"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?
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Capítulo 15: El Reflejo
(POV Lola)
Los días siguientes fueron extraños.
Damián estaba diferente. Más relajado físicamente, eso era evidente. Se movía con más soltura, sin esas pequeñas muecas de dolor que lo delataban. La espalda le había dejado de doler.
Pero emocionalmente...
A través del vínculo, sentía su tensión. Una agitación constante que no desaparecía. Me miraba más de lo habitual, pero apartaba la vista cuando yo lo descubría. Hablaba menos, y cuando lo hacía, sus palabras eran más cortantes.
—Está raro —comentó Elara mientras desayunábamos en mi habitación.
—¿Quién?
—Damián. Le he visto en el pasillo y casi me gruñe.
—Te habrá gruñido porque existes.
—No, era diferente. Como si estuviera de mal humor pero sin saber por qué.
Sí, eso era. Damián estaba de mal humor sin saber por qué.
Y yo sí sabía por qué.
Era la cama.
Dormir juntos, aunque fuera cada uno en su lado, había roto algo. Un equilibrio que ni siquiera sabíamos que existía. Ahora había tensión. Ahora había conciencia.
Ahora había algo.
—¿Y tú? —preguntó Elara, mirándome fijamente—. También estás rara.
—¿Yo? No.
—Sí. Desde hace unos días. Pones cara de boba cuando crees que nadie te ve.
—No pongo cara de boba.
—Sí pones. Y te sonrojas cuando alguien menciona a Damián.
—No es cierto.
—Lola.
—¿Qué?
—Dime qué pasa.
Suspiré.
No podía engañarla. Ella me conocía demasiado bien.
—Duerme conmigo —dije en voz baja.
Elara abrió los ojos como platos.
—¿Cómo? ¿En la cama?
—Sí. Desde lo de su espalda. Le obligué a dejar el sofá.
—¿Y...?
—Y nada. Duerme. Yo duermo. Cada uno en su lado.
—Pero...
—Pero es incómodo. Y a la vez no lo es. Y no sé explicarlo.
Elara sonrió con picardía.
—Mi pequeña Lola está enamorada.
—No estoy enamorada.
—Sí lo estás.
—Es el vínculo.
—El vínculo no te hace sonreír como una tonta.
—No sonrío como una tonta.
—Sí sonríes. Ahora mismo estás sonriendo.
Me toqué la boca. Maldición. Estaba sonriendo.
—Déjame en paz —murmuré.
Elara se rió y me abrazó.
—Estoy tan feliz por ti.
—No hay nada de lo que estar feliz.
—Todavía. Pero lo habrá.
No respondí. Pero en el fondo, una parte de mí deseaba que tuviera razón.
(POV Lola - Noche)
Esa noche, Damián entró sin dudar.
Se tumbó en su lado, como siempre. Pero esta vez, su cuerpo estaba más tenso. Más alerta.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí.
—Mientes.
No respondió.
Apagué la luz y nos quedamos en silencio. El vínculo vibraba con una energía que no sabía interpretar.
Pasaron los minutos. Su respiración no se acompasaba. Seguía despierto.
—Damián.
—¿Qué?
—¿Por qué no duermes?
—No sé.
—¿Quieres que hablemos?
—No.
—¿Quieres que me calle?
—Tampoco.
Suspiré.
—Eres complicado.
—Lo sé.
Sonreí en la oscuridad.
—Buenas noches, Damián.
—Buenas noches, Lola.
( Madrugada - Narración)
La habitación estaba en silencio.
La luz de la luna se colaba por las cortinas, dibujando sombras plateadas sobre la cama enorme. Dos cuerpos, cada uno en su lado, separados por un espacio que durante las noches anteriores había sido respetado.
Pero el sueño no entiende de límites.
En algún momento de la madrugada, cuando el cansancio venció la tensión, Lola se movió. Primero fue un giro inconsciente, buscando calor en la frescura de la noche. Luego otro. Su cuerpo, guiado por un instinto más profundo que la razón, comenzó a desplazarse hacia el centro de la cama.
Hacia él.
Damián dormía profundamente. Por primera vez en semanas, su espalda no le dolía. Por primera vez en semanas, su cuerpo descansaba en una superficie adecuada. Pero había algo más. Algo que ni siquiera en sueños podía ignorar.
El olor de ella.
