Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 11: Lo que Victoria no vio
VICTORIA
No podía dejar de mirar el mensaje.
«ELLA SABE POR QUÉ DEBO MORIR.»
Las palabras parecían quemarme la piel.
—Fernando...
—Lo sé.
—Yo no sé por qué quiere matarlo.
Fernando guardó el teléfono.
—Pero él cree que sí.
Negué con la cabeza.
—No entiendo nada.
—Entonces vamos a descubrirlo.
—¿Y si es una trampa?
Fernando me sostuvo la mirada.
—Probablemente lo sea.
—Eso no es precisamente tranquilizador.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—No pretendía tranquilizarte.
Por primera vez en toda la noche, sonreí.
Solo un instante.
Después recordé que Alexander había desaparecido.
—Tenemos que encontrar a mi esposo.
Fernando asintió.
—Sí.
—¿Y si fue él quien organizó todo esto?
—Entonces será mucho más difícil encontrarlo.
Salimos del despacho.
La mansión estaba extrañamente silenciosa.
Demasiado silenciosa.
Fernando avanzaba delante de mí, revisando cada esquina.
—Quédate cerca.
—Lo intento.
—No es suficiente.
Se giró.
—Victoria, si algo ocurre, no corras en dirección contraria. Corre hacia mí.
Asentí.
—Está bien.
Seguimos hasta la salida trasera.
Entonces vi algo.
Un automóvil.
Negro.
Estacionado al otro lado de la verja.
—Fernando.
Él lo observó.
—¿Lo conoces?
Negó con la cabeza.
—No.
Las luces se encendieron.
Fernando me sujetó del brazo y me llevó detrás de una columna.
El automóvil aceleró.
Pasó frente a la mansión.
Y desapareció.
—¿Viste la matrícula? —pregunté.
—No.
—Yo sí.
Fernando me miró.
—¿Y?
Le dije los números.
Su expresión cambió.
Sacó inmediatamente el teléfono.
—Esa matrícula pertenece a una empresa de seguridad.
—¿Cuál?
Fernando tardó unos segundos en responder.
—Blackwood Security.
Sentí un escalofrío.
—¿La empresa de Alexander?
—Sí.
Una hora después, estábamos en el garaje.
Marcus nos esperaba.
—No deberías haber venido —dijo.
Fernando lo miró.
—Tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Un vehículo de Blackwood Security estuvo vigilando la mansión.
Marcus permaneció en silencio.
—¿Lo sabías?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta tarde.
Fernando dio un paso hacia él.
—¿Y por qué no nos dijiste?
Marcus bajó la mirada.
—Porque recibí una orden.
—¿De Alexander?
—Sí.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Qué orden?
Marcus me miró.
—Que no permitiera que usted abandonara la propiedad.
Fernando apretó los puños.
—¿Por qué?
Marcus sacó una carpeta.
—Porque Alexander sabía que alguien intentaría contactar con usted esta noche.
—¿Daniel?
—No lo sé.
Fernando tomó la carpeta.
Dentro había fotografías.
Muchas.
De mí.
En el supermercado.
En un restaurante.
En la universidad.
Incluso frente a la tumba de mi padre.
—¿Desde cuándo me siguen?
Marcus respondió con voz baja:
—Desde hace once meses.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Once meses?
—Sí.
—¿Alexander me hizo seguir?
Marcus asintió.
—¿Por qué?
No respondió.
Fernando hojeó las fotografías.
Hasta que encontró una.
La mostró.
Era yo entrando en un edificio.
—¿Dónde es esto?
—Una clínica privada.
Miré la fotografía.
No recordaba haber estado allí.
Entonces vi la fecha.
Un año atrás.
Dos semanas después del accidente.
—Yo nunca fui a esa clínica.
Marcus me observó.
—Sí fue.
—No.
—La llevaron allí.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Quién?
Marcus dudó.
—Alexander.
Fernando se tensó.
—¿Para qué?
Marcus cerró la carpeta.
—Eso tendrás que preguntárselo a él.
—No está aquí.
—Precisamente.
Salimos del garaje.
Fernando caminaba a mi lado.
—¿Recuerdas algo de aquella noche?
—Todo.
—¿Incluso después del accidente?
Me quedé en silencio.
—No.
—¿Qué quieres decir?
—Hay unas horas que no recuerdo.
