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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Capítulo 5

El paraguas negro

Valentina se presentó en la comisaría tres días después del aeropuerto.

Se había cambiado de ropa cuatro veces antes de salir. Se había puesto la blusa de periodista seria, luego la chamarra de cuero, luego una camiseta sencilla, luego otra vez la blusa. Al final salió con la chamarra y la credencial de prensa colgando del cuello, porque necesitaba una excusa y "vengo a hacer una entrevista de seguimiento sobre el motín del aeropuerto" era la mejor que tenía.

La comisaría olía a piso recién trapeado y a café institucional. Valentina le dio su nombre al oficial de la recepción y pidió hablar con algún elemento que hubiera participado en el operativo del aeropuerto. El oficial la miró con aburrimiento, hizo una llamada, y le señaló una banca de metal contra la pared.

—Espere ahí.

Valentina esperó. Se alisó la chamarra. Se tocó la pulsera roja debajo de la manga. Se preguntó qué estaba haciendo —una periodista profesional con un documental exitoso, sentada en una banca de comisaría con el corazón latiéndole en la garganta porque un hombre al que le había arrancado la visera del casco en un aeropuerto tal vez, quizá, posiblemente, trabajaba aquí—.

La puerta del fondo se abrió.

Santiago caminó hacia ella con un vaso de café en la mano y la expresión de alguien que lleva tres días sin dormir bien pero no piensa admitirlo. Sin casco. Sin chaleco táctico. Uniforme de servicio regular, camisa azul oscuro con la placa en el pecho. El pelo todavía corto y oscuro. Los ojos todavía los mismos.

Se detuvo a dos metros de ella.

—Señorita periodista —dijo.

No era una pregunta. Era un reconocimiento. Valentina sintió que el aire se le atoraba en algún lugar entre la garganta y el pecho.

—Me recuerdas.

—La moto con la calcomanía de prensa. La bomba de presión. Canal 7. —Hizo una pausa—. Y el hecho de que me arrancó la visera del casco en medio de un operativo policial.

—Sobre eso—

—No se preocupe. Mis compañeros creen que fue una pasajera histérica. No la reporté.

Valentina no sabía si reírse o disculparse. Optó por ninguna de las dos cosas.

—Vine a hacer una entrevista de seguimiento sobre el motín.

—No, no vino a eso.

La miró directo. Sin reproche. Sin burla. Con la misma calma absurda con la que le había dicho "El suficiente" mientras desactivaba una bomba debajo de su pie.

—No —admitió Valentina—. No vine a eso.

Santiago asintió. Tomó un trago de café.

—¿Tiene hambre? Hay una fonda a dos cuadras que no está mal. Pero está lloviendo.

Valentina miró por la ventana. Llovía. Llevaba días lloviendo —la temporada se había adelantado este año, y las calles del centro estaban encharcadas hasta los tobillos—.

—No traje paraguas —dijo.

Santiago desapareció por el pasillo y volvió con un paraguas negro, grande, de los que usan los militares.

—Yo la llevo. Mi turno termina en diez minutos.

---

No fueron a la fonda. Santiago la llevó a su casa en un vehículo de servicio porque las calles estaban inundadas y ningún taxi iba a aceptar cruzar la avenida principal. El agua les llegaba a media llanta. Valentina iba en el asiento del copiloto con el paraguas negro en el regazo, mirando las calles convertidas en ríos.

—¿De dónde eres? —preguntó Valentina.

—San Lorenzo. Un pueblo al sureste. Mi padre sigue viviendo ahí.

—¿Y tú?

—Llevo años aquí. Me asignaron a la ciudad después de… —se detuvo un momento— después de un periodo en el extranjero.

Valentina no presionó. Sabía reconocer un silencio que no quería ser llenado.

—Vi tu documental —dijo él, después de un rato.

—¿"Crónicas de antes de la guerra"?

—Sí. Hay un error en el minuto treinta y cuatro. Cuando hablas de las ruinas de Bocata, dices que la ciudad cayó en el sesenta y ocho. Fue en el setenta y dos.

Valentina lo miró.

—¿Me estás corrigiendo un dato histórico?

—Te estoy diciendo que vi tu documental con atención suficiente para notar un error en el minuto treinta y cuatro.

Valentina se quedó callada un segundo. Luego se rio. Una risa corta, sorprendida, que le salió antes de poder controlarla. Santiago no se rio, pero la comisura izquierda de su boca se movió un milímetro hacia arriba.

