacer la cama con dobles dobleces perfectos y presentarnos en el comedor principal para el desayuno en completo silencio. Las clases comenzaban a las siete y media y se extendían hasta las cuatro de la tarde, interrumpidas únicamente por un almuerzo insípido donde no se nos permitía hablar a menos que un profesor nos hiciera una pregunta directa.
Cualquier otra chica de dieciséis años, acostumbrada a los lujos y a las comodidades de una mansión, se habría quebrado ante la rigidez y el aislamiento. Vi a muchas compañeras llorar por las noches en el dormitorio común, consumidas por la nostalgia y la dureza de las institutrices. Pero yo me negaba a llorar. Cada vez que sentía que las fuerzas me fallaban o que la soledad amenazaba con devorarme, recordaba la última noche en el parque y las palabras de Óscar: "El conocimiento es la única libertad que nadie te puede arrebatar. Hazte fuerte. Estudia. Aprende todo lo que puedas".
Así que convertí el aula y la biblioteca en mis campos de batalla. Mientras las demás alumnas cumplían con las tareas obligatorias a regañadientes, yo pedía lecturas avanzadas. Me obsesioné con la historia universal, la literatura clásica y, especialmente, con los fundamentos del derecho constitucional e internacional. Cuando los profesores explicaban las estructuras del Estado y el funcionamiento de las leyes, yo no veía simples materias escolares; veía las herramientas que usaría en el futuro para descuartizar el contrato matrimonial que mi padre había firmado.
La biblioteca del internado era mi único refugio. Era un espacio inmenso, cubierto de estanterías de madera oscura que albergaban miles de volúmenes antiguos. Allí pasaba cada minuto libre que tenía, sentada en una mesa junto a la ventana, tomando notas manuscritas en cuadernos que guardaba celosamente. Las institutrices me miraban con extrañeza, a veces incluso con desconfianza, porque mi conducta era perfecta, pero mi mirada carecía de la sumisión que intentaban inculcarnos. No entendían que mi obediencia era solo una fachada, una estrategia para que me dejaran en paz mientras acumulaba el conocimiento que me haría libre.
El mayor tormento de esos primeros meses fue la censura de la correspondencia. Una vez al mes, se nos permitía escribir una carta a nuestras familias. Yo intenté redactar una nota para Thomas, cuidando cada palabra para que no pareciera sospechosa, intentando enviarle un código sutil que pudiera transmitirle a Óscar. Sin embargo, unos días después, Madame Laurent me citó en su despacho. Sobre su escritorio de caoba estaba mi carta, cruzada por gruesas líneas de tinta negra que borraban más de la mitad del texto.
—En Saint-Pierre no toleramos los mensajes sentimentales ni las alusiones a asuntos privados que no correspondan a su educación, señorita Natalia —me dijo la directora, mirándome con una sonrisa gélida—. Su carta ha sido destruida. Si vuelve a intentar enviar un mensaje con contenido inapropiado, perderá su derecho a la llamada mensual. Espero que lo haya entendido.
Salí de su despacho apretando los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas. Regresé al dormitorio, saqué la llave de plata de su escondite y la apreté contra mi pecho, sintiendo el metal frío contra mi piel. Estaba completamente sola en el mundo. Incomunicada, vigilada y encerrada. Mi padre creía que el aislamiento me ablandaría, que el silencio de la frontera me haría olvidar al chico de las sudaderas anchas y me transformaría en la marioneta perfecta para su fusión automotriz.
Pero Arthur se equivocaba. Cada día de soledad, cada línea tachada con tinta negra y cada mirada gélida de Madame Laurent solo conseguían que la llama de mi rebelión ardiera con más fuerza. Estaba encerrada en una jaula de piedra fría, sí, pero mi mente seguía siendo mía. Y mientras tuviera mis libros, mis cuadernos y la promesa de Óscar latiendo en mi memoria, ningún muro sería lo suficientemente alto para retenerme para siempre.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️