Nunca planeé enamorarme de mi profesor.
Simplemente ocurrió.
Una clase fue suficiente para que dejara de verlo como un hombre cualquiera y empezara a convertirlo en el centro de todos mis pensamientos.
Desde entonces, cada excusa era perfecta para estar cerca de él.
Cada mirada alimentaba mi esperanza. Cada rechazo solo aumentaba mis ganas de conquistarlo.
Dicen que hay amores imposibles.
Yo no creo en lo imposible y si el destino insiste en poner reglas entre nosotros...
Me encargaré de romperlas una por una.
Porque él todavía no lo sabe... Pero algún día será solo MIO.
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Solo un fin de semana
El despertador sonó a las seis de la mañana.
Abrí los ojos antes de que terminara el primer tono y permanecí inmóvil unos segundos, observando el techo de mi habitación. No había cambiado de opinión. Durante toda la noche esperé que el miedo apareciera, que la culpa me hiciera retroceder o que, al menos, mi conciencia me gritara que estaba cruzando un límite del que jamás podría regresar.
No ocurrió.
Lo único que sentía era una calma extraña. La calma de quien llevaba demasiado tiempo esperando para hacer algo.
Me levanté despacio, me duché y me vestí con unos jeans claros, una camiseta blanca y una chaqueta ligera. Me recogí el cabello en una cola alta y bajé a la cocina.
Mi madre ya estaba despierta.
Preparaba café mientras tarareaba una canción que escuchaba desde que yo era niña.
Al verme, sonrió con ese cariño tranquilo de siempre.
—Pensé que saldrías más tarde.
Me acerqué para besarle la mejilla.
—Quiero aprovechar el día. Hace mucho que no voy a la cabaña.
Ella asintió con una sonrisa.
—Eso te hará bien. Necesitas descansar un poco de esa universidad.
Sonreí intentando parecer tranquila.
—Sí... creo que sí.
Mi madre llenó una taza de café y la dejó frente a mí.
—¿Llevas suficiente ropa?
—Solo voy por el fin de semana.
—¿Y comida?
—Compraré algo por el camino.
Ella asintió, completamente tranquila.
No sospechaba absolutamente nada.
¿Cómo iba a hacerlo?
Ni siquiera yo parecía una mujer que estuviera a punto de cambiar su vida para siempre.
Cuando terminé el desayuno, tomé las llaves de la cabaña. Mi madre me abrazó antes de salir y acarició mi espalda con ternura.
—Disfruta el silencio. Lo necesitas.
La abracé con fuerza.
—Nos vemos el domingo.
—Llámame cuando llegues.
—Lo haré.
Mentí.
La carretera estaba casi vacía.
Conducía con una mano sobre el volante mientras el paisaje comenzaba a cambiar poco a poco.
Una hora después llegué a la cabaña.
Abrí todas las ventanas para que entrara aire fresco, sacudí los muebles, cambié las sábanas de la habitación de invitados, preparé café y dejé la cafetera limpia sobre la cocina. Después coloqué varios libros sobre la mesa de noche. Eran los mismos autores que el profesor Ferrer había mencionado más de una vez durante sus clases.
Retrocedí unos pasos para observar la habitación.
Era sencilla.
Acogedora.
Silenciosa.
Sonreí sin darme cuenta.
—Te va a gustar...
Murmuré mientras acariciaba con la palma de la mano la colcha recién extendida.
Respiré profundamente.
Era hora de volver.
Dos horas más tarde estacioné el coche a media cuadra del edificio donde vivía Gael.
Había descubierto aquella dirección semanas atrás, no porque alguien me la hubiera dicho, porque yo misma la había seguido.
Apagué el motor y miré el reloj. Las once y cuarenta y tres.
Esperé.
Doce y cinco.
Doce y dieciséis.
Doce y treinta y uno.
Empezaba a pensar que quizá no saldría cuando la puerta del edificio finalmente se abrió.
Él apareció con unas gafas de sol y una pequeña mochila colgada del hombro.
Llevaba ropa informal.
Era la primera vez que lo veía fuera de la universidad vestido como cualquier otro hombre.
Subió a su coche, esperé unos segundos antes de arrancar no podía acercarme demasiado. Pero tampoco podía perderlo.
Durante casi cuarenta minutos conduje detrás de él, dejando siempre dos o tres vehículos de distancia.
Mi corazón latía con tanta fuerza que apenas escuchaba el sonido del motor.
—No me pierdas...
Susurré para mí misma.
Él tomó la salida hacia una estación de servicio ubicada a las afueras de la ciudad.
