Dos familias unidas por años de amistad se ven divididas por mentiras, celos y amores prohibidos. En el corazón de la tormenta: dos gemelos que deberían ser inseparables, pero que se convierten en enemigos por el cariño de todos y el amor del mismo chico; dos hermanos que ocultan sus sentimientos tras máscaras de dureza y crueldad; y un mundo donde la lealtad se paga con sangre y el amor se castiga con silencio. Un final que romperá todas las cadenas.
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Cuando llegaron a la casa, la madre de Luca salió a recibirlos. Sonreía al ver a Bruno, pero su expresión cambió de inmediato al ver a Mateo, y se puso en su camino sin dejarlo pasar.
—Aquí no entras —le dijo con sequedad—. No eres bienvenido.
— Suegra tranquila, no vine hacer problemas, solo vengo a acompañar a Luca, hablaremos tranquilos y yá.
El padre, atraído por el escándalo, se asomó y vio la situación. Se acercó con paso firme, tomó el mando y dijo con voz autoritaria:
—Todos pasen. Vamos a hablar, como pide Mateo. Sin gritos, sin interrupciones.
Ya en la sala, bajo la orden de su padre de que nadie interrumpiera, Luca contó su versión de los hechos con calma pero con claridad, mientras Martina negaba con la cabeza una y otra vez y su madre la defendía con miradas y gestos. Damián se quedó callado, escuchando sin decir una palabra, reflexionando sobre todo lo que estaba escuchando. Cuando Luca terminó de hablar, su padre pidió que todos los que estuvieron en la casa anoche le pidieran disculpas a Luca.
Martina no dio paso atrás en su versión. Seguía afirmando que era verdad lo que había dicho, y su madre seguía de su lado, apoyándola. Al final, Martina salió corriendo hacia su habitación llorando, pero antes de subir les dijo a todos, mirando a su padre a los ojos, que era cruel por no creerle. Su madre salió enojada tras ella para consolar a su princesa. Damián se acercó a Luca, le dijo unas disculpas frías y cortantes, y salió a la calle sin mirar atrás. Nicolás también se fue a su casa, sintiéndose aliviado de que al menos se hubiera escuchado la verdad.
Mateo y Bruno estaban por irse también cuando su padre detuvo a Bruno.
—¿Podemos hablar unos minutos, hijo? —le pidió con voz suave.
Luca se fue a su habitación, y Mateo salió a esperarlo en el auto. Bruno se sentó en el sofá junto a su padre, que lo miró con una expresión que no había visto antes: triste, arrepentida, llena de amor y de dolor a la vez.
—No he dejado de pensar en ese día cuando te fuiste —empezó a decirle su padre con voz temblorosa—. No he dejado de pensar en los recuerdos de cuando eras un bebé, de cuando te tomaba en brazos y te prometía estar a tu lado en todo, no abandonarte en ningún momento. Sé que me enoja la idea de que te atraiga un hombre, me cuesta entenderlo… pero si no cumplo con la promesa que te hice cuando eras un bebé, si no te acepto como eres, me destroza. No me importa nada más que no sea la felicidad de mis hijos. Son mi gran tesoro. Los amo más que a mi propia vida. Perdóname, hijo. Perdóname por hacerte daño, por no entenderte, por ser un mal padre.
Bruno, al escuchar esas palabras, no pudo controlar su emoción y lo abrazó con tanta fuerza como si quisiera que se fundieran en un solo abrazo, agradeciéndole por dejar de lado su orgullo y aceptar que su hijo amaba a un hombre.
—Gracias, papá —susurró con la voz quebrada—. Gracias.