Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.
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Capítulo 5
Capítulo 5: Cuartos separados
Cuando terminaron de comer, Ximena recogió los recipientes con una diligencia casi luminosa.
Desde que Cristian había pronunciado la palabra Ferrari, su estado de ánimo parecía haber cambiado de estación. Seguía sentada derecha, seguía hablando suave, seguía moviéndose como una esposa educada, pero por dentro sonaba como si hubiera ganado la lotería y le hubieran entregado a Cristian envuelto en moño.
*Ferrari. Ferrari. Ferrari. No sonrías tanto. No enseñes los dientes. Esposa fina. Esposa fina. Ay, pero si me lo compra, juro que dejo de echarle chile una semana.*
Cristian fingió revisar un mensaje.
—Antes de que te vayas, quiero decirte algo.
Ximena dejó la tapa del recipiente en su lugar.
—Claro.
—Como dije esta mañana dormirás en otra habitación.
La alegría se le apagó del rostro con tanta rapidez que casi le dio lástima.
—¿Otra habitación?
—La suite del pasillo sur está lista. Pediré que pasen tus cosas.
—Pero...
—Es más cómodo para los dos.
Ximena apretó los dedos alrededor de la bolsa térmica.
—Si hice algo que te molestó, puedo corregirlo.
*¿Fue el bóxer? ¿Fue el chile? ¿Fue que anoche le toqué el pecho dormido? No, eso no pudo verlo. ¿O sí? Ay, Dios. Con razón quiere desterrarme. Una toca tantito y el señor arma frontera internacional.*
Cristian cerró los ojos un segundo.
—No hiciste nada.
*Mentira. Sí hice. Pero tampoco tanto. Solo pecho, abdomen y una vez la cintura. Bueno, dos.*
—Es por mi trabajo —dijo él—. Llegaré tarde, saldré temprano. No quiero interrumpir tu descanso.
Ximena lo miró con una mezcla muy bien ensayada de comprensión y tristeza.
—Si eso te parece mejor, lo aceptaré.
*Aceptar, claro. ¿Qué otra? Pero qué desperdicio. Una cama enorme, un marido guapo, cero acceso a la mercancía. El capitalismo falló.*
Cristian se levantó antes de que ella siguiera pensando.
—Julián te acompañará abajo.
Ximena inclinó la cabeza.
—Gracias por el almuerzo.
—Tú lo trajiste.
—Gracias por comer conmigo, entonces.
Lo dijo tan suave que por un instante el ruido de sus pensamientos desapareció.
Cristian no respondió.
Una semana después, el despacho de Grupo Montalvo volvió a parecer un lugar razonable.
Sin Ximena cerca, la vida recuperó su volumen habitual. Reuniones, contratos, llamadas, café negro. Nadie pensaba en Ferraris color rosa viejo ni en tocarle el abdomen mientras dormía. Nadie lo llamaba viejo argüendero con una ternura ofensiva. Nadie convertía una camisa blanca en un problema moral.
Cristian debía sentirse aliviado.
Y lo estaba.
Casi.
—Cristian, te estoy hablando de mi desgracia matrimonial y tú pareces en misa de difunto.
Joaquín Duval estaba tirado en el sofá de cuero como si el mundo le debiera una disculpa. Alto, bien vestido, heredero de una fortuna que nunca le había exigido madrugar, había llegado veinte minutos antes con gafas oscuras, dramatismo y la queja de que Renata lo había echado de su propia recámara por tercera noche consecutiva.
—Te escucho —dijo Cristian sin levantar la vista de la carpeta.
—No, no me escuchas. Si me escucharas, estarías indignado. Me hizo dormir en el cuarto de visitas.
Cristian firmó una hoja.
—Hay gente que duerme en la calle.
—Yo no soy gente, soy tu amigo.
—Peor.
Joaquín se incorporó, ofendido.
—Qué corazón tan seco tienes. Por eso tu esposa parece santa, porque debe haber renunciado a sentir cosas para sobrevivirte.
Cristian dejó la pluma sobre el escritorio.
La imagen de Ximena pensando en un delantal diminuto le cruzó la mente con violencia innecesaria.
—No hables de mi esposa.
Joaquín sonrió de inmediato.
—Mira nada más. Sí tienes sangre.
—Tengo trabajo.
—Tienes una esposa que todo México describe como prudente, dulce y paciente. Deberías prestármela una tarde.
Cristian lo miró.
—¿Qué?
