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LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 17: CARA A CARA

El Salón Imperial del Hotel Continental brillaba esa noche con la ostentación calculada de quien necesita demostrar, ante doscientos invitados de la élite empresarial, que ni el tiempo ni los escándalos habían logrado mellar el poder del Grupo Duarte.

Valeria llegó exactamente diecisiete minutos tarde, un detalle calculado con la misma precisión que había aplicado a cada elemento de su transformación durante los últimos cuatro años. Llegar demasiado temprano hubiera sugerido ansiedad. Llegar exactamente a tiempo hubiera resultado invisible. Diecisiete minutos de retraso, en cambio, proyectaban exactamente el tipo de seguridad despreocupada que se esperaba de alguien acostumbrada a que el mundo la esperara a ella, y no al revés.

Vestía de un verde esmeralda profundo, un color que jamás había usado como Camila Duarte, elegido específicamente porque la Camila que Perla recordaba había preferido siempre los tonos pastel, los azules suaves, los rosas discretos que su madre consideraba apropiados para una joven de buena familia. Cada decisión, desde el color del vestido hasta el corte angular de su nuevo peinado, había sido diseñada para ser el opuesto exacto de cualquier recuerdo visual que Perla pudiera conservar de su hija.

—Señorita Cross. —Ricardo Almanza la interceptó apenas cruzó las puertas del salón, con el entusiasmo de un anfitrión que sabe que está a punto de presentar a la invitada más comentada de la noche—. Justo a tiempo. Doña Perla acaba de preguntar por usted.

—Espero no haberla hecho esperar demasiado.

—En absoluto. Venga, permítame presentarla.

Valeria sintió que cada músculo de su cuerpo se tensaba, contenido con un control absoluto que solo cuatro años de entrenamiento riguroso habían hecho posible, mientras Ricardo la guiaba a través del salón hacia un grupo reducido de personas reunidas cerca del ventanal principal.

Y ahí estaba.

Perla Duarte había envejecido con la elegancia despiadada de quien nunca ha permitido que la culpa dejara marcas visibles. El cabello, ahora completamente plateado, recogido en un moño impecable. El mismo porte erguido, la misma sonrisa medida que Valeria recordaba de cada cena familiar de su infancia, esa sonrisa que durante veintiocho años había interpretado erróneamente como amor materno, y que ahora, con la distancia fría de cuatro años de dolor, reconocía por lo que realmente había sido siempre: la máscara perfecta de alguien capaz de sacrificar a su propia hija sin que le temblara la voz.

—Doña Perla —dijo Ricardo—, permítame presentarle a la señorita Valeria Cross, de quien tanto le he hablado.

Perla se giró, y por un instante que se sintió eterno, sus ojos se encontraron directamente con los de Valeria.

Camila contuvo la respiración, buscando en la mirada de su madre cualquier destello de reconocimiento, cualquier grieta en esa fachada perfecta que pudiera indicar que, en algún nivel instintivo y primitivo, Perla reconocía a la hija que había sacrificado sin dudarlo.

No encontró nada.

—Señorita Cross. —Perla extendió la mano con la cortesía practicada de décadas de eventos sociales—. Ricardo tiene razón en hablar tan bien de usted. Su reputación en los círculos financieros internacionales precede su llegada.

—Doña Perla. —Valeria tomó la mano de su madre, sintiendo que la piel de ambas se tocaba por primera vez en cuatro años, sin que ninguna de las dos supiera realmente la magnitud de ese momento—. Es un honor conocerla finalmente. El Grupo Duarte es, sin duda, uno de los conglomerados más interesantes que he estudiado desde mi llegada a esta ciudad.

—¿Estudiado? —Perla arqueó una ceja, con un interés genuino que Valeria reconoció como el mismo instinto empresarial afilado que siempre la había caracterizado—. Qué palabra tan precisa. La mayoría de los inversionistas prefieren decir que han "seguido de cerca" nuestra trayectoria, como si temieran admitir cuánto realmente investigan antes de acercarse.

—Prefiero la honestidad a la diplomacia excesiva, Doña Perla. —Valeria sostuvo su mirada sin parpadear—. Y seré completamente honesta: encuentro fascinante la manera en que el Grupo Duarte ha sabido navegar, con notable resiliencia, momentos que hubieran hundido a cualquier otra familia empresarial.

Un silencio breve, apenas perceptible, se instaló entre ambas, y Valeria observó con satisfacción calculada cómo algo en la expresión de Perla se ajustaba ligeramente, evaluando el comentario con la misma cautela con la que evaluaría cualquier posible amenaza.

—Toda familia enfrenta desafíos, señorita Cross. Lo que importa es cómo se responde a ellos.

