Aurelia Rose Everhart lo tenía todo: sangre imperial, belleza y un futuro prometedor. Sin embargo, detrás de las paredes del palacio se escondían conspiraciones, traiciones y personas que deseaban verla desaparecer.
A los diecinueve años, Aurelia es acusada de traición y condenada a muerte. Pero cuando abre los ojos después de morir, descubre que ha regresado al pasado, al momento en que tenía apenas ocho años.
Con todos los recuerdos de su primera vida intactos, Aurelia decide que esta vez no será una princesa manipulada por los demás.
Esta vez cambiará su destino.
Aprenderá magia, construirá alianzas, descubrirá los secretos de su familia y se enfrentará a aquellos que algún día la traicionarán.
Porque Aurelia ya no quiere simplemente sobrevivir.
Quiere convertirse en la mujer que gobierne el Imperio de Elarion.
Pero cambiar el destino tiene un precio...
Y quizá, entre conspiraciones, magia y una peligrosa historia de amor, Aurelia descubra que su primera vida escondía secretos mucho
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Capítulo 5 — La primera alianza
Aurelia no sabía nada de lo ocurrido en los archivos secretos.
Aquella mañana se despertó mucho antes del amanecer.
Había pasado gran parte de la noche pensando en el símbolo que había encontrado junto al caballo.
El círculo negro.
En su primera vida lo había visto solamente una vez.
En el anillo de aquel hombre.
El hombre que había estado cerca del carruaje de Adrian poco antes de su muerte.
Pero ahora el símbolo había aparecido frente a ella doce años antes.
Eso significaba que la conspiración había comenzado mucho antes de lo que imaginaba.
—Princesa, el desayuno está listo.
Mireya entró en la habitación.
Aurelia dejó el libro que estaba leyendo.
—Gracias.
Mientras Mireya arreglaba su cabello, Aurelia continuó pensando.
No podía acusar a nadie.
Todavía no.
Necesitaba pruebas.
Necesitaba aliados.
Y, sobre todo, necesitaba aprender cómo funcionaba el palacio.
—Mireya.
—¿Sí?
—¿Sabes si el emperador tiene una reunión hoy?
—Sí. Con varios duques.
Aurelia sonrió.
—¿Qué duques?
Mireya pensó unos segundos.
—El duque Draven, el duque Laurent y el duque Valmont.
Aurelia se quedó quieta.
—¿Valmont?
—Sí.
Ese nombre hizo que su expresión cambiara.
El duque Valmont había sido uno de los nobles que había declarado públicamente que Aurelia era una traidora.
En su primera vida había sido uno de los aliados más cercanos de Seraphine.
Aurelia recordó que, después de su ejecución, Valmont había recibido una enorme cantidad de tierras.
Ahora entendía por qué.
—¿Dónde será la reunión?
—En la sala del consejo.
Aurelia terminó de arreglarse.
—Quiero ir.
Mireya abrió los ojos.
—Princesa, esas reuniones son solo para adultos.
—Entonces entraré como princesa.
La sala del consejo era una de las habitaciones más protegidas del Palacio Imperial.
Dos enormes puertas de madera estaban custodiadas por caballeros.
Cuando Aurelia llegó, los guardias hicieron una reverencia.
—Su Alteza.
—Quiero hablar con mi padre.
—Su Majestad está en una reunión.
—Lo sé.
El guardia pareció confundido.
—Entonces...
Aurelia sonrió.
—Solo necesito entrar.
Los guardias se miraron.
Nadie quería ser responsable de impedirle el paso a una princesa imperial.
Finalmente abrieron las puertas.
Aurelia entró.
Dentro estaban su padre, Seraphine, el duque Draven, el duque Laurent y el duque Valmont.
Todos la miraron.
—Aurelia —dijo Lucien—. ¿Qué haces aquí?
—Quería hablar contigo.
El emperador frunció el ceño.
—Ahora no es un buen momento.
—Solo será un momento.
Lucien suspiró.
—Habla.
Aurelia avanzó.
—Quiero solicitar permiso para asistir a las clases de estrategia militar junto al príncipe Adrian.
Todos quedaron sorprendidos.
El duque Valmont soltó una pequeña risa.
—¿Estrategia militar? Su Alteza apenas tiene ocho años.
Aurelia lo miró.
—Entonces tendré mucho tiempo para aprender.
El duque sonrió con desprecio.
—Las guerras no son juegos de niños.
—Lo sé.
Aurelia sostuvo su mirada.
—Por eso quiero aprender antes de que llegue el momento de enfrentarlas.
El duque dejó de sonreír.
El emperador observó a su hija.
—¿Por qué quieres estudiar estrategia?
Aurelia respondió sin dudar:
—Porque quiero proteger el imperio.
Aquella respuesta hizo que el duque Draven levantara una ceja.
El hombre era enorme.
Cabello negro.
Ojos rojos.
Una cicatriz atravesaba parte de su rostro.
Era exactamente como Aurelia lo recordaba.
—Interesante —murmuró.
El emperador finalmente asintió.
—Está bien.
Seraphine intervino.
—Lucien...
—Aurelia puede asistir.
Seraphine guardó silencio.
Aurelia hizo una reverencia.
—Gracias, padre.
