Valentina Mena es una mujer fuerte e independiente que nunca se ha dejado dominar por nadie. Matteo De Luca, líder de un poderoso imperio mafioso, está acostumbrado a obtener todo lo que quiere. Cuando sus caminos se cruzan, nace una atracción peligrosa que los llevará a enfrentarse entre el amor, el poder y la traición.
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La verdad y el primer beso.
La tensión en la casa Mena llevaba días acumulándose como una tormenta silenciosa. Nadie lo decía en voz alta, pero todos parecían sentirlo. Isabel estaba más callada de lo habitual. Sofía observaba cada uno de sus movimientos con una atención casi obsesiva. Y Valentina apenas lograba concentrarse en otra cosa que no fueran las preguntas que seguían multiplicándose dentro de su cabeza. Cuanto más avanzaba la investigación de Matteo, más evidente resultaba que Gabriel Mena había ocultado una parte importante de su vida. O tal vez alguien se había encargado de ocultarla por él.
Aquella tarde, al regresar del trabajo, Valentina encontró a su madre sentada en la sala. No estaba leyendo. No estaba viendo televisión. Simplemente permanecía allí, inmóvil, con las manos entrelazadas sobre el regazo. Fue la primera vez en muchos años que la vio parecer vulnerable.
—Mamá.
Isabel levantó la vista.
—¿Sofía ya llegó?
La pregunta la sorprendió.
—Debe estar por llegar.
Isabel asintió lentamente.
—Quiero hablar con ustedes.
El corazón de Valentina se aceleró.
Porque supo inmediatamente de qué se trataba.
Menos de veinte minutos después, las tres estaban sentadas en la sala. El ambiente era extraño. Sofía parecía tan nerviosa como ella. Isabel guardó silencio durante varios segundos antes de comenzar a hablar.
—Les debo una explicación.
Ninguna la interrumpió.
—Durante años pensé que estaba haciendo lo correcto. Creí que si guardaba silencio las protegería.
—¿Protegernos de qué? —preguntó Sofía.
Los ojos de Isabel se llenaron de tristeza.
—De la verdad.
Valentina sintió cómo el estómago se le contraía.
—Sí conocí a los Ricci.
La confesión cayó sobre la habitación como una bomba.
Sofía inhaló bruscamente.
Valentina permaneció inmóvil.
Porque una parte de ella ya lo sabía.
Pero escucharlo era diferente.
Escucharlo lo volvía real.
—Su padre trabajó con ellos hace muchos años. No con Lorenzo al principio. Con Alessandro. Eran socios. Amigos incluso. Durante un tiempo todo parecía normal. Gabriel confiaba en él. Creía que estaban construyendo algo importante.
Isabel bajó la mirada.
—Pero después descubrió cosas que no debía descubrir.
—¿Qué cosas? —preguntó Valentina.
—Nunca me contó todo. Creo que intentaba protegerme. Lo único que sé es que empezó a cambiar. Se volvió desconfiado. Nervioso. Siempre estaba mirando por encima del hombro. Empezó a guardar documentos fuera de casa y a hacer llamadas que nunca explicaba.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—Unas semanas antes de morir me dijo algo que jamás olvidé.
El silencio se hizo absoluto.
—Me dijo que si algún día le ocurría algo, no creyera todo lo que me contaran.
Valentina sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
—¿Entonces nunca creíste que fuera un accidente?
Isabel cerró los ojos.
—No.
La respuesta llegó sin vacilar.
—Nunca.
La palabra pareció romper algo dentro de Valentina.
Porque durante años había aceptado aquella versión como una verdad absoluta.
Y ahora descubría que su propia madre jamás la había creído.
—¿Por qué no nos dijiste nada?
La pregunta salió cargada de dolor.
—Porque tenía miedo.
Isabel ya no intentaba contener las lágrimas.
—Porque ustedes eran pequeñas. Porque no sabía quién estaba involucrado. Porque pensé que si guardaba silencio el peligro desaparecería.
—¿Y desapareció? —preguntó Sofía.
Isabel negó lentamente.
—No.
Aquella única palabra resumía diez años de culpa.
La conversación continuó durante más de una hora. Isabel respondió todo lo que pudo. No tenía todas las respuestas. Había cosas que Gabriel jamás le contó. Pero por primera vez el misterio comenzaba a tomar forma.
Cuando finalmente terminó, Valentina sentía que apenas podía respirar.
Necesitaba salir.
Necesitaba pensar.
Necesitaba alejarse de aquellas paredes.
Y sin siquiera detenerse a analizarlo, tomó su teléfono.
Marcó un número.
—¿Valentina?
La voz de Matteo produjo un efecto inmediato.
—¿Estás ocupado?
—No.
Hubo una breve pausa.
—¿Puedo verte?
La respuesta llegó tan rápido que la hizo cerrar los ojos.
—Siempre.
Una hora después, Matteo estaba frente a la puerta de su apartamento.
Su refugio.
El lugar que casi nadie conocía.
