Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 4: La flor
La mañana es gris y tibia, de esas que preceden a la lluvia sin atreverse a soltarla.
Nico camina solo por la acera que bordea el campus, lleva la mochila colgada de un hombro, las manos en los bolsillos de la sudadera granate. No ha planeado venir, salió de su departamento sin rumbo fijo, con el tiempo muerto antes de la clase de las once y sus piernas decidieron por él.
Offline huele a café recién molido y a papel caliente de impresora, la luz entra tamizada por los cristales, y las mesas de madera tienen ese brillo de lo recién limpio. En la barra, Jean seca una jarra de leche con un trapo de algodón.
Cuando el timbre suena, levanta la cabeza, ve al chico rubio de la sudadera granate. Solo, sin los otros dos.
—Hola —dice Nico, acercándose al mostrador.
—Hola —responde Jean.
Su voz es neutra, profesional, pero mientras coloca la jarra en su sitio, algo en su pecho se tensa sin ruido. No le pone nombre, no hace falta.
—Un cortado —pide Nico.
Jean asiente, se da la vuelta, muele el café, ajusta la máquina. Mientras trabaja, es consciente de que el chico lo mira, no es una molestia, es una rareza. La mayoría de los clientes no miran; piden, se sientan, se pierden en sus pantallas, este se queda ahí, apoyado en la barra, sin prisa.
El café sale, Jean vierte la leche con cuidado, inclina la jarra con esa muñeca fina que dibuja el hilo blanco sobre la espuma. Al terminar, sin pensar, traza una flor de cinco pétalos. Desliza la taza sobre la barra.
Nico la mira, no la coge de inmediato.
—Ayer también me hiciste una —dice.
Jean se queda quieto, las palabras le llegan como un eco de algo que no esperaba escuchar.
—Sí —responde, porque no sabe qué otra cosa decir.
—¿Siempre las haces?
La pregunta es simple, pero Jean siente que tiene una trampa. No sabe por qué, quizás es la forma en que el chico lo mira, con esa curiosidad sin filtro, como si de verdad quisiera saber.
—No —dice y la frase sale antes de que pueda detenerla—. Solo a los que van solos.
Entonces calla. La frase queda flotando entre ellos, pequeña y frágil.
Solo a los que van solos.
Pero los días anteriores el chico rubio no estaba solo, llegó con los otros dos; el pelirrojo escandaloso y el de la expresión seria. Estaban los tres juntos, ocupando la mesa del fondo, riendo, hablando y Jean le puso una flor en el café. A él, solo a él, aunque no estuviera solo. No sabe por qué lo hizo, no lo pensó, fue automático, como si sus dedos hubieran decidido algo que su cabeza aún no ha procesado.
Y ahora, al decirlo en voz alta, se da cuenta.
El descubrimiento le aprieta el pecho. No es dolor, es otra cosa, una pequeña alarma silenciosa que le avisa de que ha roto sus propias reglas sin permiso.
Jean baja la cabeza y retoma el trapo, frota una mancha que ya no está.
Nico lo observa, no tiene la información para entender lo que acaba de pasar, pero intuye que ha pasado algo. La pausa fue demasiado larga, la forma en que Jean se quedó inmóvil, la forma en que sus dedos se aferraron al trapo.
—¿Pasa algo? —pregunta.
—Nada —responde Jean, demasiado rápido.
Nico duda, quiere preguntar más, pero no sabe qué. Toma la taza y se retira a la mesa del fondo, la del enchufe suelto, saca su cuaderno, abre una página nueva. Pero no dibuja, mira la flor en la espuma.
Solo a los que van solos.
No sabe qué significa, pero la frase se le queda pegada, como un chicle en el zapato.
Jean no lo mira, se mantiene ocupado: limpia la máquina, repone los vasos, ordena el azúcar; cada gesto es un pequeño ancla que lo sujeta a la rutina. Pero detrás de la barra, su cabeza no deja de dar vueltas.
¿Por qué le puse la flor?
No hay respuesta, o sí, pero no quiere mirarla.
De reojo, alcanza a ver al chico rubio sentado en el fondo. Tiene la cabeza inclinada sobre el cuaderno, no está dibujando, solo mira la taza. El pelo rubio, todavía un poco húmedo en las puntas, le cae sobre la frente, las manos grandes, de dedos largos, reposan sobre la mesa sin hacer nada.
Es solo un cliente, se dice Jean, un cliente más.
El problema no es el chico, es Jean: hizo algo que no hace y ahora no puede deshacerlo.
Nico tarda veinte minutos en beberse el cortado. No ha dibujado nada, ha pasado el tiempo mirando el cuaderno en blanco y, de vez en cuando, levantando la vista hacia la barra. Jean no lo ha vuelto a mirar, atiende a otros clientes, seca tazas, escribe algo en una libreta pequeña. Su perfil es delgado, casi frágil, la camisa azul marino del uniforme le queda holgada, el mechón de pelo sigue escapándose de la coleta.
Cuando termina el café, Nico guarda el cuaderno y se levanta. Se acerca a la barra para dejar la taza vacía.
—Gracias —dice.
Jean levanta la vista.
—De nada.
Sus ojos se encuentran, un segundo, dos, no es un cruce casual como el del día anterior, ese accidente a través del cristal. Es un encuentro sostenido, consciente. Jean no aparta la mirada primero, tampoco Nico.
Al final, es Nico quien sonríe, esa sonrisa fácil, limpia, que no sabe ser otra cosa que genuina.
—Hasta luego —dice.
—Hasta luego —responde Jean.
La campanilla suena, Nico sale.
Jean se queda detrás de la barra, con la taza sucia entre las manos, la lava con lentitud, como si quisiera alargar el momento. Cuando la deja escurrir, se da cuenta de que su mano tiembla, apenas, un temblor tan pequeño que cualquiera lo atribuiría al cansancio.
Pero Jean sabe que no es cansancio.
Nico camina hacia la universidad con las manos en los bolsillos. El cielo sigue gris, el aire huele a tierra mojada, aunque no ha llovido, pasa junto a la tienda de bicicletas, junto al local de comida china, y no mira atrás, pero en su cabeza, la imagen de Jean no se va. Esa pausa, esa inmovilidad, ese instante en que el omega se quedó en blanco, como si hubiera dicho algo que no debía.
Y la flor.
Solo a los que van solos.
Mete la mano en el bolsillo y saca el teléfono, son las diez y cuarenta y cinco, tiempo justo para llegar a clase. Guarda el teléfono., sigue caminando.
Sabe, sin saber cómo, que mañana volverá a Offline.