Antes de salir, miró brevemente al duque Draven.
El hombre la observaba con una expresión difícil de interpretar.
En el pasillo, Aurelia encontró a Adrian.
El príncipe estaba sentado junto a una ventana leyendo.
Tenía diez años.
Cabello castaño claro.
Ojos azules.
Y una sonrisa amable.
Aurelia sintió un dolor profundo en el pecho.
Él estaba vivo.
Su hermano estaba vivo.
Durante unos segundos no pudo moverse.
Adrian levantó la mirada.
—¿Aurelia?
Ella corrió hacia él.
Lo abrazó con todas sus fuerzas.
Adrian quedó completamente sorprendido.
—¿Qué sucede?
Aurelia escondió el rostro contra su pecho.
—Nada.
—Entonces, ¿por qué me abrazas?
—Porque quiero.
Adrian sonrió.
—Está bien.
Aurelia cerró los ojos.
Esta vez no morirás.
Lo juró.
Durante los días siguientes, Aurelia comenzó sus estudios.
Por la mañana estudiaba historia.
Después magia.
Por la tarde estrategia militar.
Y por la noche leía sobre economía y política.
Los sirvientes comenzaron a murmurar.
La pequeña princesa había cambiado.
Ya no pasaba horas jugando con muñecas.
En cambio, podía encontrarse leyendo libros que incluso algunos adultos consideraban demasiado difíciles.
Pero Aurelia no estaba satisfecha.
Necesitaba aliados.
Y sabía exactamente por dónde comenzar.
Una tarde, Aurelia pidió permiso para visitar la biblioteca imperial.
Allí encontró a Kael.
Estaba sentado en el suelo rodeado de libros.
—¿Qué haces?
Kael levantó la mirada.
—Buscando información.
—¿Sobre qué?
Kael le mostró un libro.
—El símbolo del círculo negro.
Aurelia se quedó sorprendida.
—¿Encontraste algo?
—Muy poco.
Kael abrió una página.
—Es un símbolo antiguo.
—¿De qué?
—De una organización que existió hace más de cien años.
Aurelia se sentó junto a él.
—¿Cómo se llamaba?
Kael señaló una línea.
—La Orden del Eclipse.
Aurelia sintió un escalofrío.
—¿Qué hacían?
—No está claro.
Kael pasó varias páginas.
—Algunos registros dicen que eran magos que intentaban controlar la Magia Astral.
Aurelia levantó la mirada.
—¿Controlar la Magia Astral?
Kael asintió.
—Y fueron destruidos por el primer emperador.
Aurelia recordó las palabras de Elias.
«Si descubres demasiado pronto la verdad sobre tu sangre, podrían matarte.»
Todo comenzaba a conectarse.
La Magia Astral.
El símbolo.
La Orden del Eclipse.
Su regreso.
—Kael.
—¿Sí?
—¿Qué ocurrió con la Orden del Eclipse?
Kael negó con la cabeza.
—Según los libros, desaparecieron.
Aurelia cerró el libro.
—No lo creo.
—Yo tampoco.
Ambos se miraron.
Entonces escucharon pasos.
Aurelia levantó la cabeza.
Una figura apareció entre los estantes.
Era Elias Laurent.
El maestro de magia.
El anciano observó el libro que tenían entre las manos.
Su expresión cambió.
—¿Dónde encontraron eso?
Kael respondió:
—En los archivos de historia.
Elias se acercó lentamente.
—Escúchenme con atención.
Su voz era mucho más seria que antes.
—Nunca vuelvan a hablar de la Orden del Eclipse en un lugar donde alguien pueda escucharlos.
Aurelia se levantó.
—¿Por qué?
Elias la miró directamente.
—Porque la Orden no desapareció.
Silencio.
—¿Entonces sigue existiendo?
Elias cerró los ojos.
—Sí.
Aurelia sintió que la sangre se le helaba.
—¿Dónde están?
El anciano respondió:
—Dentro del propio imperio.
Aurelia apretó los puños.
De repente comprendió algo.
Quizás el enemigo no estaba fuera del palacio.
Quizás estaba mucho más cerca.
Quizás...
estaba sentado junto a su padre en la mesa del consejo.
Esa misma noche, en una habitación secreta bajo el Palacio Imperial, varias personas estaban reunidas.
Una figura encapuchada colocó un pequeño cristal sobre una mesa.
—La princesa ha despertado su magia.
Una mujer sentada al fondo levantó la mirada.
—¿Está seguro?
—Completamente.
—¿Y la memoria?
La figura dudó.
—También.
La mujer sonrió.
—Entonces ha comenzado.
—¿Qué hacemos?
La mujer se levantó.
Sus ojos brillaron bajo la capucha.
—Nada.
—¿Nada?
—Déjenla crecer.
Miró hacia la oscuridad.
—Cuanto más fuerte se vuelva Aurelia...
Su sonrisa se hizo más amplia.
—...más poderosa será la llave que necesitamos.
Mientras tanto, en su habitación, Aurelia observaba las estrellas desde la ventana.
No sabía que alguien la estaba observando.
No sabía que su regreso era parte de algo mucho más grande.
Y tampoco sabía que convertirse en emperatriz sería solamente una pequeña parte de su verdadero destino.