Para Alexander Rivas, el control lo es todo. Como el profesor más temido de la facultad, su arrogancia es su armadura y su intelecto, su arma más letal.
Pero cuando se cruza con Valentina Soler, una alumna que no baja la mirada y que desafía cada una de sus reglas. Siente que su dominio y autocontrol está tambaleando ante el deseo de tenerla.
Lo que comienza como una guerra de voluntades pronto se convierte en sombras y un deseo voraz que amenaza con destruirlos a ambos.
Sin embargo, en el juego de la seducción, el peligro no es solo ser descubiertos.
Un secreto familiar, enterrado bajo años de mentiras, comienza a salir a la luz.
¿Qué pasará cuando descubran que sus vidas han estado entrelazadas desde mucho antes de conocerse?
¿Lograrán mantenerse unidos después de revelar ese secreto que puede destruirlos a ambos?
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CAPÍTULO 2. El primer encuentro.
Capítulo 2
El primer encuentro.
Valentina llegó temprano a clase ese día. El aula aún estaba vacía y el sol de media mañana se colaba a través de las persianas. A pesar del frío del aire acondicionado, sentía que el cuerpo ardía.
No podía dejar de pensar en el profesor Rivas. En su mirada y la tensión que parecía arrastrar consigo como una tormenta.
Había pasado toda la noche dándole vueltas a lo mismo: ¿por qué la miraba así?, ¿y por qué su corazón se aceleraba tanto cuando él estaba cerca?, como si algo terrible estuviera por ocurrir.
Sacó su libreta, anotó el tema de la clase y cerró los ojos por un segundo, intentando despejar la mente. Pero no pudo evitar revivir la escena de la piscina. Él de pie frente al vidrio, observándola.
La puerta del aula se abrió de golpe.
Alexander entró como un tornado, con esa energía tensa que lo caracterizaba. Su mirada recorrió el aula vacía hasta posarse en ella. Solo por un segundo. Apenas una milésima. Pero lo suficiente para que el aire se volviera denso.
—¿Soler? —preguntó, sin saludar.
—Sí —respondió ella, con más seguridad de la que sentía.
Él dejó su maletín sobre el escritorio, sacó unos papeles con brusquedad y comenzó a escribir en la pizarra.
Valentina fingió tomar apuntes, pero no podía concentrarse. Observaba cómo los músculos de su espalda se tensaban al escribir. Todo en él parecía estar en guerra con algo que no podía controlar.
Poco a poco fueron llegando los demás alumnos. Cata se sentó a su lado y le lanzó una mirada inquisitiva.
—¿Por qué tienes esa cara? —murmuró.
—¿Qué cara? —preguntó Valentina, haciéndose la tonta.
—Esa cara de "Vi a alguien desnudo en mis sueños y ahora no puedo ni mirar su rostro sin sonrojarme".
Valentina rodó los ojos, pero sus mejillas enrojecidas la delataron.
—No empieces, Cata.
—¿No me digas que te gusta el profe iceberg? Porque está claro que te escanea con la mirada mami. Ayer cuando salimos, te hizo un rayos X por la espalda.
Valentina la empujó suavemente con el codo, riendo.
—No lo hizo... él es solo es un profesor. Un poco más intenso que los demás, solo eso.
—Intenso es poco. Ese hombre parece una contradicción andante. ¿Sabes cuántas alumnas han intentado coquetearle? No las mira a ningunas, pero contigo es diferente, a ti si te mira.
Valentina se quedó callada. No quería admitirlo, pero Cata tenía razón. Por más que quisiera, él no podía evitar mirarla.
—Dejen de hablar —ordenó Alexander, sin siquiera voltear. Su voz grave y cortante las hizo enderezarse al instante.
—¡Santo cielo! —susurró Cata—. Me encanta y me aterra al mismo tiempo.
Durante la clase, Alexander lanzaba miradas fugaces hacia Valentina. Ella lo sentía. Podía percibirlo incluso sin verlo. Era como una corriente eléctrica silenciosa recorriendo la sala cada vez que él se movía.
