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Que Dolor Me Da Quererte

Que Dolor Me Da Quererte

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.

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Capítulo 3: El sacrificio del citadino

La decisión estaba tomada. Sebastián Montenegro, el heredero de una de las familias más poderosas de la ciudad, había elegido el campo por encima de su vida de lujos. Pero la realidad de su promesa comenzó a golpearlo desde el primer día.

Don Justo no le dio tregua. Apenas amaneció, llamó a Sebastián a la puerta de su casa. El joven había dormido en una pequeña habitación que el viejo campesino había habilitado en el granero, un espacio lleno de polvo, telarañas y olor a heno seco. Sebastián se despertó con el lomo adolorido por la dureza del catre y el cuello torcido por una almohada que era más un saco de paja que otra cosa.

—Arriba, citadino —gritó don Justo desde afuera, golpeando la puerta de madera con el puño—. Aquí el sol no espera a nadie.

Sebastián se incorporó con esfuerzo. Se pasó la mano por el rostro, sintiendo la barba crecida y el cansancio acumulado. La noche anterior apenas había dormido; el canto de los grillos y el ulular de los búhos lo habían mantenido despierto, acostumbrado al silencio de la ciudad y al rumor lejano de los coches. Se puso la ropa que había traído, una camisa de lino y pantalones de algodón que su mayordomo le había empacado sin entender por qué su joven patrón quería vivir como un campesino.

Al salir, el sol lo cegó. El campo se extendía verde y dorado frente a él, y el olor a tierra mojada y estiércol le golpeó las fosas nasales. Tuvo que contener el reflejo de taparse la nariz. Lucía estaba junto al pozo, cepillando su largo cabello oscuro, y al verlo esbozó una sonrisa que le devolvió la fuerza.

—Buenos días, Sebastián —dijo ella, con voz suave—. ¿Dormiste bien?

—Como nunca —mintió él, devolviéndole la sonrisa—. El campo tiene un encanto especial para dormir.

Don Justo apareció con un azadón en la mano y se lo tendió a Sebastián sin contemplaciones.

—Toma. Hoy vas a aprender lo que es trabajar de verdad. Vamos al huerto de los frijoles. Hay que limpiar la maleza antes de que se sequen las matas.

Sebastián tomó el azadón, sintiendo el peso del metal y la madera. Nunca en su vida había sostenido una herramienta así. Su padre lo había criado para los negocios, para las reuniones en oficinas y las negociaciones millonarias. Jamás pensó que terminaría removiendo tierra bajo el sol abrasador.

—No te preocupes —susurró Lucía al pasar junto a él—. Yo te enseñaré.

Esa promesa fue lo único que lo sostuvo durante las horas siguientes.

El huerto de los frijoles estaba a media hora de camino, colina arriba. Don Justo caminaba con paso firme y rápido, mientras Sebastián lo seguía jadeando, sintiendo el sol golpearle la nuca y el sudor empapar su camisa. A su lado, Lucía caminaba en silencio, pero de vez en cuando le lanzaba miradas cómplices que le devolvían la esperanza.

Al llegar, el espectáculo fue abrumador. Hileras e hileras de plantas verdes se extendían bajo el cielo, y la maleza había crecido entre ellas, ahogando los tallos y robando el agua de la tierra. Don Justo señaló la primera fila y dijo:

—Empieza por aquí. Tienes que arrancar la maleza sin dañar las matas de frijol. Y tienes que hacerlo rápido, porque hoy hay mucho que hacer.

Sebastián se arrodilló en la tierra y clavó el azadón en el suelo. El golpe fue torpe y desigual; la herramienta rebotó y casi se le escapa de las manos. Don Justo soltó una risa seca.

—Así no, citadino. Tienes que hacer fuerza con la cintura, no con los brazos.

—Déjelo, papá —intervino Lucía—. Yo le enseño.

Don Justo la miró con desconfianza, pero finalmente se encogió de hombros y se alejó hacia otro sector del huerto. Sabía que su hija quería protegerlo, y aunque le molestaba, también sabía que su presencia haría menos pesado el trabajo para el forastero.

Lucía se arrodilló junto a Sebastián y tomó el azadón con sus manos pequeñas pero firmes.

—Mira —dijo, moviendo la herramienta con destreza—. Tienes que clavar la punta en la tierra, justo al lado de la maleza, y luego hacer palanca hacia atrás para sacar la raíz. Así.

Sebastián observó sus movimientos, maravillado por la habilidad con que ella manejaba el instrumento. Sus manos, que parecían hechas para tocar flores, también sabían trabajar la tierra.

—Eres increíble —dijo él, sin poder evitarlo.

Lucía sonrió y le devolvió el azadón.

—Ahora tú.

Sebastián intentó imitar sus movimientos. Clavó la herramienta, hizo palanca y logró arrancar un pequeño manojo de maleza. La raíz salió con tierra y todo, dejando un agujero en el suelo.

—¡Lo logré! —exclamó, emocionado como un niño.

—Felicidades —dijo Lucía riendo—. Ahora hazlo doscientas veces más.

Y así, entre risas y esfuerzos, la mañana transcurrió. Sebastián sintió en carne propia lo que era el trabajo del campo. Los callos comenzaron a formarse en sus manos, sus brazos ardían por el esfuerzo y su espalda se quejaba cada vez que se inclinaba. Pero cada vez que miraba a Lucía, cada vez que veía su sonrisa o escuchaba su voz, el cansancio desaparecía.

Al mediodía, don Justo los llamó para comer. Llevaban una torta de maíz, queso fresco y un poco de agua de jamaica. Sebastián se sentó en el suelo, sin importarle el polvo, y comió como si llevara días sin probar alimento.

