Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?
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CAPÍTULO 16 EL REGRESO DEL PASADO DE ELLA
Me quedé en casa de mi tía Marisa los días siguientes. Era una casa pequeña y acogedora en un barrio tranquilo de las afueras, con un jardín lleno de macetas de flores y un olor a pan recién horneado que te recibía en cuanto cruzabas la puerta. Mi tía no me hizo preguntas. Solo me abrazó fuerte cuando llegué llorando, me preparó una taza de chocolate caliente y me dijo que me quedara todo el tiempo que necesitara.
Intentaba mantener la mente ocupada. Organizaba todo lo necesario para el viaje de Lucía a Madrid, ayudaba a mi tía en las tareas de la casa, salía a caminar por el parque cercano cuando el sol lo permitía. Pero no podía evitar pensar en Dante. Cada vez que veía un coche negro pasar por la calle, el corazón me daba un vuelco. Cada vez que sonaba el teléfono, esperaba que fuera él.
Pero nunca llamaba.
Yo tampoco lo llamaba. El orgullo y el dolor eran más fuertes. Todavía tenía en los oídos las palabras que nos habíamos dicho en el vestíbulo de la mansión. Todavía sentía el golpe de su voz fría hablándome de obligaciones y pagos. Sabía que yo también le había dicho cosas horribles. Sabía que ambos nos habíamos hecho daño sin querer. Pero no sabía cómo romper ese muro que se había levantado entre los dos.
Era jueves por la tarde. Salí a comprar unas frutas y unas cosas que Lucía me había pedido para cuando viniera a despedirse antes de irse al hospital. Caminaba por la calle principal del barrio, mirando los escaparates, cuando una voz detrás de mí me hizo detener los pasos en seco.
—¿Aitana? ¿Eres tú?
Conocía esa voz. La había oído tantas veces en sueños, en pesadillas, que no podía confundirla. Me giré muy despacio.
Allí estaba él. Marcos.
Había cambiado un poco. Tenía el cabello más corto, una cicatriz pequeña en la frente que no tenía antes, vestía ropa más elegante que la que recordaba. Pero sus ojos eran los mismos. Oscuros, intensos, con esa mirada que siempre me había hecho sentir pequeña, atrapada.
Sentí cómo se me ponía la piel de gallina. Las manos me temblaron un poco. Apreté la bolsa de las compras con más fuerza, como si eso me diera protección.
—Marcos —dije, y mi voz salió más débil de lo que quería.
Él sonrió. Una sonrisa que antes me parecía dulce y que ahora solo me daba miedo. Se acercó unos pasos hacia mí.
—Dios mío, cuánto tiempo. Te he buscado por todas partes, Aitana. He preguntado por ti en todos lados. Cuando me dijeron que te habías casado… no lo podía creer.
—Sí —respondí, retrocediendo un paso, manteniendo la distancia—. Me casé. Hace unos meses.
Marcos asintió. Su mirada me recorrió de arriba abajo, despacio, de una forma que me hizo sentir incómoda, como si me estuviera desvistiendo con los ojos.
—Ya lo sé. Con el Ferrer, ¿verdad? El hombre rico y poderoso. Debes estar muy bien con él.
—Estoy bien —respondí, secamente. Quería irme. Quería darme la vuelta y correr lejos de allí—. Perdona, Marcos, tengo prisa. Tengo cosas que hacer.
—Espera, no te vayas —dijo él, alargando una mano para agarrarme del brazo.
Me aparté bruscamente antes de que pudiera tocarme. El gesto le hizo fruncir el ceño.
—No me toques —dije, con más firmeza esta vez.
La sonrisa se le borró un poco de los labios. Levantó las manos en señal de paz.
—Vale, vale. No te toco. Solo quiero hablar contigo un rato. Cinco minutos. Por favor.
—No tenemos nada de qué hablar, Marcos. Nuestra historia terminó hace mucho tiempo.
—¿De verdad? —él se inclinó un poco hacia mí, y su voz se volvió más baja, más intensa—. Yo no lo he olvidado. No he olvidado los días que pasamos juntos, lo que sentíamos. He cambiado, Aitana. Ya no soy el chico inmaduro y celoso que era antes. He madurado. He conseguido trabajo, tengo mi propia vida. Y he venido a buscarte porque quiero una segunda oportunidad.
Sentí cómo se me hacía un nudo en la garganta. Recordé los días finales de nuestra relación: sus celos enfermizos, las veces que me prohibía ver a mis amigas, las discusiones que terminaban con él gritando y yo llorando encerrada en mi habitación. Recordé el miedo que sentía cada vez que se enfadaba.
