Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 3
Capítulo 3: La fichera del tablón
Dante no le contestó de inmediato si la había esperado o no. Le dio una última vuelta al cigarro apagado y lo guardó en el bolsillo.
—Salgo a la escalera a que se me vaya el olor a alcohol —dijo, mirando al frente—. En mi casa tengo el retrato de mi madre. A ella no le gustaba que yo bebiera. No me gusta entrar apestando a trago y que me esté viendo desde la pared.
Lo dijo sin dramatismo, como quien explica por qué se limpia los zapatos antes de entrar. Y a Camila, que cargaba con una madre que solo la llamaba para sacarle dinero, esa frase le tocó un lugar hondo. Un hombre que cuidaba no oler a alcohol frente al retrato de su madre muerta no podía ser del todo malo.
—Me llamo Camila —dijo, sin saber bien por qué—. Camila Cordero. Vivo enfrente.
—Ya sé —respondió él.
—¿Ya sabes?
—El buzón. Tu nombre está en el buzón.
Era mentira. Dante la había mandado investigar desde la noche del borracho: sabía su nombre completo, su facultad, su pueblo, su horario, hasta el número de la cuenta a la que le mandaba dinero a su madre. Pero eso Camila no lo sabría hasta mucho después.
Subiendo por las escaleras apareció Beto Fierro, cargando con esfuerzo una caja larga y elegante, de esas de muebles finos, seguido de dos hombres más con otras cajas.
—Patrón —empezó Beto, resoplando—, le traje el juego de sala que encargó el… que le mandaron. Piel italiana. Si me deja lo subo y en media hora le queda como…
—Devuélvelo —cortó Dante.
—Pero patrón, este departamento está que se cae, con perdón. Usted no tiene por qué vivir…
—Que lo devuelvas.
Beto suspiró, resignado, y al pasar frente a la puerta abierta del departamento de Dante —donde en la penumbra se alcanzaba a ver, sobre una repisa, un retrato enmarcado de una mujer—, el hombrón se detuvo, se quitó la gorra y bajó la cabeza un momento, en un saludo breve y silencioso, antes de seguir cargando la caja escaleras abajo.
Camila lo vio todo desde su puerta y no entendió nada. ¿Por qué el grandote baja la cabeza al pasar frente a la foto? ¿Y por qué mi vecino pobre rechaza muebles finos que alguien le regala? Pero estaba demasiado cansada para pensarlo. Se despidió con un gesto y se encerró.
Adentro, su departamento era una sola pieza estrecha: una cama, una mesita, una parrilla eléctrica, la ropa colgada de un tubo. Se dejó caer en la cama sin quitarse los zapatos y, por un momento, dejó que le doliera todo lo que llevaba callado.
Su historia cabía en pocas líneas y todas pesaban. Un padre que se fue con otra cuando ella era niña. Un divorcio que dejó a su madre amargada y a Bruno consentido hasta la ruina. Treinta y seis horas de autobús desde su pueblo del sur hasta Ciudad Bravo, con una maleta y una beca a medias, para estudiar en la Universidad Central. Y las noches en el Zafiro para pagar lo que la beca no cubría, y lo que Bruno perdía en el juego.
Se llevó la mano al costado derecho del vientre. Ahí, desde hacía semanas, le venía y le iba un dolor sordo, una punzada que aparecía sin avisar y se apagaba sola. No le había hecho caso. No tenía tiempo ni dinero para hacerle caso. "Ya se me pasará", se decía cada vez. Esa noche también se lo dijo, y se durmió con la mano puesta ahí.
A la mañana siguiente, en la Universidad Central, la esperaba la humillación.
En el tablón de avisos del pasillo principal, junto a los horarios de exámenes, alguien había clavado una foto impresa: era ella, con un disfraz llamativo, repartiendo volantes en la calle un fin de semana para ganarse unos pesos extra. Alrededor de la foto habían escrito cosas. La palabra "fichera" se repetía en varias letras distintas.
