Mei es una joven china, dulce, inteligente y aparentemente ingenua, que viaja a Europa para estudiar y acompañar a su mejor amiga, Sofia. Sin embargo, detrás de su sonrisa cálida y sus modales impecables, Mei esconde un espíritu de guerrera indomable, forjado bajo una estricta disciplina familiar de artes marciales y superación personal.
Su vida se complica cuando conoce al hermano mayor de Sofia, Adrian, un frío, arrogante y desconfiado empresario europeo que le dobla la edad. Incapaz de admitir la atracción inmediata y arrolladora que siente por ella, Adrian la trata con dureza y distancia, intentando convencerse de que solo es una niña caprichosa.
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Capítulo 4: La primera grieta en la armadura
La mañana posterior a la gala benéfica comenzó con una calma engañosa. La llovizna persistente de los días anteriores había dado tregua a un sol pálido que se filtraba tímidamente entre las nubes, iluminando los amplios ventanales de la biblioteca de la mansión Vance. Sin embargo, en el interior del imponente despacho de Adrian, la atmósfera distaba mucho de ser pacífica.
Adrian se encontraba de pie tras su escritorio de caoba, con las manos apoyadas sobre la madera noble y la mirada fija en una serie de informes de seguridad que, por primera vez en años, era incapaz de concentrarse en leer. Cada vez que intentaba analizar las métricas de riesgo de su sucursal en el extranjero, la imagen de Mei en la terraza del hotel The Savoy, luciendo aquel vestido azul noche y sonriéndole al diplomático con esa aparente ingenuidad, se interponía en sus pensamientos como un virus informático persistente.
Para un hombre que había construido su vida y su reputación sobre el control absoluto de sus emociones y de su entorno, aquella falta de enfoque era inaceptable. Era una debilidad. Y Adrian Vance no toleraba la debilidad, mucho menos en sí mismo.
—Señor Vance —la voz suave e impecable de su ama de llaves, la señora Gable, interrumpió su monólogo interno desde el umbral de la puerta—. La señorita Zhang se encuentra en el salón de té. Ha recibido un obsequio y... bueno, consideré que debía informarle, dado su pedido de supervisar las entregas a la propiedad.
Adrian se enderezó de inmediato. Su mandíbula se tensó.
—¿Un obsequio? ¿De parte de quién?
—La tarjeta lleva el sello de la embajada, señor —respondió la mujer con cautela—. Es del señor Julian Sterling.
Un frío glacial recorrió la columna de Adrian. Sin meditarlo un solo segundo, cruzó el despacho con pasos largos y firmes, dejando atrás sus informes y su preciada autodisciplina. Cruzó el pasillo principal con la determinación de un general en vísperas de una batalla, guiado por un impulso posesivo que se negaba a etiquetar como celos.
Cuando llegó al salón de té, una estancia de estilo georgiano decorada en tonos pastel y muebles lacados en blanco, se detuvo bajo el arco de la entrada.
Mei estaba sentada junto al ventanal, bañada por la suave luz de la mañana. Llevaba un vestido sencillo de lino color crema de cuello Mao y el cabello recogido a medias con un delicado pasador de madera. Sobre la mesa auxiliar de cristal, descansaba un espectacular e imponente ramo de peonías blancas y rosas pálidas, flores que eran sumamente difíciles de conseguir en esa época del año en Londres. Al lado del jarrón improvisado que una de las doncellas había traído, Mei sostenía una pequeña tarjeta de papel de hilo con bordes dorados.
—Veo que tu admirador no pierde el tiempo —dijo Adrian. Su voz, profunda y áspera, cortó el silencio del salón como un latigazo.
Mei no se sobresaltó. Levantó la vista despacio, con esa calma imperturbable que a él tanto le irritaba y le fascinaba a la vez. Sus ojos oscuros y limpios se encontraron con los de él sin una sola pizca de culpa o timidez.
