Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
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Capítulo 8: Una invitación de alto calibre
La adrenalina del triunfo legal todavía flotaba en el aire cuando Valentina abandonó el recinto, dejando atrás un tendal de abogados enemigos que intentaban juntar sus papeles con las manos temblorosas. Thiago caminaba un paso por detrás, conteniendo las ganas de gritar de la emoción por el espectáculo que su amiga acababa de dar. Sin embargo, al llegar al gran vestíbulo de columnas de mármol que daba a las escalinatas exteriores, una figura familiar cortó el paso de la comitiva real.
Alexander se despegó de una de las columnas con una fluidez felina. Había dejado el saco de su traje gris abierto, y mantenía las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, adoptando una postura que derrochaba confianza y un peligro latente. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad renovada mientras devoraban la silueta de Valentina, atrapada en ese impactante traje sastre rojo fuego que resaltaba sus curvas imponentes.
—Barrió el piso con ellos, abogada —dijo Alexander, con una voz profunda que reverberó en el vestíbulo—. Fue una ejecución impecable. Debo admitir que subestimé la ferocidad de sus métodos.
Valentina se detuvo, clavando sus ojos en él sin mostrar el más mínimo rastro de timidez. Thiago, captando la electricidad que comenzó a estallar entre ambos, dio un paso al costado de manera estratégica.
—Le advertí que el pergamino de la ley era una espada eficiente si sabía manejarse, señor Alexander —respondió Valentina con soberbia, cruzándose de brazos—. Esos campesinos no tenían la menor oportunidad de resistir un asedio formal.
Alexander esbozó esa sonrisa de medio lado que rara vez mostraba. Dio un paso hacia ella, invadiendo sutilmente su espacio.
—Esto fue solo la escaramuza inicial. La verdadera guerra corporativa apenas comienza y necesito asegurarme de que su estrategia final sea igual de despiadada. Por eso, la invito a una cena de negocios privada en mi mansión esta misma noche. Ahí podremos discutir los siguientes movimientos sin oídos indiscretos.
Valentina arqueó una ceja, midiendo el alcance de la propuesta. En su antiguo reino, una invitación a la fortaleza de un líder guerrero de alto calibre a solas podía ser una trampa de sangre... o el inicio de una alianza inquebrantable. Miró al CEO con aire calculador.
—Acepto su invitación, hombre de negocios. Pero deje algo en claro: voy en calidad de estratega principal, no de cortesana.
—No esperaba menos de usted —contestó él, extendiendo el brazo para guiarla hacia la salida—. Mi auto nos está esperando abajo.
Cuando bajaron las escalinatas, Valentina se topó con un objeto que la hizo detenerse en seco. Estacionado junto al cordón se encontraba un vehículo deportivo, bajo, de líneas agresivas y pintado de un negro tan brillante que parecía absorber la luz del sol. Para la Emperatriz, aquello no era un medio de transporte moderno; era una auténtica bestia de metal negra, una criatura infernal domesticada por la aristocracia de este siglo.
Alexander caminó hacia el lado del conductor, sacó un pequeño artefacto de su bolsillo y apretó un botón. El auto emitió un chirrido agudo y los espejos laterales se desplegaron solos, como si la bestia estuviera despertando de un letargo. Valentina se quedó inmóvil junto a la puerta del acompañante, con la espalda recta y el mentón elevado, esperando. Pasarón cinco segundos. Diez segundos.
—¿Qué pasa, abogada? Suba —dijo Alexander desde el otro lado, mirándola por encima del techo del coche.
Valentina resopló con profunda indignación, clavándole una mirada gélida.
—¿Acaso en este reino no existe el decoro básico? ¡¿Dónde está el lacayo real encargado de abrir la compuerta de la carroza?! —exigió saber, señalando la manija con un gesto imperioso de su mano regordeta—. Es un absoluto insulto que una dama de mi rango tenga que emplear su propia fuerza física para lidiar con los mecanismos de este monstruo de metal. Su protocolo de cortesía es una miseria, señor Alexander.
Alexander parpadeó, completamente estupefacto por el reclamo, pero la soberbia natural con la que ella hablaba hacía imposible tomarlo como un chiste. Soltando una carcajada genuina, el millonario dio la vuelta al auto, estiró el brazo y le abrió la puerta con una reverencia burlona.
—Mil disculpas, Su Majestad. Por favor, proceda —le dijo, con una chispa de diversión salvaje en los ojos.
Valentina asintió con condescendencia y se acomodó en el asiento de cuero con cierta dificultad, dado que el vehículo era sumamente bajo y sus curvas XL necesitaban espacio. Una vez que Alexander subió y encendió el motor, un rugido ensordecedor sacudió el chasis, haciendo que la Emperatriz se aferrara al tablero con fuerza, sospechando que la criatura mecánica intentaba morderla.
El viaje hacia las afueras de la ciudad se convirtió en una tortura psicológica para la mente antigua de la soberana. Mientras el auto se deslizaba a gran velocidad entre el tráfico, una gran pantalla táctil en el centro del tablero se encendió de golpe. En ella, un mapa brillante lleno de líneas azules comenzó a moverse en tiempo real, y una voz robótica y femenina dictó desde los parlantes: *"En trescientos metros, gire a la derecha"*.
Valentina se pegó al respaldo del asiento, con los ojos abiertos como platos y las bonitas facciones blancas tensas por la sospecha. Miró la pantalla y luego clavó una mirada acusadora en el perfil serio de Alexander.
—Esto ya es el colmo de la osadía —susurró Valentina, con una voz cargada de misterio y desconfianza—. Dime la verdad, hombre de negocios... ¿Qué clase de brujería climatológica o hechizo de adivinación es este? ¿Cómo es posible que esa tabla luminosa conozca nuestro rumbo antes de que doblemos?
Alexander desvió la vista del camino un segundo, confundido.
—Es el GPS, Valentina. Es un mapa satelital.
—No me mientas con tus palabras tecnócratas —lo cortó ella, señalando el motor con el dedo—. He estado analizando la situación. El rugido infernal de este carruaje, la voz que emana de las paredes y este pergamino de luz que adivina el futuro... Tú tienes a un brujo cautivo dentro del motor de esta bestia. Un adivino de alguna tribu enemiga al que obligas a cantar las rutas del mapa bajo amenaza de tortura. Es una estrategia militar astuta, debo admitirlo, pero sumamente peligrosa para tu alma.
Alexander apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, intentando por todos los medios no estallar en una carcajada que arruinara su reputación de tipo rudo. La abogada de talle grande que acababa de triturar fiscales en los tribunales con lógica pura, ahora estaba convencida de que su auto deportivo funcionaba con magia negra y brujos secuestrados.
—Le aseguro, abogada... que no hay ningún brujo en el motor —logró decir Alexander, con la voz pastosa por el esfuerzo de contener la risa—. Solo es tecnología avanzada.
—Eso es exactamente lo que un invocador de demonios diría para proteger sus secretos —sentenció Valentina, acomodándose el saco rojo y mirando la pantalla con recelo—. Vigilaré tus movimientos muy de cerca, León de Oro. Una soberana sabe reconocer el olor de la magia prohibida a kilómetros de distancia.
Federico se te fue la gallina de los huevos de oro se te acabó tu suerte
no se te ocurra acercarte porque no sabes de lo que pueda ser capaz.