Cerca del final, él dejó una lista de problemas por resolver en grupos de dos. Valentina ni siquiera alcanzó a abrir la boca cuando Julieta, con su tono hipócrita se adelantó:
—Profesor, Valentina debería trabajar conmigo. Ella no tiene mucha experiencia en este nivel, yo podría... ayudarla.
Valentina entrecerró los ojos. Sabía que detrás de su falsa preocupación había otras intenciones.
Alexander giró lentamente hacia Julieta, sus ojos filosos clavándose en ella.
—¿Está diciendo que Soler no es capaz de resolverlos sola?
Julieta parpadeó, incómoda.
—No... solo pensé que...
—No piense, Navarro. Le va mejor cuando repite.
Y sin más, escribió en la pizarra:
》"SOLER - INDIVIDUAL".
Valentina sintió que se le apretaba el estómago.
¿Eso era un castigo o una recompensa?
No lo sabía.
Cuando todos comenzaron a recoger sus cosas. Valentina se quedó un momento más leyendo los ejercicios con atención. No quería parecer afectada, aunque lo estaba, eran muchas hojas de cálculo para una sola persona.
Alexander cerró su carpeta y alzó la voz:
—Soler, necesito hablar con usted. Ahora.
Cata le lanzó una mirada fija que Valentina ignoró.
Esperó hasta que el aula quedara vacía y caminó hacia el escritorio.
—¿Hice algo mal, profesor?
—No —él la miró fijo—. Quería decirle que si no logra resolver los ejercicios, no se moleste en inventar excusas. No estoy para lidiar con alumnos que no saben defenderse ante los demás.
—No me interesa que me trate diferente. Solo quiero... aprender. Como todos los demás.
Él frunció el ceño. Hubo algo en esa frase que lo desarmó. Esa chica era muchas cosas, menos una víctima.
—Bien —dijo él—. Espero lo demuestre en la próxima clase.
Ella asintió, dando media vuelta. Pero antes de cruzar la puerta, se detuvo.
—Y por cierto, profesor. No soy tan débil como usted piensa.
Alexander se quedó inmóvil, con su respiración agitada y un pensamiento fijo golpeándole la mente:
"Ella no tiene idea del infierno que despierta en mí".
Esa tarde, Valentina fue a la biblioteca, pero no podía concentrarse. Cada vez que cerraba los ojos, veía la manera en que los labios del profesor Rivas se fruncían al escribir ecuaciones.
Caminó entre los estantes buscando un libro que le sirviera para los ejercicios.
—No tengo intención de causarte un infarto vaginal —murmuró Cata a su lado—. Pero el profe iceberg está en la sección de álgebra.
Valentina siguió leyendo la contraportada del libro en sus manos.
—¿Por qué siempre aparece cuando menos me lo espero?
—Porque te busca, pero está igual de jodido que tú. Te desea y se odia por hacerlo —susurró Cata.
—Eso no me ayuda —dijo Valentina, pero sus labios se curvaron con una sonrisa que no pudo evitar.
Alexander pasó junto a ellas sin mirarlas, aunque su cuerpo se tensó visiblemente. Tomó un libro, fingió leerlo y desapareció por uno de los pasillos laterales. Dejando el rastro de su perfume en el aire.
Esa noche, Valentina volvió a soñar con él. Pero esta vez no era un sueño húmedo. Él aparecía tras el cristal de piscina, observándola, sin poder tocarla. Y ella se ahogaba, desesperada, sin poder salir. Se despertó con el corazón acelerado, empapada en sudor.
—No lo mires más. No pienses más en él. No lo provoques. No lo busques...
Pero era tarde. El deseo se había alojado en ella como una semilla, germinando con cada mirada, con cada palabra. Y aunque no lo sabía aún, Alexander sentía lo mismo.
Solo que él, estaba decidido a resistirse... por ahora.