BL!!
¿Castigar a tu lobo por llamar destinado al vampiro que se casará con tu hermana?
¿Negar el instinto , los celos y la decepción de un lobo?
Para Nyx que su lobo llame destinado a Lazarus es un error, solo es un chupasangre engreído que se casara con su hermana por el bien de ambos reinos , ¿porque importarle?
Lo mejor sería negarlo y solo proteger su reino de la amenaza externa que advierte que le quitarán su alma……
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Enemigos otra vez
Después de aquel día, Nyx decidió que estaba furioso.
No con Lazarus.
Con su propio lobo.
Le parecía imperdonable haber abandonado su puesto de guardia, haber cruzado medio castillo buscándolo y, peor todavía, haberse quedado abrazado a él durante horas.
Y mucho menos podía olvidar la forma en que había reaccionado cuando Lazarus intentó alejarse.
Había gruñido.
Lo había sujetado.
Había mostrado los dientes.
Nyx se llevó una mano al rostro.
—Qué vergüenza…
Su lobo permaneció en silencio.
—No me mires.
El lobo levantó la cabeza dentro de él.
Nyx frunció el ceño.
—He dicho que no me mires.
Aquello era absurdo.
Era parte de él.
Pero estaba tan molesto que necesitaba culpar a alguien.
Y su lobo era el único candidato disponible.
Durante los días siguientes decidió ignorarlo.
No volvió a permitirle salir sin una razón necesaria.
No volvió a preguntarle qué sentía.
Y, sobre todo, dejó de seguir sus instintos cuando se trataba de Lazarus.
......................
La primera cena después de aquello fue extraña.
Nyx se sentó en su lugar habitual.
Isolde estaba conversando tranquilamente.
Sus padres hablaban sobre la alianza.
Y Lazarus estaba sentado al otro extremo de la mesa.
Normalmente, en algún momento de la cena, ambos terminaban discutiendo.
Una provocación.
Una respuesta.
Algún comentario sarcástico.
Era casi inevitable.
Pero aquella noche…
Nada.
Lazarus lo miró.
Nyx ni siquiera levantó la cabeza.
—Nyx —dijo Lazarus.
—¿Qué?
—¿No vas a decir nada?
—No.
Isolde escondió una sonrisa detrás de su copa.
Lazarus arqueó una ceja.
—Qué decepción.
Nyx continuó comiendo.
Ni siquiera lo miró.
Lazarus intentó provocarlo nuevamente.
—¿Te has quedado sin insultos?
—No.
—Entonces, ¿qué sucede?
—Nada.
Una respuesta demasiado rápida.
Lazarus lo observó durante unos segundos.
Nyx siguió ignorándolo.
Su lobo, en cambio, estaba perfectamente consciente de la presencia del vampiro.
Ahí está.
Nyx lo silenció inmediatamente.
—Ni se te ocurra.
Isolde lo miró confundida.
—¿Qué?
Nyx carraspeó.
—Nada.
Lazarus sonrió ligeramente.
—¿Estás hablando solo?
—Come.
—Solo preguntaba.
—Pues deja de preguntar.
La cena continuó.
Y aquella vez Nyx no cayó en ninguna provocación.
No hubo discusiones.
No hubo miradas desafiantes.
Ni siquiera hubo ese pequeño juego de buscar quién podía irritar primero al otro.
Cuando terminó de comer, Nyx se levantó y salió de la sala.
Lazarus siguió su figura con la mirada.
Y por primera vez comprendió que quizá el silencio de Nyx no significaba indiferencia.
Quizá era otra forma de negación.
Mientras tanto, en el pasillo, Nyx caminaba con los brazos cruzados.
—No voy a volver a hacer eso.
Su lobo permaneció en silencio.
—Y tampoco voy a pelear con él.
Silencio.
Nyx frunció el ceño.
—¿Entendido?
Su lobo respondió finalmente.
—Destinado.