—Buenos días, señor Vance —saludó ella, colocando la tarjeta sobre la mesa con delicadeza—. Sí, Julian ha sido muy detallista. Es un gesto de cortesía muy común en la diplomacia, según me ha explicado en su nota.
Adrian dio varios pasos hacia el interior de la habitación, acortando la distancia física y proyectando su imponente figura sobre ella. Su lenguaje corporal era agresivo, una táctica de intimidación física que utilizaba con sus rivales de negocios, pero que con Mei parecía rebotar contra un muro invisible.
—En la diplomacia europea, señorita Zhang, un ramo de ese tamaño y coste enviado a la residencia privada de una joven soltera no es "cortesía". Es una declaración de intenciones —sentenció Adrian, clavando sus ojos grises en los de ella—. Y te aseguro que las intenciones de Julian Sterling no tienen nada que ver con el protocolo internacional.
Mei inclinó levemente la cabeza, observándolo con una curiosidad analítica.
—Parece conocer muy bien las intenciones de los demás, señor Vance. ¿O es que simplemente prefiere asumir lo peor de todo el mundo?
La respuesta, directa y libre de cualquier sumisión, hizo que Adrian apretara los dientes. Dio un paso más, quedando a escasos centímetros de la mesa que los separaba.
—Asumo lo peor porque mi trabajo es evitar que lo peor suceda —replicó él, bajando el tono de su voz a un susurro rudo—. Estás bajo mi responsabilidad. Eres la mejor amiga de mi hermana, una estudiante extranjera que apenas conoce los códigos de esta ciudad. Mi deber es protegerte de hombres como él, que solo ven en tu aspecto dulce e ingenuo un trofeo fácil para entretenerse un par de semanas antes de aburrirse y pasar a la siguiente.
Mei se levantó de la silla con una parsimonia exquisita. Al ponerse de pie, la diferencia de estatura seguía siendo abismal, pero la fijeza de su postura y la firmeza de sus hombros eliminaron cualquier sensación de vulnerabilidad.
—¿Proteger la reputación de su familia, o proteger a la "amiga de su hermana"? —preguntó Mei, con una voz tan suave que contrastaba violentamente con la tensión del ambiente—. Es una excusa muy conveniente, señor Vance. Pero me pregunto si realmente cree que soy tan tonta como para no darme cuenta de lo que está haciendo.
Adrian sintió que la primera grieta real se abría en su armadura de frialdad. Su pulso se aceleró de un modo que no pudo controlar.
—¿Qué se supone que estoy haciendo, según tu vasta experiencia? —desafió él, con una sonrisa cínica que ocultaba su creciente agitación.
—Está usando su autoridad para controlar mi vida social bajo el pretexto de una supuesta fragilidad que usted mismo ha inventado sobre mí —dijo Mei, dando un paso alrededor de la mesa para quedar frente a él, sin ningún obstáculo de por medio—. Me trata como a una niña sumisa que necesita ser guiada y custodiada. Me juzga por mi apariencia, por mi juventud y por mi cortesía. Pero se equivoca, señor Vance. Se equivoca profundamente.
—¿Ah, sí? —Adrian soltó una risa seca, aunque por dentro su autocontrol se estaba desmoronando ante la cercanía de su mirada y el sutil aroma a jazmín y té verde que emanaba de ella—. ¿Y qué se supone que debo ver? ¿A una guerrera mística? Ayer en la gala parecías una muñeca de porcelana que se habría quebrado si alguien te hubiera hablado un poco más fuerte de la cuenta. Julian te trató como a una reina de cristal, y tú te dejaste halagar como tal.
Los ojos de Mei se entrecerraron ligeramente. Por primera vez, Adrian vio una chispa de fuego real en el fondo de sus pupilas oscuras. Ya no era la mirada pacífica del loto; era la mirada afilada del acero pulido.