—No hay segundas oportunidades entre nosotros, Marcos —dije, muy clara—. Yo soy otra persona. Tengo otra vida. Y tú… tú sigues siendo el mismo.
—No —negó él, acercándose de nuevo, y esta vez no retrocedí por pura sorpresa—. No soy el mismo. Te lo demostraré. Iré a verte todos los días hasta que me creas. Hasta que recuerdes lo bien que nos sentíamos juntos. Hasta que te des cuenta de que ese matrimonio tuyo es solo por dinero, por interés, y que lo que nosotros tuvimos fue de verdad.
—¡No! —le grité, y la gente que pasaba por la calle nos miró un poco. Bajé la voz, respirando hondo para calmarme—. Mi matrimonio no es asunto tuyo. Y lo que tuvimos terminó porque tú lo destrozaste. Ahora déjame en paz.
No esperé a que respondiera. Me di la vuelta y me fui caminando rápido, sin mirar atrás. Sentía su mirada clavada en mi espalda todo el camino hasta que doblé la esquina. Cuando llegué a casa de mi tía, me apoyé en la puerta cerrada, con el corazón latiéndome a mil por hora, las piernas temblándome.
Él no había cambiado. Seguía siendo el mismo hombre posesivo y obsesivo de siempre. Y había dicho que iría a verme todos los días.
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En la mansión Ferrer, Dante no estaba mucho mejor.
Llevaba tres días sin apenas dormir. Pasaba las noches en el despacho, revisando una y otra vez las fotos anónimas, intentando encontrar alguna pista que le dijera quién las había mandado. Había llamado a un investigador privado, un hombre de confianza que había trabajado para su padre años atrás, y le había pedido que averiguara todo lo que pudiera sobre Sofía y Victoria, y sobre cualquier otra persona que pudiera querer hacerles daño.
Don Eliseo entraba de vez en cuando en el despacho, le llevaba algo de comer, le pedía que fuera a buscar a Aitana, que se disculpara, que no dejara que el orgullo lo perdiera todo. Pero Dante no se atrevía. Sabía que le había dicho cosas horribles. Sabía que la había lastimado. Y tenía miedo de ir a verla y que ella le dijera que no quería volver a verlo nunca más.
Esa tarde sonó el teléfono de su mesa. Era el investigador.
—Señor Ferrer —dijo la voz grave del hombre al otro lado de la línea—. He encontrado algo que quizás le interese.
—Dime —respondió Dante, incorporándose en la silla.
—He estado siguiendo los movimientos de la señora Aitana estos días, como usted me pidió. Está en casa de su tía, en el barrio de las afueras. Y hoy he visto algo curioso: se ha encontrado con un hombre en la calle. Un tal Marcos Roldán.
Dante sintió cómo se le tensaban todos los músculos del cuerpo.
—¿Marcos Roldán? ¿Quién es?
—Su ex novio —respondió el investigador—. Tienen historia juntos, señor. Una relación que terminó mal hace unos años. Él tiene antecedentes por problemas de violencia doméstica y amenazas. Y hoy, cuando se encontraron, él la siguió un rato. No hizo nada más, pero… se le veía decidido.
Dante cerró la mano con fuerza hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Qué quieres decir con que la siguió?
—Digo que no parece que vaya a dejarla en paz, señor. Y por lo que he podido averiguar, este tipo no es de los que se rinden fácil.
Cortó la llamada despacio. Se quedó mirando el teléfono sobre la mesa.
Su Aitana. Su esposa. Sola, lejos de él, y con un hombre peligroso rondándola. Un hombre que ya le había hecho daño en el pasado.
El orgullo se desvaneció en un segundo. Lo único que sentía ahora era rabia, miedo, una necesidad urgente de estar a su lado, de protegerla, de decirle que lo sentía, que la quería, que no podía vivir sin ella.
Se puso de pie de un salto. Agarró su chaqueta y salió del despacho corriendo. Pasó por el pasillo y se encontró con Don Eliseo, que lo miró sorprendido.
—¿Dónde vas, muchacho?
Dante no se detuvo.
—A buscarla —respondió, y su voz sonaba firme, decidida—. A traerla a casa. Y a protegerla de quien tenga que hacerlo.
Salió de la mansión, subió al coche y arrancó. Las ruedas chirriaron contra el asfalto al salir por la puerta.
Sabía que tenía mucho que pedir perdón. Sabía que probablemente ella no querría verlo. Pero no le importaba.
No iba a dejar que nadie le hiciera daño.
Ni siquiera él mismo.