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Los Hijos Secretos del Dueño del Morro

Los Hijos Secretos del Dueño del Morro

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Madre soltera / Grandes Curvas / Niñero / Completas
Popularitas:205
Nilai: 5
nombre de autor: Lins

A los dieciocho años, Raquel era la chica gorda del morro: despreciada por su familia, echada de su casa en plena madrugada. Esa misma noche, en un cobertizo abandonado, encontró a un desconocido moribundo que le pidió que le salvara la vida sin verle jamás el rostro. Le pagó una fortuna. Le dijo que sus ojos eran hermosos. Y desapareció al amanecer.

Seis años después, Raquel vuelve a Río irreconocible: más delgada, más fuerte, madre soltera de dos gemelos. El empleo de sirvienta que consigue para sacarlos adelante la lleva a la cobertura de lujo del hombre más temido de la ciudad: Rafael Monteiro, El Dueño del Morro da Esperança.

El padre de sus hijos. El hombre que nunca supo que existían.

Ahora Raquel tiene que limpiar la casa de su secreto todos los días, mientras Rafael —frío, letal, incapaz de olvidar unos ojos que vio una sola vez en la oscuridad— empieza a sentir que esa empleada le remueve algo que creía muerto. Entre una suegra que la quiere lejos, una prima dispuesta a destruirla y una verdad que puede volarlo todo por los aires, Raquel deberá decidir hasta cuándo puede seguir escondiendo a los dos niños que llevan la sangre del Dueño.

NovelToon tiene autorización de Lins para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 — El Amanecer

Pero le hizo daño.

La primera vez dolió tanto que Raquel se mordió el labio hasta sentir sabor a sangre, las uñas clavadas en el colchón viejo, los ojos apretados. El cuerpo de él pesaba sobre el de ella, la piel ardiendo de fiebre, su sudor mezclándose con el de ella. Se movió despacio al principio —un cuidado que parecía costarle todo el control que la fiebre aún le dejaba— y Raquel le agarró los hombros sin saber si quería empujarlo o atraerlo.

Lo atrajo.

El dolor fue cediendo poco a poco y en su lugar vino algo que Raquel no supo nombrar. Una ola caliente que subía de los muslos al pecho, que le quitaba el aire, que le arrancaba de la garganta sonidos que ni sabía que era capaz de hacer. Él gimió contra su oído —un sonido ronco, bajo, casi animal— y el cuerpo entero de ella respondió, apretándose, arqueándose, como si tuviera voluntad propia.

—No pares —se oyó decir a sí misma, y no reconoció su voz.

Él no paró.

La fiebre lo convertía en dos personas. En los momentos de lucidez era cuidadoso, le sostenía la cara con las dos manos, le pasaba el pulgar por el labio de abajo antes de besarla, encajaba el cuerpo en el de ella con una precisión que a Raquel le cortaba la respiración. En los picos de fiebre era otra cosa: urgente, brusco, los dedos apretándole la cintura con fuerza suficiente para dejar marca, el ritmo acelerado, la respiración pesada en su cuello, los dientes rozándole la clavícula.

Y entre un momento y otro, ella perdió la cuenta.

A la tercera vez, Raquel ya había dejado de sentir dolor. A la cuarta, se dio cuenta de que sus caderas se movían solas, siguiéndolo, y sintió que la cara le ardía de vergüenza. A la quinta, la vergüenza desapareció: quedó solo el calor, el peso de él, el olor a sudor y sangre seca y algo masculino que iba a recordar el resto de su vida.

A la sexta, él le tomó la mano y entrelazó los dedos. No la soltó más.

Siete. Raquel perdió la cuenta cuando la madrugada se volvió un borrón de piel contra piel, de respiraciones que se mezclaban, del colchón viejo crujiendo bajo el peso de los dos. En algún momento entre la última vez y el amanecer, él le pasó los labios por la frente —no un beso de deseo, sino de algo más callado, más peligroso— y murmuró palabras que ella no logró entender. Un nombre, tal vez. O una disculpa.

Raquel se quedó ahí, con la cabeza en el pecho de él, escuchando su corazón latir demasiado rápido, el cuerpo entero dolorido y caliente y vivo de una manera que nunca había sido antes.

Por primera vez en la vida, alguien la había necesitado. Y por primera vez, su cuerpo había sido más que un peso y una vergüenza: había sido suficiente.

Cuando Raquel abrió los ojos, la luz del sol entraba por las rendijas del zinc y cortaba la casucha en tajadas de oro y polvo.

El colchón a su lado estaba vacío.

Se sentó despacio. El cuerpo entero le dolía: los muslos, la cadera, la boca donde se había mordido, músculos que ni sabía que existían. La venda negra estaba tirada en el suelo, abandonada como una piel mudada.

Del hombre, ni rastro. Ninguna nota, ningún objeto olvidado, ningún olor más allá del sudor seco en el colchón.

El celular vibró en el bolsillo del pantalón de chándal.

Una notificación del banco. Transferencia recibida: R$ 500.000,00. De un nombre demasiado común, seguramente un testaferro. Sin mensaje.

Raquel se quedó mirando la pantalla hasta que los números se le volvieron borrosos por las lágrimas. Quinientos mil reales. El precio de una noche. El precio de una vida que ella no sabía que iba a empezar ahí, en aquel colchón viejo, en aquella casucha que olía a moho.

Se levantó, se guardó la venda negra en el bolsillo sin pensar por qué, y salió.

La mañana en el Morro da Esperança estaba clara y ruidosa: perros ladrando, funk saliendo de alguna casucha lejana, niños corriendo descalzos por el callejón. El mundo seguía como si nada hubiera pasado.

Raquel bajó el morro con las piernas flojas y un número de medio millón en la pantalla del celular. No miró atrás.

Seis años después, Raquel da Silva volvió a Río de Janeiro.

Ya no era la muchacha gorda de chancletas y camiseta holgada. Seis años de trabajo como empleada doméstica en São Paulo —fregando pisos, planchando ropa, cargando niños en brazos, subiendo escaleras de edificios de lujo con balde y trapeador— le habían arrancado cuarenta kilos del cuerpo. Dos años de ahorro habían pagado la ortodoncia. Y cinco años criando sola a dos hijos le habían puesto en la mirada una firmeza que ningún curso y ninguna universidad podrían darle.

Trajo una maleta, una hija llamada Luna que preguntaba "¿por qué?" cada treinta segundos, y un hijo llamado Davi que tenía el rostro exacto —exacto— del hombre de aquella noche.

Raquel no sabía que el hombre se llamaba Rafael Monteiro. No sabía que era El Dueño del Morro da Esperança. Y desde luego no sabía que el empleo de doméstica que Fernanda le había conseguido, en una cobertura de lujo en la Barra da Tijuca, era en la casa de él.

Pero estaba a punto de descubrirlo.

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