—La cortesía no es sumisión, señor Vance. Y la dulzura no es debilidad —dijo Mei, y en su voz ya no había rastro de timidez juvenil. Era una voz firme, segura, con el peso de una persona que sabía perfectamente quién era—. Si me dejé halagar, como usted dice, fue por mera educación. Sé exactamente quién es Julian Sterling. Sé que es un hombre que usa su encanto como una herramienta de negociación, y sé leer detrás de sus palabras mucho mejor de lo que usted cree. Pero el hecho de que yo decida ser educada con él no le da a usted el derecho de decidir con quién puedo o no hablar.
—Tengo todo el derecho del mundo mientras vivas bajo mi techo y pongas en riesgo la tranquilidad de esta casa —bramó Adrian, perdiendo por completo la compostura. El control que tanto defendía se había esfumado, reemplazado por una tormenta de frustración y un deseo posesivo que lo consumía—. Julian es un peligro para ti. No tienes la menor idea de lo que un hombre de su posición puede hacer con alguien tan... tan inocente.
—¿Inocente? —Mei esbozó una sonrisa que no tenía nada de ingenua. Era una sonrisa fría, inteligente y sumamente retadora—. Usted sigue usando esa palabra. Creo que necesita una demostración de que su "protección" no solo es innecesaria, sino ridícula.
Antes de que Adrian pudiera procesar sus palabras o reaccionar, Mei se movió.
Su movimiento fue tan rápido y fluido que para el ojo humano normal habría sido un borrón de seda crema. Mei dio un paso lateral, anulando el espacio de seguridad de Adrian, y con una velocidad asombrosa, colocó su mano derecha en un ángulo preciso justo debajo de la barbilla de él, mientras que su pie izquierdo se posicionaba detrás del talón de Adrian, bloqueando su punto de apoyo. Al mismo tiempo, su mano izquierda presionó un punto de presión específico en la muñeca de Adrian, anulando instantáneamente la fuerza de su brazo derecho.
En menos de un segundo, el imponente CEO de la firma de seguridad más importante de la región, un hombre entrenado en tácticas de combate militar y defensa personal avanzada, se encontró completamente inmovilizado, con su centro de gravedad comprometido y a un milímetro de ser proyectado contra el suelo del salón de té por una joven de veinte años que apenas le llegaba al pecho.
Adrian se congeló. Su respiración se detuvo por completo. La proximidad física era abrumadora: podía sentir el calor del cuerpo de Mei, el roce sutil de su mano contra su cuello y la absoluta firmeza de su agarre. No había temblor en las manos de ella. Su postura era tan sólida como una montaña de granito.
—Si yo fuera su enemiga, señor Vance —susurró Mei, con el rostro a escasos centímetros del suyo, sosteniendo su mirada gris con una intensidad que le robó el aliento—, en este momento usted ya no tendría control sobre su propia respiración. No confunda mi paciencia con incapacidad de defenderme. No soy una niña sumisa. No necesito que me proteja de Julian, ni de nadie más. Y, sobre todo, no necesito que me vigile.
Adrian la miró, con los ojos abiertos por una mezcla de shock, incredulidad y una oleada de adrenalina pura que le aceleró el corazón a mil por hora. El dolor sutil en su muñeca por el punto de presión y la perfecta ejecución técnica de la palanca de derribo le confirmaron lo que había sospechado la mañana anterior en el jardín: Mei era una fuerza de la naturaleza. Una guerrera oculta tras una máscara de seda.
Pero más allá de la sorpresa técnica, lo que realmente lo desarmó fue la electricidad que corría entre ambos en ese instante de contacto físico forzado. Sus labios estaban tan cerca que podía sentir el calor de su respiración. La vulnerabilidad de estar a su merced, combinada con la innegable belleza de su rostro concentrado y fiero, destruyó la última muralla de su arrogancia.
La primera gran grieta en su armadura se había abierto, y ya no había forma de cerrarla.
Despacio, Mei aflojó la presión de sus manos y retrocedió un paso, recuperando su postura erguida y su habitual expresión de serenidad educada, como si nada hubiera pasado. Alisó su vestido de lino con un gesto casual.