—Para que hable con Renata. Una plática de mujeres. Que la ilumine. Que le explique cómo se trata a un marido.
Cristian imaginó a Renata, voluble y explosiva, frente a Ximena, cuya mente era una feria ambulante de deseos, insultos, estrategias y antojos.
El resultado no sería iluminación.
Sería una alianza.
—No te conviene.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que Renata la corrompa?
Cristian pensó en Ximena comprándole bóxers indecentes, deseando Ferraris y fantaseando con él de rodillas ajustándole el cinturón de seguridad.
—Tengo miedo de lo contrario.
Joaquín no entendió, pero tampoco era un hombre acostumbrado a detenerse ante una advertencia.
—Hazme el favor. Tú sabes que Renata no escucha a nadie. Si tu esposa, que es el modelo oficial de la paz matrimonial, le dice dos cosas, igual y se le pega algo.
Cristian abrió la boca para negarse.
Su celular vibró sobre la mesa.
En la pantalla apareció el nombre público de su esposa: Ximara.
Él contestó.
—¿Qué pasó?
La voz de Ximena llegó baja, tensa y demasiado dulce.
—Cristian, ¿puedes volver a casa?
Él se enderezó.
—¿Por qué?
—Tu mamá llegó sin avisar.
Joaquín abrió mucho los ojos y, por primera vez en la tarde, dejó de actuar.
Cristian cerró los párpados.
—¿Qué quiere?
—Encontró mis cosas en la suite del pasillo sur.
Silencio.
—¿Dónde está ahora?
—En el salón.
La voz de Ximena bajó otro grado.
—Está muy enojada.
*Muy enojada no. Furiosa nivel señora rica sin nieto. Si sobrevivo a esto, merezco dos Ferraris y permiso para tocarte el abdomen sin culpa.*
Cristian se puso de pie.
—Voy para allá.
Joaquín señaló la puerta.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No.
—Tu mamá me da miedo, así que gracias.
Cristian tomó las llaves y salió sin responder.
Tardó menos de lo habitual en llegar a Las Lomas. En el camino, pidió a Julián que enviara a la casa unos paquetes de la boutique donde Adriana solía comprar. No servirían para resolver nada, pero en la familia Montalvo los regalos de lujo eran, por lo menos, una forma civilizada de entrar a una guerra.
Desde el vestíbulo escuchó la voz de su madre.
—¡No me importa cuánto haya costado! ¡El dinero no me va a dar un nieto!
Algo se estrelló contra el suelo.
Cristian entró al salón.
Adriana Solís de Montalvo estaba de pie en medio de la alfombra, impecable en un traje color vino, el cabello recogido y la furia encendida en los pómulos. A sus pies había una caja abierta, papel de seda roto y un adorno de cristal hecho pedazos, uno de los regalos que Cristian había mandado semanas antes para que Ximena decorara la casa.
Ximena estaba a un lado, pálida, sosteniendo una taza de té que nadie iba a beber.
—Mamá —dijo Cristian.
Adriana giró hacia él.
—¿Mamá? ¿Ahora sí tienes mamá? Porque para separar cuartos, esconderlo y hacerme quedar como idiota frente a medio círculo de Las Lomas, ahí sí muy hombre, ¿no?
Cristian dejó los paquetes sobre una mesa.
—No es lo que piensas.
—Pienso que llevas un año casado y no hay embarazo, no hay planes, no hay nada. Y ahora me entero de que ni siquiera duermen juntos.
Ximena se acercó con cuidado.
—Mamá, por favor, no se altere. Cristian trabaja mucho y solo quiso que yo descansara mejor.
*Descansar sí descanso. Pero con ese marido desperdiciado al otro lado del pasillo, una también sufre. Aunque, siendo justos, el dinero sí consuela bastante.*
Cristian se llevó una mano a la boca.
Adriana lo vio.
—¿Te estás riendo?
—No.
—¡No te atrevas a reírte! —Adriana señaló el cristal roto en el suelo—. ¡Esto cuesta lo mismo que un auto y no me sirve de nada! ¡El dinero de nada sirve si no hay un nieto en camino!
Ximena dejó la taza sobre la mesa, seria como una santa en procesión.
—Mamá, no diga eso. La familia es lo más importante.
*Pero el dinero sí sirve, señora. Sirve muchísimo. Para bolsos, autos, vestidos rojos y terapia después de fingir que no quiero saltarle encima a su hijo.*
Cristian bajó la cabeza.
Esta vez sí tuvo que morderse la risa.
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Muy bien,