Cuando Lola se pegó a su costado, su brazo se movió solo. Rodeó su cintura con una suavidad que contradice todo lo que se sabía de él. La atrajo hacia sí, acomodando su cuerpo contra el suyo.
Ella, sin despertar, buscó más. Su cabeza encontró el hueco entre su hombro y su cuello. Su nariz se pegó a su piel. Inhaló profundamente, atrapando su esencia, como si su loba dormida supiera lo que necesitaba aunque ella no.
Damián, aún inconsciente, respondió. Apretó el brazo. Su respiración, lenta y profunda, movió el cabello de ella.
Así pasaron las horas.
Dos cuerpos enredados. Dos almas unidas por un vínculo que latía en la oscuridad.
Hasta que la primera luz del amanecer comenzó a filtrarse por las cortinas.
Lola fue la primera en despertar.
No supo al principio dónde estaba. Solo sintió calor. Peso. Una presencia envolviéndola. Abrió los ojos lentamente y descubrió la piel de un hombre a centímetros de su rostro.
Su aliento se detuvo.
Damián. Estaba pegada a Damián. Su cabeza apoyada en su hombro. Sus labios cerca de su cuello. Y él... él tenía un brazo rodeándole la cintura, atrayéndola contra su cuerpo.
El corazón de Lola se desbocó.
Quiso moverse. Quiso apartarse. Pero no podía. Algo la mantenía ahí, paralizada, observando la paz con la que él dormía. Su rostro, sin la máscara de hielo de siempre, parecía más joven. Casi vulnerable.
Entonces lo sintió.
Algo duro. Presionando contra su vientre.
Bajó la mirada lentamente. La sábana\, fina\, *p*n*s cubría sus cuerpos. Y ahí\, justo en la entrepierna de Damián...
Un bulto.
Evidente. Imposible de ignorar.
El calor le subió a las mejillas. Quiso apartarse. Quiso cerrar los ojos. Quiso no haber visto nada. Pero no pudo. Se quedó paralizada, sintiendo su erección a través de la tela, sintiendo su calor, sintiendo todo.
En ese momento, Damián se movió.
Solo un poco. Un reajuste inconsciente. Su brazo apretó la cintura de Lola, atrayéndola más contra él. Su erección presionó más firmemente contra su vientre.
Pero siguió dormido.
Lola contuvo la respiración. Los segundos pasaron como horas. Hasta que, finalmente, la respiración de Damián cambió.
Iba a despertar.
Y así fue. Sus ojos se abrieron lentamente. Parpadearon una, dos veces. Y entonces, la conciencia golpeó.
Vio a Lola. Vio su posición. Vio su brazo alrededor de ella. Vio la cercanía imposible de ignorar.
Y se quedó helado.
—Lola... —susurró, con voz ronca.
—Buenos días —respondió ella, con un hilo de voz.
Ninguno se movió. Ninguno supo qué decir.
Hasta que Damián, con una lentitud infinita, comenzó a darse cuenta de todo. De su mano en su cintura. De su cuerpo pegado al de ella. Y entonces, sintió su propia erección.
Sus ojos se abrieron un poco más. La miró. Ella desvió la mirada.
—Lola, yo...
—No digas nada.
—Pero...
—Por favor, Damián. No digas nada.
Se quedó en silencio. Luego, con cuidado, comenzó a apartarse. Soltó su cintura. Retrocedió lentamente. Salió de la cama sin mirarla atrás.
Agarró ropa del armario. Desapareció en el baño.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Lola se quedó allí, en su cama, con su olor en la piel, con el recuerdo de su cuerpo contra el suyo, con la imagen de ese bulto grabada en la mente.
Cuando por fin bajó al comedor, Damián ya estaba allí.
No la miró.
León sí. Con una sonrisa y el pelo todavía revuelto.
—Vaya, vaya —dijo León, sirviéndose café—. Mi hermano bajó despeinado hoy. Eso es raro.
La mirada que Damián le lanzó podría haber congelado el sol.
—Cállate.
—Solo digo...
—Que te calles.
León levantó las manos en señal de paz, pero su sonrisa no desapareció.
Elara entró en ese momento y se sentó junto a Lola. Miró a una, miró al otro, y algo en su expresión cambió.
No dijo nada. Pero durante todo el desayuno, sus ojos fueron de Lola a Damián y de Damián a Lola.
El ambiente era irrespirable.