Adrian exhaló un suspiro tembloroso, recuperando su equilibrio físico, aunque su equilibrio mental tardaría mucho más en sanar. Se frotó la muñeca de manera refleja, mirándola con una intensidad que ahora mezclaba el respeto, el desconcierto y un deseo ardiente que ya no podía ocultar bajo la etiqueta de la "seguridad".
—¿Dónde... dónde aprendiste eso? —preguntó Adrian, con la voz ligeramente más ronca de lo habitual.
—Mi abuelo fue el maestro principal del estilo Wing Chun en nuestra provincia —respondió Mei con total naturalidad—. Me entrenó desde que tenía cinco años. También tengo estudios en anatomía y puntos de presión corporal. Así que, como ve, señor Vance, sé perfectamente cómo cuidar de mí misma en cualquier situación. Los hombres como Julian o cualquier otro peligro de esta ciudad no son un problema para mí.
Adrian guardó silencio durante unos largos segundos. Se pasó una mano por el cabello, tratando de asimilar la información y el torbellino de emociones que amenazaba con desbordarlo. La arrogancia que había mostrado minutos antes ahora se sentía completamente fuera de lugar, casi infantil frente a la madurez y la destreza de la joven.
—Debiste decírmelo —dijo finalmente Adrian, con un tono que ya no tenía la frialdad del principio, sino una sutil y profunda nota de derrota—. Si hubiera sabido...
—Si me lo hubiera preguntado en lugar de juzgarme por mi apariencia, se lo habría dicho —le interrumpió Mei, con una suavidad que dolió más que cualquier golpe—. Pero usted prefirió asumir que yo era solo una distracción ingenua. Prefirió tratarme con prepotencia para ocultar que, en realidad, le incomoda mi presencia aquí.
Adrian dio un paso hacia atrás, sintiéndose expuesto de una manera que odiaba. La agudeza mental de Mei para leer sus motivos ocultos era tan letal como sus movimientos de artes marciales.
—No me incomodas —mintió él, aunque su voz carecía de la convicción de antes.
—Sí lo hago, señor Vance —replicó Mei, acercándose a la mesa para tomar de nuevo su taza de té—. Le incomodo porque no puede controlarme. Y le incomodo porque, a pesar de toda su arrogancia y su desconfianza, usted sabe que lo que siente cuando me mira no tiene nada que ver con la seguridad de su hermana.
Aquellas palabras cayeron en el salón como una bomba de tiempo. Adrian sintió que el aire se volvía denso una vez más. Quiso replicar, quiso sacar su habitual discurso de superioridad y recordarle las reglas de la casa, pero al mirar sus ojos oscuros, sabios y profundos, se dio cuenta de que cualquier mentira sería inútil. Ella lo veía tal y como era, desprovisto de sus títulos, de su dinero y de su armadura de frialdad.
—Tengo una reunión que atender —declaró Adrian abruptamente, recurriendo a la única retirada digna que le quedaba—. No obstante... lo que pasó aquí queda entre nosotros. No quiero que mi hermana se entere de tus... habilidades. Ya tiene suficientes ideas locas en la cabeza.
—Su secreto está a salvo conmigo, señor Vance —respondió Mei con una sutil inclinación de cabeza y una sonrisa dulce, la misma que ahora Adrian sabía que era el preludio de una tormenta—. Que tenga un buen día.
Adrian no respondió. Dio media vuelta y salió del salón de té con pasos rápidos, sintiendo que el suelo bajo sus pies ya no era tan firme como antes. Al cruzar el pasillo, se miró la muñeca, donde aún sentía el calor de los dedos de Mei. Una sonrisa involuntaria, tensa pero innegable, se dibujó en su rostro.
Por primera vez en su vida, Adrian Vance había encontrado a alguien capaz de poner su mundo de cabeza. Y lo peor de todo, es que no tenía la menor intención de alejarse de ella.