Una chica de la era moderna reencarna en el cuerpo de Madeline, la prometida del frío Duque Elías. Tras quedar embarazada y decidida a proteger el futuro de su hijo, ella empaca sus maletas y huye lejos, escondiendo su rastro.
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Capítulo 18
No parecía algo bueno.
Definitivamente no parecía algo bueno.
La anciana soltó un suspiro.
—Eso no tiene buena pinta.
—¿Es grave? —preguntó la joven esposa abrazando a su hijo.
—Si el eje se rompió, sí.
Como si quisiera confirmar sus palabras, el cochero apareció unos minutos después.
—Lamento informarles que no podremos continuar hoy —anunció elevando la voz para que todos lo escucharan—. La reparación tardará varias horas y ya no es seguro viajar cuando oscurezca.
Algunos pasajeros comenzaron a quejarse.
Otros simplemente aceptaron la situación.
No era como si pudieran hacer algo al respecto.
—A una hora de aquí hay una posada —continuó el hombre—. Pasaremos la noche allí y partiremos al amanecer.
Madeline sintió alivio.
Y hambre.
Mucha hambre.
El pan que había comido horas atrás ya parecía un recuerdo lejano.
Los viajeros comenzaron a bajar uno por uno.
Madeline tomó su maleta y descendió con cuidado.
El camino estaba rodeado de árboles altos.
El aire olía a tierra húmeda y hojas.
Era un paisaje completamente distinto al que estaba acostumbrada.
Después de caminar durante casi una hora, finalmente divisaron la posada.
Era mucho más pequeña que la anterior.
Tenía paredes de piedra envejecida y un techo de madera oscura.
Un cartel colgaba sobre la entrada balanceándose con el viento.
Varias personas ya se encontraban entrando.
—Parece acogedora —comentó la anciana.
—Parece que va a caerse en cualquier momento —murmuró Madeline.
La mujer soltó una carcajada.
—Eso también.
Por suerte aún quedaban habitaciones.
No muchas.
Pero suficientes para los viajeros.
Madeline consiguió una pequeña habitación en el segundo piso.
Dejó la maleta junto a la cama y bajó al comedor.
El lugar estaba lleno.
Mercaderes.
Viajeros.
Campesinos.
Incluso algunos aventureros armados.
Era la primera vez que se encontraba rodeada de personas tan diferentes.
Nadie parecía prestarle atención.
Y aquello era maravilloso.
Pidió algo de comer y se sentó en una mesa alejada.
Cuando la comida llegó casi se emocionó.
No era un banquete noble.
Ni mucho menos.
Era un simple estofado acompañado de pan.
Pero olía delicioso.
Tomó la cuchara.
Dio el primer bocado.
Y casi lloró.
—Dioses...
Estaba increíble.
Muchísimo mejor de lo que debería.
Llevaba varios minutos comiendo cuando una voz masculina sonó cerca.
—¿Puedo sentarme?
Madeline levantó la cabeza.
Frente a ella había un joven de cabello castaño.
Vestía ropa sencilla de viajero.
Parecía tener unos veinticinco años.
Y sonreía con facilidad.
—Hay muchas mesas libres —respondió ella.
—Sí, pero todas están ocupadas por gente aburrida.
Madeline parpadeó.
El hombre señaló discretamente una mesa cercana.
Dos comerciantes discutían sobre el precio de unos sacos de trigo.
Luego señaló otra.
Un anciano hablaba solo.
—¿Lo ve? Aburridos.
Madeline soltó una pequeña risa.
La primera genuina del día.
—Supongo que puede sentarse.
—Excelente decisión.
El hombre tomó asiento.
—Mi nombre es Nathan.
—Madeline.
Estuvo a punto de morderse la lengua.
Había respondido demasiado rápido.
Nathan no pareció darle importancia.
—¿Viaja sola?
Madeline sintió que aquella pregunta comenzaba a perseguirla.
—Sí.
—Valiente.
—O imprudente.
—Las dos cosas suelen ir juntas.
Eso volvió a hacerla sonreír.
Hablaron durante un rato.
Sobre los caminos.
Las ciudades cercanas.
Los viajeros extraños que ambos habían visto durante el trayecto.
Era una conversación ligera.
Natural.
Sin tensiones.
Sin dobles intenciones.
Madeline empezó a relajarse.
Hasta que la puerta principal de la posada se abrió de golpe.
El ruido hizo que varias personas voltearan.
Tres hombres acababan de entrar.
Vestían capas oscuras.
Y parecían estar buscando algo.
O a alguien.
Parecían ser soldados.
Madeline sintió un escalofrío.
Nathan notó cómo el rostro de ella palidecía.
—¿Ocurre algo? —preguntó bajando la voz.
Madeline no respondió.
Sus ojos seguían clavados en aquellos hombres.
Los tres soldados atravesaron la posada con paso firme.
