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SABOR A FUEGO Y SOMBRA

SABOR A FUEGO Y SOMBRA

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Enfermizo / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LAS SOMBRAS DEL MIEDO Y LA PROMESA BAJO LA DUCHA

​Ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio. Las palabras sobraban cuando el alma y el cuerpo habían atravesado una frontera de la que no había retorno posible. Jeremías sentía una paz extraña, un vacío reconfortante en el pecho donde antes solo habitaban el rencor, la amargura por el accidente y la sombra perpetua de aquella amarga experiencia del pasado. Por primera vez en cinco años, la parálisis de sus piernas no le pesaba como una cruz de hierro; el fuego que Ana Belén había encendido en su interior había recorrido cada fibra de su anatomía, disipando la fiebre y devolviéndole el pulso vital que creía extinto para siempre.

​—Si alguien me hubiera dicho hace una semana que terminaría abrazada y desnuda en la habitación del ogro de los Bustamante, lo habría mandado directamente al siquiatra —murmuró Ana Belén con voz ronca y divertida, rompiendo el silencio mientras una pequeña sonrisa traviesa se dibujaba en sus labios contra la piel de Jeremías.

​El magnate soltó una carcajada profunda y gutural, un sonido cálido que pocas personas en el mundo habían tenido el privilegio de escuchar.

​—Y si a mí me hubieran dicho que una arquitecta cafetera que me baña en jugo de fresa iba a ser la única capaz de curarme una congestión de caballo y desmontar mi orgullo con tres frases, habría comprado la cafetería solo para demolerla con ella adentro —respondió Jeremías con una fingida severidad que se desvanecía al instante en una sonrisa cómplice.

​—Inténtalo de nuevo y te juro que te vacío una jarra de maracuyá hirviendo en la cabeza, Bustamante —le advirtió Ana Belén con un tono burlón, levantando ligeramente la cabeza para mirarlo a los ojos, esos ojos verdes que ahora brillaban con una claridad insólita, libres de sombras—. Pero hablando en serio... ¿cómo se supone que vamos a manejar esto a partir de ahora?

​Jeremías dejó de sonreír. Sus facciones se tornaron serias, y la intensidad de una nueva duda volvió a centrarse en ella con una fuerza abrumadora. La tomó de la nuca con suavidad, atrayéndola aún más hacia su pecho antes de confesarle lo que llevaba carcomiéndole el alma.

​—Te voy a decir algo, Ana Belén: a partir de ahora eres mía, eres mi mujer, quiero todo contigo —le dijo con una voz profunda, cargada de una verdad inquebrantable—. Pero a la vez... tengo miedo de que tú me abandones también, de no estar a tu altura y de que algún día te canses de lidiar con mi cuerpo roto y con mi carácter imposible.

​Ante aquellas palabras cargadas de una profunda vulnerabilidad, Ana Belén sintió que se le estrujaba el corazón. Sin pensarlo dos veces, se le montó encima a horcajadas, acomodándose con agilidad sobre su cintura y mirándolo fijamente a los ojos con una mezcla de picardía y reclamo absoluto.

​—Mírame, mi viejo prematuro —le dijo ella con una sonrisa pícara, acomodando un mechón de su propio cabello tras la oreja—. Después de que me comí esa anaconda que tienes, que me duele hasta el alma de lo intenso que fuiste, y que vine corriendo a esta mansión solo para salvarte la vida... ¿de verdad crees que te voy a dejar? ¡Ya eres mío, viejo testarudo! No hay fuerza en este mundo que me saque de aquí.

​Sin dejarlo replicar, se inclinó y lo besó con un deseo renovado, hambriento y profundo. En cuestión de segundos, la chispa se convirtió de nuevo en incendio. Ana Belén se arqueó sobre él, tomando el control de la situación, y en un movimiento fluido y cargado de anticipación, volvió a descender sobre su miembro colosal, acogiéndolo por completo en su interior.