El vehículo se detuvo frente al Callejón de los Jazmines. El agua corría por la calle como un arroyo turbio. Valentina abrió la puerta y el ruido de la lluvia entró como un muro de sonido.

—Tu paraguas —dijo, ofreciéndoselo.

—Quédatelo.

—Pero es tuyo.

—También era mía la pulsera.

Valentina se congeló con el paraguas a medio camino. Santiago miraba al frente, con las manos en el volante. No la estaba mirando, pero Valentina sabía —por la forma en que lo dijo, por el peso que le puso a cada palabra— que lo había pensado durante días. Semanas. Meses.

—La tengo —dijo Valentina, en voz baja—. Todavía la tengo.

—Ya lo sé. La vi en el aeropuerto.

Silencio. La lluvia golpeaba el techo del vehículo.

—No te la quité a propósito —dijo Valentina.

—Ya lo sé.

Valentina abrió la boca para decir algo más, pero Santiago sacó un papel doblado del bolsillo de la camisa y se lo puso en la mano.

—Mi número. Por si necesitas que te corrija más datos históricos.

Valentina tomó el papel. Lo apretó con los dedos. Bajó del vehículo con el paraguas negro abierto y caminó hasta la puerta de su casa con el agua hasta los tobillos y el corazón en la garganta.

---

Adentro, los trabajadores estaban terminando de recoger sus herramientas.

Llevaban una semana haciendo trabajos de impermeabilización en el techo y las paredes —la casa de la abuela era vieja, y las filtraciones de la temporada pasada habían dejado manchas de humedad en tres cuartos—. Valentina los había contratado por recomendación de un vecino. Un señor mayor dirigía al equipo: pelo canoso, espalda ancha, manos gruesas y callosas de quien empezó trabajando con cemento.

—Señorita Mora —dijo el hombre, secándose las manos en un trapo—. Terminamos con el baño principal. Mañana arrancamos con la cocina, si le parece.

—Perfecto. Gracias, Don…

—Ernesto. Ernesto Herrera.

Valentina asintió. El nombre no le dijo nada.

—¿Cómo supo de las filtraciones? Mi vecino dice que usted es el mejor de la zona.

Don Ernesto se encogió de hombros.

—Llevo cuarenta años en esto. Empecé de albañil en San Lorenzo y terminé de ingeniero. Ahora que estoy jubilado, me aburro si no hago algo con las manos. —Sonrió—. Además, mi hijo dice que tengo que mantenerme activo. Dice que si me siento mucho se me oxidan las rodillas.

—¿Su hijo?

—Sí. Es militar. Bueno, ahora trabaja con la policía, pero es militar de formación. Experto en explosivos. Lo condecoró el Coronel Mendoza hace dos años por una operación en el extranjero.

Valentina sintió algo frío en la base del cráneo. Un cosquilleo. Una conexión que casi se formaba pero no terminaba de cuajar —San Lorenzo, hijo militar, explosivos, extranjero—.

Pero el trabajador que estaba al lado de Don Ernesto dejó caer una cubeta y el ruido rompió el hilo del pensamiento. Valentina parpadeó. Don Ernesto le deseó buenas noches, recogió su caja de herramientas, y salió bajo la lluvia.

Valentina cerró la puerta. Se apoyó contra la madera. Miró el papel doblado que tenía en la mano izquierda —el número de Santiago— y el paraguas negro que tenía en la derecha.

Abrió el papel. Diez dígitos escritos con letra pequeña y precisa. Debajo, una sola línea:

"Santiago Herrera M."

Valentina se quedó mirando el apellido. Herrera. Herrera. Don Ernesto Herrera, el señor que estaba arreglando su techo, el ingeniero jubilado de San Lorenzo cuyo hijo era militar experto en explosivos.

Pero el pensamiento no terminó de aterrizar. Lo archivó en algún lugar del cerebro donde van las coincidencias que todavía no parecen importantes, y subió las escaleras con el paraguas negro chorreando agua sobre los escalones de mosaico.

En su cuarto, se sentó en la cama. Dobló el papel y lo metió dentro de la funda de la almohada. Se quitó la pulsera roja de la muñeca y la puso al lado del teléfono, sobre la mesita de noche.

Dos objetos de él. El hilo rojo y el paraguas negro. Uno que se había llevado sin permiso y otro que él le había dado a propósito.

Valentina sonrió. Y por primera vez en meses, se quedó dormida antes de la medianoche.

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Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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