Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...
NovelToon tiene autorización de Margalo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 13: la advertencia
Cerraron la puerta del despacho de Alexa con doble giro de llave, como si fuera necesario aislarlas del resto del mundo para hablar de ese tema. El aire acondicionado zumbaba suavemente en las paredes, pero el silencio que quedó entre las dos fue mucho más pesado. Alexa se sentó despacio sobre el borde del escritorio de caoba, cruzó los brazos sobre el pecho y miró a Elisa fijamente, con esa expresión seria que ya le conocía, pero esta vez mezclada con una preocupación genuina que no fingía en absoluto.
—Si te he pedido que entremos aquí y cerremos es porque no quiero que nadie más escuche lo que te voy a decir —empezó con voz baja y clara, sin darle vueltas ni rodeos—. Te he visto cómo te miraba Esteban en el pasillo, he visto cómo se acercaba, cómo te hablaba y cómo te rozó la mano antes de darte ese beso en la mejilla. Y quiero que te quede algo muy claro desde este instante: no te confíes ni un segundo en él. Es el peor mujeriego que ha pasado por esta empresa en todos los años que llevo aquí. Y te lo juro por lo que quieras: incluso es mucho más frío, más calculador y más dañino que Marco.
Elisa abrió mucho los ojos, y dio un paso atrás hasta apoyarse en una silla, como si las palabras la hubieran empujado físicamente.
—¿Más que Marco? —repitió, sorprendida de verdad—. Pero… Marco es intenso, es posesivo, sé que tiene sus maneras, pero nunca se ha escondido de lo que quiere. Me ha dicho siempre las cosas a la cara. Y Esteban… parecía tan tranquilo, tan suave al hablar, tan respetuoso. No me imaginé que pudiera ser peor.
—Esa es precisamente su mayor trampa —suspiró Alexa, y movió la cabeza con desdén—. Con Marco sabes desde el primer momento que juegas con fuego. Él no te disfraza sus intenciones, no te hace creer que eres el amor de su vida si no lo eres. Pero Esteban… él es un maestro en el arte de engañar. Se pone increíblemente romántico, hasta el punto de darte vergüenza ajena por lo bien que lo hace. Te manda ramos enteros de rosas rojas todos los días sin motivo aparente, te escribe cartas a mano con frases que parecen sacadas de las mejores novelas, te susurra al oído que eres la primera mujer que le ha hecho latir el corazón así, que ha pasado años buscándote sin saberlo, que no puede imaginar su futuro sin ti. Lo dice con los ojos brillantes, con la voz temblorosa, con tanta seguridad que cualquiera, incluso la más desconfiada, se lo creería al pie de la letra. Pero no es más que un guion que se sabe de memoria y que usa con cada mujer que se le cruza por delante y le llama la atención.
Hizo una pausa larga, miró hacia la puerta como si temiera que alguien estuviera escuchando al otro lado, y luego continuó con un tono que se le quebró un poco por la rabia:
—Pero lo que hizo hace apenas ocho meses es algo que nadie, por muy malo que sea, se atrevería a hacer. Se iba a casar. La boda estaba planeada hasta el último detalle: la iglesia más grande y elegante de la ciudad, el salón de fiestas decorado con flores blancas y luces de cristal, más de trescientos invitados entre familiares y amigos de ambos lados, el vestido de la novia bordado a mano durante meses, el viaje de novios reservado en una isla privada… todo listo, todo pagado, todo esperando solo a que él apareciera. Y él nunca llegó.
Elisa se llevó ambas manos a la boca, y sintió que se le helaba la sangre en las venas.
—¿No se presentó? —susurró—. ¿Ni siquiera mandó un mensaje? ¿Ni una llamada? ¿Nada?
—Nada —respondió Alexa con sequedad—. La pobre chica estuvo allí, de pie en el altar, con el velo cubriéndole la cara, esperándolo más de una hora. El sacerdote ya no sabía qué decir, los invitados empezaron a murmurar, sus padres lloraban de la vergüenza y la desesperación. Y él no apareció. Nadie sabía dónde estaba, nadie tenía noticias suyas hasta pasadas las cuatro de la tarde. Y lo más cruel, lo más doloroso de todo, fue la razón por la que no vino.
Bajó aún más la voz, como si contara un secreto que manchaba a todos los que lo oían:
—Horas después, una mujer que había estado con él la noche anterior le llamó por teléfono a la novia. Estaba muy arrepentida, dijo que no podía guardarse el secreto más tiempo, y le confesó todo: Esteban había ido a su casa la noche antes de la boda, se quedaron juntos hasta casi el mediodía siguiente, se le olvidó por completo que tenía que casarse, y cuando se lo recordó ella, se encogió de hombros y dijo que “ya se arreglaría de alguna manera”. Le contó cada detalle: lo que habían hecho, lo que él le había dicho a ella, que le había prometido que pronto estarían juntos sin tener que esconderse. La novia se quedó helada, y luego tuvo que salir al púlpito y contárselo a todos los invitados, destrozada, con el corazón hecho pedazos.
Elisa sintió náuseas solo de imaginarlo.
—Es horrible —dijo con voz temblorosa—. No puedo creer que alguien sea capaz de tanto daño. ¿Y él qué hizo cuando se enteró de que todo el mundo lo sabía? ¿Se disculpó? ¿Intentó explicar algo?
—¿Disculparse? —rio Alexa con amargura—. Ni lo soñó. Cuando por fin lo localizaron, estaba en su casa, viendo la televisión, como si nada hubiera pasado. Cuando le preguntaron por qué no había ido, dijo que “se había aburrido de la idea”, que la chica “se había ilusionado demasiado rápido”, que él nunca le había prometido que fuera para siempre. Dijo que la culpa era de ella por confiar en sus palabras sin pedirle un contrato por escrito. Es tan sinvergüenza, tiene la conciencia tan limpia de maldad, que no le importó en absoluto lo que pensaran sus padres, sus amigos, la gente que lo ha visto crecer. Sigue caminando por aquí como si fuera el hombre más perfecto del mundo, coqueteando con quien se le ponga enfrente, sin que le tiemble el pulso.
Elisa se quedó callada mucho rato, repasando cada palabra, recordando la sonrisa amable de Esteban, su voz suave, la forma en que la había mirado como si ella fuera lo único que le importara en ese momento. Ahora entendió todo: esa dulzura era solo una máscara para ocultar lo patán y cruel que era por dentro.
—Gracias por decírmelo —dijo al final, mirando a Alexa con sinceridad absoluta—. De verdad, no sabes cuánto te agradezco que me hayas abierto los ojos. Ya veo perfectamente quién es. Por muy guapo que esté, por muy bien que sepa hablar y por muchas promesas bonitas que intente decirme, no voy a caer en sus juegos. No voy a permitir que me haga daño, ni que me confunda como ha hecho con tantas otras. Sé de qué pie cojea, y no se me va a acercar más de lo estrictamente necesario por el trabajo.
Alexa asintió satisfecha, y le dio una palmadita suave en el hombro.
—Eso espero —dijo—. Porque aquí dentro hay suficientes peligros sin buscarse uno por fuera.