​—Esto me gusta... dime si piensas que voy a dejar este manjar, viejo —le susurró ella con la respiración entrecortada, empezando a moverse con cadencia, elevando las caderas y cabalgándolo con un ritmo firme y desinhibido que hizo que Jeremías gimiera de placer contenido, aferrándose a sus muslos con los dedos marcados en su piel.

​Las sábanas volvieron a arder bajo el peso su cuerpos en un frenesí de gemidos, fricción y miradas entregadas. Cada embestida era un pacto sellado en la piel, una declaración muda de que las inseguridades no tenían cabida entre las piernas y los labios de ambos. Cuando el placer volvió a estallar en una ola dorada, los dos se desplomaron, completamente rendidos y felices.

​Minutos después, con la calma de nuevo instalada en la habitación, Ana Belén se movió con cuidado y lo ayudó a incorporarse. Con paciencia infinita, lo condujo hasta el amplio baño de la suite principal. Allí, entre vapores tibios y el sonido relajante de la regadera, ella lo ayudó a sentarse en una banqueta adaptada mientras dejaba que el agua caliente lavara los rastros de la fiebre, el sudor y la pasión desbordada. Lo enjabonó con ternura, lavando su espalda y sus hombros anchos, mientras intercambiaban risas cómplices y besos bajo el agua.

​Al salir, ya secos y con una energía distinta, Ana Belén se vistió con la misma ropa con la que había llegado, y procedió a ayudar a Jeremías a enfundarse en una cómoda camisa de algodón y unos pantalones holgados.

​Mientras le abotonaba los puños de la camisa, Jeremías la observó en silencio, con el ceño ligeramente fruncido por una inquietud que rondaba su mente. Al notar su silencio, Ana Belén levantó la vista.

​—¿En qué piensas otra vez? Tienes esa cara de que estás tramando algo o de que te asustó tu propio fantasma —le recetó ella con una sonrisa comprensiva.

​—Estaba pensando en la diferencia entre nosotros —confesó él con voz pausada, tomando las manos de ella entre las suyas—. Tú tienes cuarenta y seis años, con una madurez impecable, una mujer hermosa, brillante y libre. Y yo a apenas tengo treinta y ocho, postrado en este maldito sillón y cargando con un carácter insoportable. Mi miedo es que esto sea solo un capricho tuyo, una locura de una noche, y que cuando amanezca de verdad, te des cuenta de que mereces algo mejor y me dejes solo.

​Ana Belén lo miró con una mezcla de ternura y firmeza inquebrantable. Apretó sus manos con fuerza, se inclinó hacia adelante y le respondió con una seguridad absoluta que dejó al magnate sin argumentos:

​—Escúchame bien, Jeremías Bustamante —le dijo mirándolo fijamente a los ojos, sin parpadear—. No tengo cuarenta y seis años por capricho ni soy una niña que se deslumbra con espejismos. Sé perfectamente quién eres, con tus virtudes, tus defectos, tu carácter de los mil demonios y esa anatomía descomunal que casi me arranca el alma. Esto no es un capricho. Vine aquí a salvarte la vida porque mi corazón ya había decidido quedarse contigo mucho antes de que esta fiebre te tumbara. Así que sácate de la cabeza esa tontería de la edad y de tu condición, porque a partir de hoy, este viejo testarudo y yo vamos a escribir nuestra propia historia, le pese a quien le pese.

​Jeremías se quedó petrificado por un instante, con el pecho ensanchado por una emoción tan grande que por poco se le quiebra la voz. Sonrió, con los ojos brillando de una manera que hacía años no experimentaba, y tirando de ella con suavidad, la atrajo hacia sus brazos para besarla con la certeza de que, por fin, había encontrado su puerto seguro.

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Nerika Moreno
Por Dios casi muero de tanto llorar, que capítulo tan fuerte me hizo recordar cuando yo pasé por lo mismo
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