Jade desafía el poder de Derek y se niega a ceder ante su arrogancia, mientras una atracción peligrosa amenaza sus límites.
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CAPÍTULO 19
Álvaro Kingsley permanecía sentado detrás de su enorme escritorio, con la mirada perdida en los ventanales de su oficina.
La ciudad se extendía frente a él, llena de luces y movimiento, pero aquella noche nada de eso conseguía llamar su atención.
Tenía un expediente abierto sobre la mesa.
No lo estaba leyendo.
Hacía varios minutos que sus ojos recorrían las mismas líneas sin que una sola palabra consiguiera entrar realmente en su mente.
Su pensamiento estaba muy lejos de aquella oficina.
Estaba en el pasado.
En Catalina.
Álvaro cerró los ojos.
Habían pasado veinticinco años y, aun así, había recuerdos que seguían teniendo la capacidad de destruirlo.
Catalina había sido la única mujer que había amado realmente en toda su vida.
La única.
Y precisamente por eso el peso de lo que había hecho se había convertido en una condena que llevaba consigo desde hacía más de dos décadas.
La había engañado.
Le había hecho creer que era un hombre libre.
Le había permitido enamorarse de él sin contarle la verdad.
Y cuando Catalina descubrió que estaba casado, su embarazo ya estaba avanzado y complicado.
Álvaro apretó los puños.
Nunca había podido olvidar lo ocurrido después.
Y aquella hija que nunca pudo tener entre sus brazos.
Una hija a la que había visto crecer desde lejos.
Una hija a la que había protegido sin que ella supiera siquiera que existía.
Jade.
Su nombre apareció en su mente con una claridad dolorosa.
Álvaro abrió los ojos.
Sobre su escritorio había una fotografía que había permanecido allí durante años.
Para él significaba todo.
Había estado pendiente de cada etapa de su vida.
Pero nunca había dado un paso hacia ella.
Nunca había pronunciado frente a ella las palabras que un padre debería decir.
Nunca le dió su apellido.
No la crío.
Y no porque no la amara.
Precisamente porque la amaba demasiado.
Álvaro sabía que aquello podía parecer absurdo.
Incluso cruel.
No se sentía digno de que Jade lo llamara papá.
No después de todo lo que había hecho.
¿Cómo podía presentarse ante ella y pedirle que lo aceptara?
¿Cómo podía esperar que una hija a la que había mantenido a distancia quisiera conocerlo?
Había pasado tantos años diciéndose que algún día lo haría que ese día terminó convirtiéndose en una promesa imposible.
Prefería verla desde lejos antes que arriesgarse a destruir la vida que ella había construido.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
La puerta se abrió y Juan Pablo Linares entró con una carpeta en la mano.
El abogado de Álvaro había trabajado con él durante años y conocía suficientes secretos para entenderlo.
—Álvaro —saludó.
—Juan Pablo.
Juan Pablo dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Aquí están los documentos que me pediste.
Álvaro asintió.
—Necesito que prepares todo.
El abogado lo observó con atención.
—¿Todo para qué?
Álvaro tomó aire.
—Voy a hacer un viaje.
—¿De negocios?
Álvaro negó lentamente.
—No.
Juan Pablo frunció el ceño.
—¿Cuánto tiempo?
Álvaro levantó la mirada.
—Un año.
El abogado permaneció en silencio.
—¿Un año?
—Sí.
—Eso es demasiado tiempo.
—Lo sé.
Juan Pablo se acercó al escritorio.
—¿Qué piensas hacer durante todo ese tiempo?
Álvaro se levantó y caminó hacia la ventana.
—Necesito alejarme.
No explicó de qué.
Juan Pablo sabía que no era necesario preguntar.
—¿Y qué harás con la empresa?
Álvaro se giró hacia él.
—Quédate a cargo.
Juan Pablo abrió ligeramente los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
—Álvaro, sabes perfectamente que puedo administrar la empresa, pero desaparecer durante un año no es una decisión pequeña.
