Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capitulo 24: "Te espero, te cuido, te quiero".
Y entonces, sentada allí, entre la plata y las flores, escuchando a nuestros padres hablar de lo bien que estábamos juntos, me di cuenta de algo que me hizo sonrojarme de verdad, algo que tuve que admitir para mis adentros, muy bajito, porque si lo decía en voz alta seguramente el techo se caería por la sorpresa:
Bueno… la verdad… es que no es tan insoportable. De hecho, es casi perfecto.
Casi me dio risa pensar eso. Yo, que siempre me había jactado de ser la mejor, la más exigente, la que nadie estaba a mi altura… estaba ahí, pensando que él no solo estaba a mi altura, sino que era lo mejor que me había pasado en todas mis vidas. Que sus manías, su seriedad, sus reglas, su forma de corregirme o de cuidarme… no eran molestias. Eran amor. Eran cuidado. Eran la prueba de que yo no estaba sola en el mundo.
En un momento, cuando los adultos se pusieron a hablar entre ellos sobre negocios, Alexandro se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz para que solo yo lo oyera. —Estás muy callada hoy —me dijo, con esa sonrisa que mezclaba burla y ternura—. ¿Te han dormido los discursos de lo maravilloso que soy? Porque si es así, te aviso que me voy a acostumbrar. Y ya sabes que cuando me acostumbro a algo, me cuesta dejarlo.
Lo miré, y por primera vez, no le contesté con una pulla, ni con un comentario sarcástico, ni con mi orgullo de reina. Lo miré a los ojos, esos ojos oscuros que habían visto tanto, que me habían visto a mí en todas mis formas, y le respondí con una suavidad que ni yo misma reconocí: —No estoy callada porque estés maravilloso, tonto. Estoy callada porque… porque me he dado cuenta de que tienen razón. En algo, al menos.
Él levantó una ceja, sorprendido, esperando a ver por dónde iba a salir yo esta vez. —¿Ah sí? —preguntó con curiosidad—. ¿Y en qué tienen razón?
Me encogí de hombros, volviendo a mirar mi plato para ocultar la sonrisa que me estaba ganando la cara, pero dejando que él escuchara cada palabra con claridad. —En que tú… bueno, no eres el peor compañero del mundo. Y supongo que… que estar contigo no es tan malo. De hecho, diría que es bastante agradable. A veces. Casi siempre.
Alexandro soltó una risa bajita, una risa que sonaba a triunfo y a felicidad pura. Y bajo la mesa, su mano buscó la mía, encontrándola entre la tela de mi vestido y el mantel, entrelazando sus dedos con los míos con suavidad, con fuerza, con esa propiedad que tenía desde hacía siglos y que yo ya no quería quitarle.
—Me conformo con eso —me susurró, apretándome la mano—. Por ahora. Aunque sé muy bien lo que estás pensando, Mariam De la Vega. Sé muy bien que en tu cabeza estás diciendo que soy lo mejor que te ha pasado, que no podrías vivir sin mí y que, si pudieras, me tendrías siempre pegado a ti. Pero no te preocupes… guardaré el secreto. Y esperaré a que tú misma lo digas en voz alta.
Lo miré con los ojos entrecerrados, fingiendo indignación, aunque por dentro estaba radiante de felicidad. —No te confundas —le dije, aunque mi voz no tenía nada de amenaza—. Sigo siendo la reina. Y tú sigues siendo mi guardián. Pero… supongo que un guardián también puede ser un buen compañero de vida. Y de siglos.
La cena terminó entre risas, brindis y buenos deseos. Cuando nos despedimos en la puerta, bajo la luz de las farolas, nuestros padres se abrazaban, diciendo lo bien que habíamos pasado, lo bonito que era vernos crecer y lo seguros que estaban de que nuestro futuro sería brillante.
Y mientras Alexandro se subía al coche de sus padres, me lanzó una última mirada, una mirada llena de todo lo que sentíamos, una mirada que decía "Te espero, te cuido, te quiero".
Me quedé parada en la entrada, viendo cómo se iban, y me di cuenta de que, aunque teníamos un enemigo peligroso acechando, aunque el pasado nos perseguía y aunque la batalla final estaba cada vez más cerca… por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo. No tenía dudas.
Porque había entendido que la verdadera magia no estaba en hacer flores gigantes ni en controlar el fuego. La verdadera magia era tener a alguien que, sabiendo todas tus luces y todas tus sombras, todas tus grandezas y todas tus tonterías, siguiera eligiéndote cada día. Y yo tenía eso. Lo tenía a él.
Y por mucho que me costara admitirlo, incluso para mis adentros… el chico que siempre creí que era un estorbo, el chico que me hacía rabiar y que me desafiaba, el chico que me defendía y me entendía… era, sin duda, la mejor cosa que me había pasado en la vida. Y en todas las demás.