Fernando se detuvo.
—¿Cuánto?
—Casi seis.
Su rostro cambió.
—¿Y nadie te explicó qué ocurrió durante ese tiempo?
Negué.
—Alexander dijo que estaba sedada.
—¿Y la clínica?
—No sabía que había estado allí.
Fernando respiró profundamente.
—Victoria, alguien está intentando que recuerdes.
—¿Por qué?
—Porque probablemente hay algo que viste.
Bajé la mirada.
—Daniel.
—Tal vez.
—Él me dijo que Alexander estaba haciendo algo ilegal.
—¿Qué cosa?
—No lo sé.
—¿Y después?
Cerré los ojos.
Intenté recordar.
La carretera.
La lluvia.
El auto.
Daniel.
Su voz.
«Victoria, si algo me pasa, busca la caja azul.»
Abrí los ojos de golpe.
—La caja.
Fernando me miró.
—¿Qué caja?
—Daniel me habló de una caja azul.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Piensa.
Me llevé una mano a la cabeza.
Entonces algo apareció en mi memoria.
Una habitación.
Una mesa.
Alexander.
Marcus.
Y una caja metálica azul.
—La vi.
—¿Dónde?
—En la oficina de Alexander.
Fernando tomó mi mano.
—Vamos.
Llegamos al despacho.
La puerta estaba abierta.
Entramos.
Fernando revisó los cajones.
Nada.
Los armarios.
Nada.
Yo observaba las paredes.
Había algo extraño.
—Espera.
Me acerqué a una biblioteca.
Moví algunos libros.
Nada.
Entonces recordé la habitación de mi memoria.
La misma biblioteca.
La misma lámpara.
Y una pequeña figura de caballo sobre el escritorio.
La moví.
Se escuchó un clic.
Una sección de la biblioteca se desplazó.
Detrás había una pequeña caja fuerte.
Fernando me miró.
—¿Sabes la combinación?
Negué.
Pero entonces recordé algo.
La fecha.
El día de mi boda.
La introduje.
Clic.
La caja se abrió.
Dentro había documentos.
Dinero.
Una memoria USB.
Y una pequeña caja azul.
La tomé.
Mis manos temblaban.
Fernando la abrió.
Dentro había fotografías.
Documentos.
Y una grabación.
Fernando encontró un pequeño reproductor.
Lo encendió.
La voz de Daniel llenó la habitación.
—Si estás escuchando esto, significa que algo salió mal.
Miré a Fernando.
La grabación continuó.
—Victoria no sabe toda la verdad.
Mi corazón se detuvo.
—Pero tampoco es culpable de lo que ocurrió aquella noche.
Fernando frunció el ceño.
La voz de Daniel siguió:
—El accidente fue provocado.
Sentí que las piernas me fallaban.
Fernando me sostuvo.
—¿Por quién? —pregunté.
La grabación hizo una pausa.
Entonces Daniel pronunció las palabras que cambiarían todo.
—Por Alexander Blackwood.
Sentí que el mundo desaparecía.
Pero la grabación todavía no había terminado.
—Y si Victoria está escuchando esto...
La voz de Daniel se volvió más baja.
—...es porque Alexander ya descubrió que ella recuerda.
La grabación terminó.
Silencio.
Fernando me miró.
—Victoria.
No podía hablar.
Porque de repente recordé algo más.
Una imagen.
Un instante que llevaba un año enterrado en mi memoria.
Alexander parado frente al automóvil destruido.
Y junto a él...
Marcus.
Pero había alguien más.
Alguien que yo había creído muerto.
—Fernando...
—¿Qué?
Lo miré.
—Daniel no era el único que estaba allí aquella noche.
—¿Quién más estaba?
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Tú.
Fernando se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Negué con la cabeza.
—No tú.
Respiré con dificultad.
—Un hombre que llevaba tu mismo uniforme.
Fernando palideció.
—¿Mi uniforme?
Asentí.
—El de la unidad militar.
Y entonces, desde el pasillo, escuchamos un ruido.
Pasos.
Alguien estaba acercándose.
Fernando cerró la caja.
Sacó su arma.
Me colocó detrás de él.
La puerta comenzó a abrirse.
Y una voz conocida pronunció:
—Fernando... será mejor que escuches toda la historia antes de cometer un error.
Era Marcus.