Cuando abrió, él comprendió inmediatamente lo importante que era aquella invitación.
Porque Valentina no dejaba entrar a cualquiera.
Y ambos lo sabían.
—Hola —dijo Matteo.
—Hola.
Por un instante permanecieron observándose en silencio.
Después ella se hizo a un lado.
—Pasa.
El apartamento era sencillo. Elegante. Tranquilo. Muy diferente a la imagen que muchos tenían de una empresaria como Valentina. Había libros. Plantas. Fotografías familiares. Una manta sobre el sofá.
Un hogar.
No una exhibición.
—Me gusta —dijo él.
—Sofía dice que parece escondite de criminal.
—Sofía tiene una imaginación preocupante.
Aquello consiguió arrancarle una pequeña sonrisa.
Y Matteo sintió algo de alivio.
Porque al verla entrar había comprendido inmediatamente que algo importante había ocurrido.
Se sentaron en la sala.
Y durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente fue ella quien rompió el silencio.
Le contó todo.
La conversación con Isabel.
La confesión.
El miedo.
Las sospechas.
Las lágrimas.
Todo.
Matteo escuchó sin interrumpirla una sola vez.
Y cuando terminó, el silencio volvió a instalarse entre ellos.
—Lo siento.
Valentina soltó una pequeña risa amarga.
—Últimamente escucho mucho eso.
—Porque últimamente te están cayendo demasiadas cosas encima.
Ella bajó la mirada.
—No sé qué hacer con todo esto.
Aquella confesión parecía más difícil que cualquier otra.
Porque Valentina siempre tenía respuestas.
Siempre tenía un plan.
Siempre sabía qué hacer.
Y aquella noche estaba perdida.
Matteo la observó durante varios segundos.
Luego habló.
—No tienes que resolverlo todo hoy.
—Ojalá fuera tan fácil.
—No lo es.
Y por primera vez desde que se conocieron, no había ironía ni desafío entre ellos.
Solo honestidad.
—Estoy cansada, Matteo.
Aquellas palabras parecieron costarle un enorme esfuerzo.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Ella levantó la vista.
Los ojos brillantes.
Vulnerables.
—Estoy cansada de ser fuerte todo el tiempo.
El corazón de Matteo se contrajo.
Porque aquella era probablemente la confesión más sincera que le había hecho.
—Valentina…
—Últimamente eres la única persona con la que siento que no tengo que fingir que estoy bien.
El silencio que siguió fue diferente.
Más profundo.
Más íntimo.
Matteo sintió cómo algo se movía dentro de él.
Algo que llevaba semanas intentando controlar.
Algo que estaba cansado de controlar.
Lentamente extendió la mano.
Y tomó la de ella.
Valentina no se apartó.
Ni siquiera lo intentó.
Sus dedos se entrelazaron de forma natural.
Como si siempre hubieran pertenecido allí.
Y durante unos segundos ninguno habló.
No hacía falta.
Porque ambos entendían perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Las miradas se encontraron.
Y permanecieron allí.
Sosteniéndose.
Sin huir.
Sin esconderse.
Sin excusas.
Matteo fue el primero en acercarse.
Solo un poco.
Lo suficiente para darle la oportunidad de alejarse.
Valentina no lo hizo.
Porque estaba cansada de luchar contra aquello.
Cansada de fingir que no sentía nada.
Cansada de ignorar lo evidente.
El beso llegó despacio.
Sin prisas.
Sin urgencia.
Y precisamente por eso resultó mucho más intenso.
Porque no nació del peligro.
Ni del miedo.
Ni de la necesidad.
Nació de la verdad.
De semanas de miradas.
De conversaciones.
De confianza.
De sentimientos que llevaban demasiado tiempo creciendo.
Cuando finalmente se separaron, ninguno dijo nada durante unos segundos.
Simplemente permanecieron allí.
Cerca.
Observándose.
Como si estuvieran intentando acostumbrarse a una realidad completamente nueva.
Entonces Matteo soltó una pequeña risa.
—Llevaba semanas intentando no hacer eso.
Valentina arqueó una ceja.
—¿Semanas?
—Estoy siendo optimista.
Ella terminó riendo por primera vez en días.
Una risa auténtica.
Ligera.
Y Matteo comprendió que haría cualquier cosa por volver a escucharla.
Cualquier cosa.
Sin embargo, ninguno de los dos sabía que, en ese mismo instante, alguien observaba una pantalla desde el otro extremo de la ciudad.
Lorenzo Ricci permanecía sentado en silencio mientras revisaba información recién llegada.
Su atención se detuvo en una sola línea.
Una dirección.
El apartamento de Valentina.
Durante varios segundos observó el documento.
Pensativo.
Luego cerró la carpeta lentamente.
Y sonrió.
Porque mientras Matteo y Valentina daban el primer paso hacia algo que ninguno podía seguir negando, él acababa de dar el primero hacia ellos.
Y esa diferencia pronto cambiaría las reglas del juego.
fuegos artificiales!!!!
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