sinopsis de La CEO de Cristal:
La traición: Salma, una CEO exitosa y poderosa, ve su mundo perfecto colapsar cuando descubre un enredo amoroso entre su prometido, Mauricio, y su mejor amiga, Rebeca.
La transformación: Tras este duro golpe, Salma se convierte en una mujer fría, calculadora y distante, levantando una armadura de hielo para protegerse y enfocándose por completo en su imperio corporativo.
El nuevo camino: En su proceso de reinventarse, Salma se cruza con Malik, un hombre reservado y de noble corazón que desafiará su frialdad, mientras enfrenta las intrigas de la prepotente madre de este, Soraya.
El gran secreto: Más allá de las traiciones y el nuevo romance, el verdadero vuelco de la historia ocurrirá cuando salga a la luz el mayor misterio de su vida: Salma no sabe que es adoptada, un secreto que sus tíos Clara y Fernando han guardado por amor.
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Capítulo 12: Secretos bajo llave y nuevastormentas
Los meses posteriores al escándalo catedralicio transcurrieron como un bálsamo de trabajo implacable para Salma Varela. Con la frialdad de una estratega que ha superado el luto, volcó toda su energía en expandir *Corporativos Varela*, haciendo crecer su imperio corporativo hasta convertirlo en un referente indiscutible del mercado internacional. No había espacio para la debilidad ni para los recuerdos; su vida era un engranaje perfecto de éxito, poder y absoluta independencia.
A pocos kilómetros de distancia, sin embargo, el mundo de Rebeca Jiménez se desmoronaba en una espiral de locura y encierro. Al ver el estado mental tan alterado, errático y obsesivo de su hija tras el colapso de la boda, Carlos y Aurora Jiménez decidieron intervenir de emergencia y la llevaron con un especialista. Tras varias sesiones de evaluación profunda, el psiquiatra confirmó un diagnóstico devastador: Rebeca padecía un trastorno de personalidad múltiple, exacerbado por sus profundos complejos de inferioridad, celos patológicos y una desconexión severa con la realidad.
La situación en la mansión de los Goncalves no era menos dantesca. Ciego de rabia por la ruina financiera y la humillación pública que su hijo había provocado, Rodolfo Goncalves había tomado una medida tan tiránica como cruel. Encerró a Mauricio bajo llave en un oscuro cuarto de servicio en el sótano durante tres meses enteros. En ese calabozo improvisado, Rodolfo lo sometió a castigos físicos implacables, azotándolo con un látigo como si se tratara de una bestia indomable. La furia del patriarca también descargó sobre Alicia, a quien culpaba directamente de haber criado a un hijo débil, cobarde e inútil, convirtiendo la casa en un infierno de gritos y castigos constantes.
En medio de ese caos, Rebeca comenzó a experimentar mareos repentinos y malestares físicos que la llevaron a realizarse una prueba médica. La noticia cayó como una bomba: estaba embarazada de 13 semanas, y el hijo que esperaba era de Mauricio Goncalves. Desesperada por encontrarlo, acudió a buscarlo a su casa, pero se topó con las puertas cerradas y la fría negativa de Rodolfo, quien le mintió descaradamente asegurándole que Mauricio había abandonado el país para escapar de la ruina.
Fueron necesarios días de insistencia, gritos y el desgaste de la propia salud mental de Rebeca para que Rodolfo, finalmente cediendo a la presión y viendo que su hijo estaba al borde del colapso físico, decidiera liberar tanto a Mauricio como a Alicia de su cautiverio en el sótano, dejándolos salir con el cuerpo marcado por las cicatrices del látigo y el alma completamente destruida.
Unas semanas después de aquel reencuentro forzado, Rebeca caminaba por el pasillo principal de la mansión Jiménez cuando el sonido de unas voces ahogadas provenientes del despacho de sus padres la detuvo en seco. Intrigada, se asomó por la rendija de la puerta entreabierta y vio a Carlos y Aurora discutiendo con profunda preocupación.
—Ya no podemos seguir permitiendo esto, Aurora —decía Carlos Jiménez con la voz tensa, frotándose las sienes con desesperación—. Tenemos que hablar con Fernando y con Clara para que ya no le sigan ocultando la verdad a Salma. Ellos deben de decirle de una vez por todas que no son sus verdaderos padres. Ya basta de esta mentira; no queremos que siga creciendo y termine dañando todavía más a nuestros amigos y la relación que tienen con Salma.
Al escuchar esas palabras, el cerebro de Rebeca dio un vuelco absoluto. Su respiración se detuvo por un segundo, y entonces, sobre su rostro demacrado y marcado por el desequilibrio, se dibujó lentamente una sonrisa maligna, oscura y retorcida. La revelación de que Clara y Fernando no eran sus verdaderos padres, sino quienes le habían guardado el secreto durante toda su vida, abría ante ella un abismo de posibilidades para destruirla por completo.
El destino parecía juguetear con las desgracias, pues justo ese mismo día, con la noticia del embarazo latiéndole en el vientre como una bomba de tiempo, Rebeca había decidido que era el momento perfecto para enfrentar a sus padres y confesarles que esperaba un hijo del hombre que había arruinado sus vidas.