Las conversaciones disminuyeron durante unos segundos mientras varios clientes los observaban entrar. No era extraño ver militares en los caminos principales, pero seguían imponiendo respeto.
Madeline sintió que el corazón le daba un vuelco.
Durante un instante, todos los peores escenarios posibles cruzaron por su mente.
¿La habían encontrado?
¿Julián ya sabía que había huido?
¿Habían salido a buscarla esa misma noche?
Sin darse cuenta, apretó con fuerza la cuchara entre los dedos.
Los soldados continuaron avanzando.
Uno de ellos intercambió unas palabras con el posadero.
Otro dejó una bolsa sobre una mesa.
El tercero se quitó la capa y llamó a una camarera para pedir comida.
Nada más.
No preguntaron por ninguna joven.
No mostraron retratos.
Ni siquiera parecían prestarle atención a los demás viajeros.
Simplemente estaban cenando.
Madeline exhaló lentamente.
No había notado que había estado conteniendo la respiración.
—Ahora sí me preocupa —comentó Nathan, observándola desde el otro lado de la mesa.
Madeline levantó la vista.
—¿Qué cosa?
—La forma en que miraste a esos hombres.
Ella apartó la mirada hacia su plato.
—Solo me sobresalté.
—Parecía algo más que un sobresalto.
—Tengo una imaginación muy activa.
Nathan soltó una breve risa.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Como cuáles?
—Como pensar que tres soldados cansados vienen a secuestrarte mientras intentan cenar.
Madeline estuvo a punto de atragantarse.
Nathan levantó ambas manos.
—Tranquila, era una broma.
—No tiene mucha gracia.
—Lo siento.
Aunque claramente no parecía arrepentido.
Madeline negó con la cabeza y volvió a concentrarse en la comida.
Durante unos segundos ninguno habló.
La posada estaba llena de ruido.
Copas chocando.
Personas conversando.
El crepitar de la chimenea.
Y el aroma de la comida recién preparada.
Era un ambiente extraño para ella.
Caótico.
Pero agradable.
Mucho más agradable que varios banquetes nobles a los que había asistido.
—¿Viaja muy lejos? —preguntó Nathan después de un rato.
Madeline levantó la mirada.
Aquella era precisamente la pregunta que había estado evitando hacerse.
Porque la verdad era que no tenía una respuesta clara.
Había escogido una dirección.
Había reunido dinero.
Había huido.
Pero aún no tenía un destino definitivo.
—Lo suficiente —respondió finalmente.
Nathan arqueó una ceja.
—Eso no responde nada.
—Lo sé.
—Entonces no quiere decirme.
—Exactamente.
Para sorpresa de Madeline, él no insistió.
Simplemente asintió.
—Es justo.
Ella lo observó durante unos segundos.
—¿Y usted? —preguntó finalmente—. ¿Viaja por trabajo?
—Más o menos.
—¿Más o menos?
—Compro mercancías en unas ciudades y las vendo en otras.
Madeline asintió.
Eso explicaba su forma de vestir.
También explicaba por qué parecía tan cómodo hablando con desconocidos.
Nathan tomó un sorbo de su bebida.
—Aunque si soy sincero, viajar no es tan emocionante como la gente cree.
—¿No?
—La mitad del tiempo estoy cubierto de polvo y la otra mitad intentando que no me estafen.
Aquello le arrancó una pequeña sonrisa.
—Suena agotador.
—Lo es.
—Entonces, ¿por qué sigue haciéndolo?
Nathan pareció pensarlo un momento.
—Porque me gusta elegir hacia dónde voy.
La respuesta fue sencilla.
Pero hizo que algo se removiera en el pecho de Madeline.
Elegir hacia dónde voy.
Era una libertad tan simple.
Y al mismo tiempo tan valiosa.
—Creo que me retiraré —dijo Madeline mientras se ponía de pie.
Nathan levantó la vista de su vaso.
—¿Tan pronto?
—Ha sido un día largo.
—Eso es difícil de discutir.
Madeline acomodó mejor la capa sobre sus hombros.
—Espero que mañana podamos continuar el viaje.
—Yo también. Empiezo a sospechar que este lugar intenta retener clientes por la fuerza.
Aquello le arrancó una pequeña sonrisa.
—Buenas noches, Nathan.
—Buenas noches, Madeline.
Nathan hizo una ligera inclinación de cabeza.
—Y procure no preocuparse tanto.
Madeline se quedó inmóvil un instante.
—¿Se nota mucho?
—Un poco.
Ella desvió la mirada.
—Lo tendré en cuenta.
Después subió las escaleras sin añadir nada más.
Nathan la observó desaparecer en el segundo piso antes de volver a su bebida.
Aquella joven cargaba demasiadas preocupaciones para alguien de su edad.
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es sabía como ese Nathan que estuvo ahí espero que veamos pronto llegue lejos como también a ese tonto que le perdió
de irse más lejos y espero
que su madre la ayude a que no la
molesten temprano para darle tiempo
descubrirá que se escapó embarazada