—Lo necesito, se que llevarás bien está empresa.
—Eso no es lo mismo.
Álvaro volvió a mirar por la ventana.
—Es lo que necesito.
Juan Pablo permaneció observándolo durante unos segundos.
Después respiró profundamente.
—Deberías buscar a esa muchacha.
Álvaro se quedó inmóvil.
No necesitó preguntar a quién se refería.
—No.
—Es tu única familia.
Álvaro cerró los ojos.
—Juan Pablo...
—Y ambos están solos.
Aquellas palabras golpearon donde más dolía.
Álvaro apretó la mandíbula.
Jade era su hija.
Su única hija.
Y, aunque había dedicado años enteros a protegerla desde las sombras, seguía siendo un desconocido para ella.
—Ella está bien sin mi —respondió finalmente.
—No sabes eso.
—Sí lo sé.
—Saber que está bien no significa que no necesite saber sus raíces.
Álvaro se volvió hacia él.
—No voy a buscarla.
Juan Pablo negó con la cabeza.
—Algún día podrías arrepentirte.
Álvaro sostuvo su mirada.
—Ya me arrepiento de demasiadas cosas.
Hubo un silencio pesado.
—Entonces corrige una —insistió Juan Pablo—. Dale la oportunidad de decidir si quiere tenerte en su vida.
Álvaro bajó la mirada.
Por un instante, quiso hacerlo.
Quiso buscarla y decirle a Jade toda la verdad.
Pero el miedo pudo más.
No miedo a su rechazo.
Sino miedo a confirmar que no tenía derecho a formar parte de su vida.
—Haz lo que te estoy pidiendo —dijo finalmente—. Y olvídate de todo lo demás.
Juan Pablo lo observó con tristeza.
—Algún día tendrás que enfrentarte a esto.
Álvaro no respondió.
El abogado tomó la carpeta.
—Prepararé los documentos.
—Gracias.
Juan Pablo caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Espero que algún día entiendas que protegerla desde lejos no es lo mismo que ser su padre.
La puerta se cerró.
Álvaro quedó nuevamente solo.
Miró la fotografía de Jade.
Su expresión se suavizó.
—Perdóname.
Sus dedos rozaron el borde de la fotografía.
—No sabes cuánto te amo, pero te criaste sin tu madre por mi culpa ...
Yo acabé con su vida.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
A miles de kilómetros de aquella oficina, Catalina estaba sentada junto a la ventana.
Había terminado su sesión de terapia hacía poco.
Valeria había salido unos minutos para hablar con Samuel, dejándola sola.
Catalina observaba sus propias manos.
Había recuperado mucho durante aquellos cinco años.
Pero había algo que jamás podría recuperar.
El tiempo perdido.
Veinticinco años.
Veinticinco años en los que su vida había continuado sin ella.
Y había una pérdida que le dolía más que cualquier otra.
Su hija.
Catalina cerró los ojos.
Aunque todos le habían dicho que la bebé había muerto, una parte de ella todavía sentía un vacío imposible de explicar.
No había podido conocerla.
No había podido cargarla.
No había podido escuchar su llanto.
No había podido verla crecer.
Ni siquiera había tenido la oportunidad de despedirse.
Una lágrima recorrió su mejilla.
—Mi niña...
Su voz se quebró.
Catalina llevó una mano a su pecho.
—Perdóname.
No sabía si hablaba con su hija o consigo misma.
Quizá con ambas.
Había días en los que imaginaba cómo habría sido.
Qué nombre tendría.
A quién se parecería.
Si habría heredado sus ojos.
Si sería feliz.
Y aquella noche volvió a sentir el mismo dolor.
El dolor de una madre que creía haber perdido a su hija antes de poder conocerla.
Catalina se secó las lágrimas.
—Quiero saber dónde estás.
Aunque creyera que había muerto, necesitaba encontrar un lugar donde llevar flores.
oria parece muy interesante espero con ansia los próximos capitulos