A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 9
Capítulo 9: Solo porque eres una Bracamonte
Max se fue al extranjero unos días después, esta vez por más tiempo: un asunto del Grupo que no podía mover. Pero no por estar lejos dejó de aparecer. Cada mañana, a la misma hora, me llegaba su mensaje, puntual como un reloj. "Buenos días. Come". A veces una sola palabra. A veces una foto del cielo desde un avión, sin texto, como diciendo "sigo aquí, del otro lado".
Yo aproveché esos días para cerrar el último pendiente que me ataba a mi vida anterior: mi trabajo. Antes de todo el desastre, yo hacía diseño en una empresa ligada a los Bracamonte, un puesto que en realidad era una correa para tenerme cerca y controlada. Fui, entregué mi renuncia y salí del edificio sintiéndome más ligera de lo que me había sentido en años. Ya no le debía nada a nadie de esa familia. Solo me faltaba retomar mis propios diseños, mi cuaderno, mi marca; eso lo haría a mi manera, con mi nombre.
Iba saliendo cuando me llamó el chofer de la casa de los Bracamonte. La voz sonaba agitada: la señora Patricia se había desmayado, le había dado algo en el pecho, estaban todos muy asustados, que por favor fuera, que aunque me hubiera peleado con ellos seguía siendo su hija y la sangre tira.
Algo en mí desconfió. Conocía a esa gente; conocía sus trampas. Pensé en llamar a Max, en avisarle a alguien. Pero la palabra "desmayo", "pecho", removió un instinto viejo, terco, que no terminaba de morir por más que me hubieran lastimado. Es una tontería, lo sé. Una pasa la vida esperando que la madre la quiera, y basta una llamada con la palabra correcta para que la niña que una fue salga corriendo. Fui. No le avisé a nadie. Ese fue mi error.
Llegué a la casa de Lomas con el corazón en la garganta. Y encontré a los tres —Augusto, Patricia, Daniela— sentados en la sala, tan tranquilos, tomando café, sin un solo cabello fuera de lugar.
Me habían mentido para hacerme ir.
—Hasta que apareces —dijo mi madre, dejando la taza—. Qué bueno que el desmayo sí te trajo. Llevas días sin contestar.
—Me dijeron que estabas mal. —Apreté los puños—. Veo que mienten hasta para eso.
—Siéntate —ordenó Augusto, desde su sillón, con esa voz de patriarca que de niña me hacía obedecer sin pensar—. Tenemos que hablar de tu futuro, Renata. Esto del escándalo ya fue suficiente. La gente habla. Tu hermana se casa el mes que entra y no podemos tener a la otra hija dando lástima por ahí.
—Yo no doy lástima —dije—. Y ya no tengo nada que hablar con ustedes.
—Claro que sí tienes. —Augusto se reclinó, juntando las yemas de los dedos, didáctico, como si me explicara cómo funciona el mundo a una niña tonta—. Mira, mija. Así es nuestro círculo. Aquí los matrimonios son alianzas, no telenovelas. Lo que sienta cada quien da lo mismo; lo que importa es el apellido, los negocios, lo que la gente ve. Patricio se equivocó con la cabeza caliente, sí, pero es un buen partido y está dispuesto a volver contigo. Te casas con él, Daniela se hace a un lado, y todos quedamos bien parados. Las apariencias se arreglan. Es lo más sensato.
—¿Lo más sensato? —Se me escapó una risa amarga—. Quiere que me case con el hombre que se acostó con mi hermana y me dejó plantada delante de todo México, para que ustedes queden bien parados. Y lo llama sensato.
—Lo llamo realidad —dijo, sin inmutarse—. La que no se adapta, se queda sin nada. ¿O qué crees que va a ser de ti, sola, sin esta familia? ¿Vas a vivir del aire, de tus dibujitos de joyas?
Mis "dibujitos". Apreté los puños bajo la mesa, pero ya no me dolió como antes. Porque ya no era cierto que no tuviera a dónde ir.
—No tengo que hablar nada más —repetí—. Me voy.
Daniela hizo su numerito de siempre, la voz dulce, los ojos húmedos.
—Hermana, no te pongas así. Nosotros solo queremos lo mejor para ti. Si tan solo recapacitaras con Patricio…
—Usted cállese. —La corté tan en seco que hasta Augusto parpadeó—. Le quitó el novio a su hermana y todavía tiene el descaro de aconsejarme. Me da asco, Daniela. De verdad. Asco.
El café de Patricia se quedó a medio camino. Daniela abrió la boca, ofendida, como si yo le hubiera pegado.
—¿Cómo te atreves a hablarle así? —Patricia se levantó—. Después de todo lo que esta familia ha hecho por ti. Te sacamos de aquel lugar horrible, te dimos un apellido, una casa, estudios. ¿Y así nos pagas? Tú no eres nadie sin nosotros, Renata. ¿Me oyes? Nadie. Solo eres alguien porque eres una Bracamonte, aunque sea de nombre.
Ahí estaba. La frase que llevaba toda la vida colgándome del cuello como una piedra. Solo porque eres una Bracamonte. Como si yo, sin ese apellido, no fuera más que la niña del internado que recogieron por caridad y exhibieron en las cenas de Navidad como se exhibe una obra de caridad.
Me acordé, de golpe, de aquella fiesta de los quince años de una prima, cuando yo tenía dieciocho recién cumplidos. Me hicieron ponerme un vestido viejo de Daniela, descosido del costado, porque "para qué gastar en uno nuevo, total, nadie te va a mirar". Y me sentaron en la mesa del fondo, la de los empleados y los niños. Esa noche una señora le preguntó a mi madre, delante de mí, quién era yo, y mi madre contestó, sin bajar la voz: "Una niña que apoyamos, pobrecita, viene de un internado". No "mi hija". "Una niña que apoyamos". Me pasé la fiesta entera leyéndoles los labios a los que se reían del vestido descosido de la arrimada.
Me acordé de mi abuela, muerta, la única que me habría arrancado de esa mesa del fondo y me habría sentado a su lado. Y me acordé, también, de un hombre callado que besaba mi oído malo como si fuera una reliquia, que me escribía "come" cada mañana desde el otro lado del mundo, que me había dicho "te puedes apoyar en mí". Dos mundos. El de antes y el de ahora. Y por fin supe en cuál quería vivir.
Ya no era la misma de antes.
—Se equivoca, mamá —dije, muy tranquila—. Yo soy alguien sin ustedes. Lo que ustedes son sin mí, eso ya lo veremos.
Me di la vuelta para irme.
—¡Tú no vas a ningún lado! —rugió Augusto, poniéndose de pie, y por primera vez en mi vida le vi perder esa calma de hombre que todo lo arregla con dinero—. Te quedas en esta casa hasta que entres en razón y te cases con Patricio, como estaba arreglado. ¡Es una orden! ¡Y en mi casa mis órdenes se cumplen!
—Ya no soy una niña a la que pueda encerrar —dije, con el corazón golpeándome el pecho—. Esto es ilegal.
—Háblame de leyes cuando dejes de depender de mi apellido —escupió.
Oí, detrás de mí, pasos pesados. Dos guardias de seguridad de la casa se plantaron frente a la puerta, anchos como roperos, y echaron el cerrojo. El sonido metálico me retumbó hasta en el oído malo.
yo si quiero...no sé tú 😂😂