Nyx apretó los dientes.
—Te odio.
......................
Los días siguientes se volvieron extraños.
Nyx había conseguido algo que durante mucho tiempo creyó imposible.
No discutir con Lazarus.
No porque hubieran dejado de llevarse mal.
Sino porque Nyx había decidido que simplemente no valía la pena.
Si Lazarus hacía algún comentario provocador, Nyx lo ignoraba.
Si se cruzaban por los pasillos, Nyx continuaba caminando.
Si coincidían durante las comidas, hablaba con Isolde o con sus padres.
Y si Lazarus intentaba iniciar una discusión…
Nada.
Absolutamente nada.
Al principio, Lazarus pareció disfrutarlo.
Después de todo, tener a Nyx sin gruñidos ni insultos era casi divertido.
Pero después de varios días, dejó de serlo.
Era demasiado silencio.
Aquella tarde, Nyx estaba en el patio de entrenamiento practicando con su espada.
Golpeó el muñeco de madera.
Una vez.
Otra.
Otra.
—¿No vas a decirme nada?
Nyx continuó entrenando.
—No.
Lazarus estaba apoyado contra una columna, observándolo.
—Llevas días haciendo eso.
—¿Haciendo qué?
—Ignorándome.
Nyx volvió a golpear.
—No te ignoro.
—Llevas diez minutos sin mirarme.
—Eso no significa que te ignore.
Lazarus sonrió.
—¿Entonces qué significa?
Nyx clavó la espada en el muñeco y finalmente lo miró.
—Que estoy ocupado.
—Qué interesante.
—¿Qué?
—Antes siempre encontrabas tiempo para discutir conmigo.
Nyx apartó la mirada.
—Ya no.
Lazarus se quedó observándolo.
—¿Por qué?
Nyx no respondió.
Porque no podía decirle la verdad.
No podía decirle que cada vez que lo miraba, su lobo reaccionaba.
Que después de aquella noche había comenzado a asociar su olor con seguridad.
Que una parte de él quería volver a sentir aquella calma.
Y que precisamente por eso estaba intentando mantenerse lejos.
—Porque quiero tranquilidad.
Lazarus dejó de sonreír.
—¿Y yo no te doy tranquilidad?
Nyx soltó una pequeña risa.
—Tú eres exactamente lo contrario.
—Entonces supongo que deberías agradecerme que me haya quedado aquella noche.
Nyx se quedó inmóvil.
La espada bajó lentamente.
Lazarus había hablado con naturalidad.
Pero aquellas palabras tocaron algo que Nyx llevaba días evitando.
La noche de la tormenta.
Su transformación.
El celo.
Sus brazos alrededor de Lazarus.
El olor que lo había tranquilizado.
Nyx sintió que su rostro se calentaba.
—No vuelvas a hablar de eso.
Lazarus inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque no quiero.
—Está bien.
La respuesta fue inesperadamente tranquila.
Nyx lo miró.
Lazarus no sonreía.
No estaba provocándolo.
Simplemente había aceptado su límite.
Eso debería haberlo tranquilizado.
Pero, por alguna razón, lo hizo sentir todavía más incómodo.
Nyx tomó nuevamente su espada.
—Tengo que seguir entrenando.
—Claro.
Lazarus se apartó de la columna.
Antes de marcharse, se detuvo.
—Por cierto, Nyx.
Nyx lo miró de reojo.
—¿Qué?
—No tienes que avergonzarte por necesitar a alguien alguna vez.
Nyx se quedó completamente quieto.
Lazarus continuó caminando.
Y esta vez Nyx no encontró ninguna respuesta sarcástica.
Su lobo tampoco dijo nada.
Pero, por primera vez en varios días, Nyx no sintió ganas de pelear con él.
Solo se quedó mirando la puerta por donde Lazarus había desaparecido.
Y se preguntó cuánto tiempo podría seguir fingiendo que no lo necesitaba.