—No está mal para ser tu primer día —dijo don Justo, con un tono menos severo—. Pero esto es solo el comienzo. El campo es duro, y los días duros aún no han llegado.

—Lo sé, señor Justo —respondió Sebastián—. Pero estoy dispuesto a soportarlo.

Don Justo lo miró largamente, estudiando sus ojos, buscando alguna señal de falsedad. Pero no encontró nada. Solo sinceridad y determinación.

—Veremos —dijo finalmente—. Veremos cuánto dura esa disposición.

Las semanas pasaron y Sebastián fue adaptándose a su nueva vida. Aprendió a ordeñar las vacas, aunque al principio las vacas se negaban a soltar su leche y él terminaba con el balde vacío y el animal enfadado. Aprendió a cortar leña, aunque sus brazos temblaban después de cada tronco. Aprendió a sembrar, a regar y a cosechar. Cada día era una lección de humildad, pero cada noche, cuando veía a Lucía sentada en el pozo bajo la luna, sentía que valía la pena.

Y ella, mientras tanto, se enamoraba más y más de él. Lo veía esforzarse, verlo ensuciarse las manos, verlo compartir la mesa con su padre sin quejarse. Sabía que no era fácil para él dejar atrás su vida de privilegios, y eso hacía que su amor fuera aún más profundo.

Una tarde, mientras descansaban a la sombra de un árbol, Lucía tomó la mano de Sebastián y la examinó.

—Tienes callos —dijo, sorprendida—. Ya no pareces un hombre de ciudad.

—Es el precio que pago por estar a tu lado —respondió él, apretando sus dedos—. Y lo pagaría mil veces más.

Lucía sintió que el corazón se le derretía. Se inclinó y, por primera vez, sus labios se encontraron en un beso tímido, dulce, como el rocío de la mañana. Fue un beso robado, escondido de la mirada de su padre, pero fue el beso que selló su destino.

—Te quiero, Sebastián —susurró ella.

—Y yo a ti, Lucía —respondió él—. Más de lo que imaginé posible.

Sin embargo, el amor no siempre es suficiente para vencer a la adversidad. La noticia de que un citadino vivía en el campo y cortejaba a la hija de don Justo se extendió como pólvora por el pueblo. Y, como toda noticia en un lugar pequeño, llegó a oídos equivocados.

Una mañana, un coche de lujo apareció en el camino polvoriento. No era el coche de Sebastián, sino uno más grande, más imponente, con un chofer de uniforme y vidrios polarizados. De él bajó una mujer de mediana edad, vestida con un traje de seda y joyas que brillaban bajo el sol. Su mirada era fría, calculadora, y sus labios se fruncieron en una mueca de desprecio al ver el polvo manchar sus zapatos de tacón.

—Busco a Sebastián Montenegro —dijo con voz cortante.

Don Justo, que salió a recibirla, sintió un escalofrío. Sabía que aquella mujer no traía buenas noticias.

—¿Quién es usted? —preguntó.

—Soy Victoria Montenegro —respondió ella, con el orgullo de quien se cree superior—. Su madre.

El corazón de Sebastián se detuvo cuando escuchó la voz de su madre en el patio. Salió corriendo y la encontró frente a su padre, con la misma expresión de desaprobación que recordaba de su infancia.

—Madre —dijo, intentando mantener la calma—. ¿Qué hace aquí?

—Vengo a traerte de vuelta a la realidad —respondió ella, mirando a su alrededor con asco—. Esto no es lugar para ti. ¿Qué se supone que estás haciendo? ¿Jugando al campesino?

—No estoy jugando —respondió Sebastián con firmeza—. Estoy demostrando que amo a una mujer.

Victoria Montenegro rió, una risa seca y sin alegría.

—¿Amar? No sabes lo que es el amor. Lo que tienes es un capricho. Y como todos los caprichos, se te pasará. Pero mientras tanto, tu padre está furioso. Los negocios te esperan, Sebastián. Y no pienso permitir que tires tu vida a la basura por una campesina.

Lucía, que había escuchado todo desde la puerta de la cocina, sintió que el mundo se le derrumbaba. Las palabras de Victoria Montenegro fueron un cuchillo que se clavó en su pecho. "Campesina", "basura", "capricho". Cada palabra era un golpe.

Sebastián dio un paso al frente y se interpuso entre su madre y Lucía.

—Vete —dijo con voz fría—. No te necesito aquí. Y no necesito tu aprobación para ser feliz.

Victoria lo miró con desprecio, pero no insistió. Subió al coche y, antes de cerrar la puerta, dijo:

—Esto no ha terminado, Sebastián. Tu padre y yo no permitiremos que te destruyas. Y ella —señaló a Lucía— pagará las consecuencias.

El coche se alejó, levantando una nube de polvo que lo cubrió todo. Sebastián tomó a Lucía entre sus brazos, sintiendo que temblaba.

—No le hagas caso —le susurró—. Yo te protejo.

Pero en el fondo, ambos sabían que Victoria Montenegro no se rendiría tan fácilmente. La ciudad era su territorio, y tenía todas las armas para separarlos.

Esa noche, Lucía lloró en silencio en su cuarto. Sabía que el camino que había elegido estaba lleno de espinas, pero también sabía que el amor de Sebastián valía más que cualquier dolor.

—No me rendiré —susurró al espejo—. Ni por ella ni por nadie.

Y en el granero, Sebastián juró lo mismo. Su amor por Lucía era más fuerte que las amenazas de su familia, pero ignoraba cuán lejos llegarían para destruirlos.

Porque el amor, aunque poderoso, siempre encuentra enemigos dispuestos a quebrarlo.

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Monica Liliana Broudiscou
estuvo muy buena, me gustó mucho, muchas felicitaciones🥰👏👏👏👏👏
Lis
🐍
valeska garay campos
bella historia
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