Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 2
Capítulo 2
Me levanté demasiado rápido.
Damián me soltó en cuanto pude apoyar la cadera contra la mesa. No lo miré. Me acomodé la falda y busqué la pluma en el suelo, deseando que a alguien se le ocurriera volver a hablar de negocios.
Pacheco abrió la boca.
—Órale, Nájera, ni que…
Se calló. Damián había girado hacia él.
El mesero siguió retirando platos con mucho cuidado. Don Beto se aclaró la garganta y miró la carpeta abierta, pero tampoco encontró qué decir. Yo sabía lo que habría pasado si Damián se hubiera reído: el chiste me habría seguido hasta el lunes, y después hasta la oficina nueva.
No se rio.
Cuando volvió a mirarme, levantó una mano hacia mi cara. Me quedé quieta, sorprendida por lo familiar que me resultó el gesto. Un mechón se me había pegado al labio. Antes de tocarme, él bajó la mano y tomó una servilleta.
—¿O prefiere que me levante yo y le devuelva la reverencia?
Aparté el mechón.
—Con una basta, señor Carvajal.
Tardó un momento en desdoblar la servilleta.
Yo me agaché por la pluma. Esta vez me sostuve del respaldo de una silla. La rodilla me dolía donde había pegado contra el suelo y todavía estaba mareada. Esperé a tener bien apoyados los pies antes de estirarme hasta alcanzarla.
Sobre la mesa seguía el acuerdo.
"Cláusula de compra de talento."
Había pasado esas palabras en limpio sin protestar por ellas. Ahora busqué el párrafo que decía que la incorporación requería mi aceptación y la firma de un nuevo contrato laboral. Ahí estaba. No podían mandarme de una empresa a otra sin preguntarme, aunque todos se estuvieran comportando como si ya hubieran hecho la mudanza.
Puse la carpeta entre mi jefe y Damián.
—Está lista para su firma. Lo de mi contrato se revisa aparte.
Don Beto me miró, alarmado.
—Así dice aquí —añadí, señalando el renglón.
—Sabe leer, licenciado —dijo Damián—. Se lo dije: no hay que desperdiciarla.
El hombre que había permanecido detrás de él toda la noche dio un paso adelante. Traje gris, una carpeta bajo el brazo; se había ocupado de cada documento antes de que alguien tuviera que pedírselo. Después sabría que se llamaba Julián.
Destapó una pluma y se la ofreció a su jefe.
Damián eligió la mía.
Me la quitó de entre los dedos, firmó y giró el acuerdo para que lo revisara don Beto. Sus iniciales quedaron cerca de las anotaciones que yo había hecho esa tarde, cuando todavía creía que la parte difícil de la reunión sería conseguir que nos pagaran.
—Hizo buen negocio, licenciado.
—El mejor, ingeniero. El mejor.
Mi jefe me buscó con los ojos. Asentí para tranquilizarlo. Lo de mi contrato podía esperar a que yo estuviera sobria; esa noche ya no tenía ánimo para pedirle que dejara de mirarme con gratitud.
Se me escapó un hipo.
No pude disimularlo. Me tapé la boca y Damián levantó la vista.
—Huele usted a cantina, señorita Nájera.
—Usted también tomó.
Don Beto dejó de revisar las hojas.
—Medio caballito —precisé—. Yo conté.
Me arrepentí apenas lo dije. Ahí tenía: no era capaz de discutir mi futuro sin que me temblara la voz, pero sí de llevarle la cuenta de los tragos al hombre que iba a contratarme.
Damián me observó un momento. Yo esperaba una respuesta que me pusiera en mi sitio; conocía suficientes jefes para saber cómo sonaba.
Él miró mi copa vacía.
—Pida agua. Y que le llamen un taxi. Ya tomó de más.
Se levantó. Julián le tendió el saco y empezó a reunir los documentos.
—Me retiro, licenciado. Julián se queda para cerrar lo que falte.
Don Beto se puso de pie de inmediato. Damián se acomodó los puños de la camisa, comprobó que llevaba el teléfono y se colocó mi pluma detrás de la oreja.
Creí que iba a darse cuenta.
Dio dos pasos hacia la puerta.
—Señor Carvajal. La pluma.
Se detuvo de perfil, con la mano en el marco.
—¿Cuál?
No le cabían las ganas de hacerme repetirlo.
—La que acaba de usar. Tiene mis iniciales.
La sacó de detrás de la oreja y giró el capuchón para mirarlas.
—R. N.
Hacía seis años que no lo oía decir nada mío con aquella voz. Me molestó que me bastaran dos letras para reconocerla.
—Me la quedo —dijo.
—No venía en el acuerdo.
—Considérela parte del inventario.
Se la volvió a poner detrás de la oreja y salió antes de que yo encontrara una respuesta.
Lo seguí hasta la puerta del privado. Quería recuperarla; era una pluma corriente, de cincuenta pesos, pero no entendía qué derecho tenía a decidir que también eso era suyo. Al llegar al vestíbulo lo vi bajar los escalones de la entrada. El portero ya le abría la puerta de un Rolls-Royce negro.
Damián se agachó para entrar. La pluma seguía ahí.
Había un escalón más entre nosotros y la calle. Me detuve. No iba a correr detrás de aquel coche con todos los meseros mirando.
El aire fresco me despejó un poco. Desde el restaurante me llegó otra carcajada de Pacheco. Don Beto estaría celebrando, por fin, una noche que acababa bien.
El portero me preguntó si esperaba a alguien.
—Un taxi —dije—. ¿Me puede llamar uno?
Mientras lo hacía, miré el teléfono. Tenía guardado el contacto de Recursos Humanos, con una cita para el lunes.
Abrí el mensaje y confirmé que iba a presentarme.