—Completamente de acuerdo. —Valeria sonrió, con una calidez perfectamente calculada—. De hecho, esa filosofía es precisamente la razón por la que decidí establecerme en esta ciudad. Me interesan las empresas que han demostrado capacidad de reinvención frente a la adversidad. Es exactamente el tipo de resiliencia que busco en cualquier inversión de largo plazo.

—Entonces quizás deberíamos conversar con más detalle. —Perla la observó con renovado interés, el interés específico de una empresaria que acaba de identificar una fuente potencial de capital—. El Grupo Duarte siempre está abierto a socios estratégicos que compartan nuestra visión de crecimiento sostenido.

—Nada me interesaría más.

En ese momento, un movimiento cerca de la entrada del salón atrajo la atención de ambas. Sebastián Roig acababa de llegar, vestido con la elegancia despreocupada que Valeria recordaba perfectamente de años atrás, ahora ligeramente más pesado, con algunas líneas nuevas alrededor de los ojos que hablaban de años de responsabilidades empresariales acumuladas.

—Ah, ahí está mi yerno —dijo Perla, con un tono que Valeria interpretó, con una precisión clínica que la sorprendió a ella misma, como genuino afecto—. Sebastián, ven, quiero presentarte a alguien.

Sebastián se acercó con una sonrisa profesional, y cuando sus ojos se posaron directamente sobre Valeria por primera vez, algo cambió sutilmente en su expresión, algo que ni él mismo pareció comprender del todo.

—Sebastián Roig —dijo, extendiendo la mano—. Un placer.

—Valeria Cross. —Ella tomó su mano con una firmeza calculada, observando de cerca, con una atención minuciosa, cada detalle del rostro del hombre que alguna vez le había jurado amor eterno frente a doscientos cincuenta invitados—. El placer es mío.

—Disculpe si le parece extraño el comentario —dijo Sebastián, con un tono levemente desconcertado—, pero tiene usted algo... familiar. ¿Nos hemos visto antes, quizás en algún evento en Europa?

Valeria sintió que su pulso se aceleraba, aunque su rostro permaneció absolutamente inmóvil, cada músculo controlado con la disciplina de años de entrenamiento.

—Lo dudo mucho, señor Roig. Es la primera vez que visito esta ciudad. Quizás simplemente tengo uno de esos rostros que recuerdan a otras personas.

—Sí, debe ser eso. —Sebastián sonrió, sacudiendo levemente la cabeza, como si intentara descartar una sensación que no lograba explicar del todo—. Discúlpeme, ha sido una observación extraña.

—En absoluto. —Valeria sostuvo su mirada un segundo de más, con una intensidad calculada que buscaba, deliberadamente, sembrar en él una inquietud que no terminara de resolverse—. A veces las primeras impresiones dicen más de lo que uno cree.

Perla, ajena por completo a la corriente subterránea que atravesaba ese intercambio aparentemente trivial, continuó la conversación hacia temas más prácticos: la próxima ronda de inversión que el Grupo Duarte estaba considerando, los sectores donde buscaban expandirse, la posibilidad de una reunión formal la semana siguiente en las oficinas centrales.

Valeria asintió, sonrió, y aceptó cada invitación con la calma absoluta de alguien que ya sabía exactamente hacia dónde se dirigía esa conversación, mientras por dentro, cada fibra de su ser vibraba con una mezcla de triunfo y un dolor tan profundo que apenas lograba contenerlo: acababa de estrechar la mano de la mujer que había orquestado su ruina, y de acababa de sembrar la primera semilla de duda en la mente del hombre que la había abandonado frente a doscientos cincuenta invitados.

Ninguno de los dos tenía la más remota idea de con quién realmente estaban hablando.

Y esa ignorancia, calculó Valeria mientras aceptaba una copa de champán de un mesero que pasaba cerca, sería exactamente el arma más poderosa de todo su arsenal.

Desde el otro extremo del salón, sin que Valeria lo notara todavía, un hombre de traje oscuro la observaba con una atención que iba mucho más allá de la curiosidad social habitual de una fiesta corporativa.

Gabriel Salazar había recibido, apenas esa misma tarde, una llamada de Perla Duarte solicitando sus servicios legales para revisar los términos de una posible nueva inversión.

Y ahora, observando a la elegante inversionista suiza conversar con la mujer que había destruido a la persona que él más amaba en el mundo, Gabriel sintió que algo en el fondo de su pecho, algo que llevaba meses sin permitirse esperar, empezaba a latir con una intensidad completamente nueva.

Porque había algo en la manera en que esa mujer sostenía su copa, en la forma exacta en que inclinaba ligeramente la cabeza al escuchar, que le resultaba imposiblemente, dolorosamente familiar.

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Cecilia Hoyos Serna
excelente narrativa , da al lector el poder de ir encajando los sucesos y acomodando la trama perfectamente.
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