Entró despacio. Yo hice lo mismo.
Aparqué dos filas más atrás y lo observé bajar del coche para entrar a la tienda.
Respiré profundamente.
Aquella era mi oportunidad.
Abrí la puerta y caminé hacia la entrada intentando parecer completamente tranquila.
Empujé la puerta de cristal, la campana sonó sobre mi cabeza, el estaba frente al refrigerador de bebidas.
Cuando levantó la vista, nuestras miradas se encontraron, durante una fracción de segundo ninguno dijo nada.
Fue él quien rompió el silencio con una sonrisa leve, claramente sorprendido.
—¿Julieta?
Yo fingí la misma sorpresa.
—¿Profesor? Qué coincidencia.
Él soltó una pequeña risa.
—Eso iba a decir yo. ¿Qué haces tan lejos de la ciudad?
Me acerqué un poco mientras sostenía una botella de agua entre las manos.
—Voy camino a la cabaña de mi familia. Necesitaba desconectarme un par de días. ¿Y usted?
Gael tomó una botella del refrigerador y respondió con absoluta naturalidad.
—Tengo un compromiso cerca de aquí.
Hizo una breve pausa antes de añadir con una sonrisa tranquila:
—Parece que ambos decidimos escapar de la ciudad el mismo día.
Sonreí.
—Supongo que sí.
La conversación era completamente normal.
Tan normal...
Que por un momento olvidé lo que había ido a hacer, pagamos casi al mismo tiempo y salimos juntos de la tienda.
El sol caía con fuerza sobre el asfalto. Él desenroscó la tapa de la botella.
Yo hice lo mismo con la mía. Caminamos unos pasos hacia los coches.
Tomé aire. Era ahora o nunca.
—Profesor...
Gael volvió a mirarme con atención.
—Quería disculparme por lo del otro día.
Él bajó lentamente la botella y negó con suavidad.
—No tienes que hacerlo.
Sacudí la cabeza.
—Sí. Fui grosera. Y no lo merecía.
Durante unos segundos permaneció en silencio, como si buscara las palabras adecuadas.
Después sonrió apenas.
—Todos tenemos malos días. No voy a juzgarte por uno solo.
Sentí un nudo en la garganta.
¿Por qué tenía que ser tan amable? ¿Por qué seguía haciendo más difícil todo aquello?
—Gracias...
Respondí casi en un susurro.
Él levantó nuevamente la botella y bebió un largo trago de agua. Yo observé cada movimiento sin apartar la mirada.
Después cerró la tapa.
Continuamos hablando unos minutos más.
Del congreso.
De las vacaciones.
De la universidad.
Hasta que, de pronto, lo vi llevarse una mano a la frente.
Su expresión cambió, frunció ligeramente el ceño.
Me acerqué un paso, preocupada.
—¿Se encuentra bien?
Gael tardó unos segundos en responder.
Su voz sonó más débil.
—Creo que...
No terminé de escuchar la frase su cuerpo perdió el equilibrio, di un paso hacia él por puro instinto.
—¡Profesor!
Intentó sostenerse del coche.
No pudo.
Lo sujeté antes de que golpeara el suelo y sentí todo el peso de su cuerpo sobre el mío.
Mi respiración se volvió desesperada.
—¡Gael!
Lo llamé por su nombre por primera vez.
No respondió.
Le toqué el rostro con manos temblorosas.
Tenía los ojos cerrados.
Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.
—Perdón...
Susurré mientras una lágrima resbalaba por mi mejilla.
—Perdóname... No quería hacerte daño. Solo... solo necesito que me escuches.
Miré alrededor.
Nadie parecía prestar atención el estacionamiento estaba casi vacío.
Respiré hondo.
Tomé una decisión.
Con mucho esfuerzo conseguí llevarlo hasta mi coche cada movimiento me parecía una eternidad.
Cuando por fin cerré la puerta del copiloto, apoyé la frente sobre el volante.
Las manos me temblaban sin control, podía detenerme podía llamar a una ambulancia, podía olvidarme de todo aquello.
Pero entonces recordé aquel beso.
Recordé cómo él había sonreído mientras otra mujer acomodaba el cuello de su camisa.
Cerré los ojos con fuerza.
—Solo un fin de semana...
Murmuré con la voz quebrada.
—Después podrás odiarme todo lo que quieras.
Arranqué el motor y conduje hacia la cabaña sin atreverme a mirar una sola vez al hombre que viajaba en silencio a mi lado.
Porque, si lo hacía...
Tal vez encontraría el valor para dar la vuelta y yo ya había decidido que esta vez... No iba a hacerlo.