Para cuando Camila llegó, media facultad ya la había visto.
En el comedor, Regina Ávalos —una compañera de esas que nacieron sin que les faltara nada y no lo perdonan— alzó la voz para que todos oyeran:
—¡Ay, pero si es la del tablón! —Se rió, y sus amigas con ella—. Oye, ¿es cierto que andas con Pato Cházaro? Con razón traes ropa nueva. Ya entendimos de dónde sacas para tus lujos. —Miró de arriba abajo el suéter gastado de Camila—. Digo, para tus "lujos".
Fernanda Ochoa, la única amiga de verdad que Camila tenía en la facultad, se levantó de golpe, roja de coraje, dispuesta a contestarles. Camila la detuvo con la mano en el hombro.
—Déjalas —le dijo, en voz baja pero firme—. El que se sostiene solo no necesita que nadie le crea.
Recogió su charola, alzó la barbilla y cruzó el comedor entero bajo las miradas, sin apurar el paso, sin agachar la cabeza. Por dentro le ardía todo. Por fuera, ni un temblor. Había aprendido, desde muy chica, que llorar frente a la gente solo les daba de comer.
—¿Por qué no les dijiste nada? —le reclamó Fernanda después, alcanzándola en el pasillo, todavía indignada—. ¡Es mentira todo! ¡Tú no andas con Pato Cházaro ni con nadie! Repartir volantes no tiene nada de malo, trabajas, ¿y qué?
—Porque a la gente como Regina no le importa la verdad, Fer —dijo Camila, cansada—. Le importa tener a alguien abajo. Si me pongo a pelear, gano una semana de chisme. Si no le doy cuerda, se aburre y busca a otra. —Se acomodó la mochila—. Además, no tengo tiempo. Tengo examen el jueves y turno esta noche.
Fernanda la miró y sacudió la cabeza, entre la admiración y la lástima. No conocía a nadie tan joven que estuviera tan cansado.
El dolor del costado volvió a picarle a media tarde, en plena clase. Una punzada honda, del lado derecho, que le cortó la respiración un segundo. Se dobló disimuladamente sobre el pupitre, apretó los dientes, esperó. Como siempre, se fue apagando solo. Se prometió, como siempre, que un día de estos iría al doctor. Y supo, como siempre, que no iría: una consulta costaba lo que costaba mandarle a su madre, y su madre siempre iba primero. Se lo aguantó.
Esa noche, en el Zafiro, cuando ya casi todos se habían ido y el club respiraba despacio, Camila aprovechó la calma para meterse al cuarto de servicio del fondo —un cuartito con una mesa vieja y un foco débil— a adelantar tarea de la facultad. Tenía un examen y no pensaba reprobar por culpa de Regina Ávalos ni de nadie.
Estaba inclinada sobre los apuntes, mordiendo el lápiz, cuando la puerta se abrió.
Entró un hombre. Camila alzó la vista, esperando a doña Lupe, y se encontró con su vecino. Solo que no venía vestido de mesero. Venía de negro, con una camisa cara, y algo en el modo en que ocupaba la puerta —como si el club entero fuera suyo— la hizo enderezarse.
Corrió el rumor esos días de que el Zafiro tenía "nuevo dueño", que andaba recorriendo el local para inspeccionarlo. Camila ató cabos a medias: tal vez su vecino había conseguido chamba mejor, de encargado o algo así, y andaba haciendo la ronda. Le dio gusto por él.
—¿Ya te ascendieron? —le preguntó, sonriendo, cerrando el cuaderno—. ¿Andas de inspección?
Dante la miró. Miró la mesa demasiado baja, el foco demasiado débil, los apuntes, la cara cansada de la muchacha estudiando a la una de la mañana después de cargar charolas toda la noche.
—Estudiar es cosa de la escuela —dijo—. No de aquí.