"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.
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CAPÍTULO 1: "La prueba que no pedí"
Encontré el test de embarazo en el basurero del baño de mi ex. No es que husmeara. Es que ella tenía la costumbre de tirar cosas importantes junto con los envoltorios de caramelos y los frascos de crema vacíos, y yo, después de seis meses de relación y cuatro de separación, aún no había perdido el reflejo de revisar sus papeles. Como si fuera su secretario. Como si aún me importara.
Pero esto no era un papel. Era una tira de plástico blanco con una ventanita diminuta y dos líneas rosadas tan nítidas que parecían pintadas con regla. Dos líneas. No una. Dos.
Me quedé mirándola cinco segundos. Luego la dejé caer de nuevo en la bolsa de basura como si quemara. Luego la saqué otra vez. Luego la sostuve contra la luz del baño, como si eso fuera a cambiar el resultado. No cambió. Dos líneas. Positivo. Embarazada. La palabra que no existe en mi vocabulario.
—¿Ana? —grité desde el baño, con la voz más neutra que pude—. ¿Por qué hay un test de embarazo en tu basura?
El silencio duró demasiado. El tipo de silencio que se mide en siglos y que sabe a sentencia. Cuando finalmente apareció en el marco de la puerta, su cara era un mapa de territorios en guerra: la frente fruncida, los ojos esquivos, la boca apretada como si estuviera mordiendo un lápiz invisible.
—Porque estoy embarazada —dijo.
—Ya veo. —Levanté el test como si fuera una prueba de laboratorio. —¿Y esto es... nuevo?
—Tres semanas.
—¿Tres semanas de qué?
—De saberlo. —Se cruzó de brazos y apoyó la cadera contra el marco. Su pose de defensa favorita. La que usaba cuando iba a decir algo que sabía que me iba a doler. —Y no voy a abortar.
No dije nada. Porque en mi cabeza había un procesador intentando calcular todas las variables posibles: el momento exacto de nuestro último encuentro —hacía seis semanas, en su cocina, después de una cena que empezó con vino y terminó con ella llorando por su gato muerto—, la fecha probable de concepción, el margen de error, el porcentaje de paternidad que un test de farmacia puede confirmar, y de repente mi cerebro se bloqueó como cuando un ordenador recibe demasiadas peticiones a la vez.
—¿Y tú? —preguntó ella, con esa voz que en otros tiempos usaba para pedirme que me quedara a dormir—. ¿Qué piensas?
—Estoy procesando.
—Siempre estás procesando. —Se rió sin ganas. —Llevas cuatro meses procesando nuestra separación. ¿Cuánto tiempo vas a procesar esto?
—No sé. —Dejé el test en el borde del lavabo y me lavé las manos, como si pudiera limpiarme la noticia—. ¿Cuánto dura un embarazo?
—Nueve meses.
—Entonces nueve meses.
Me miró como si yo fuera un alienígena que acababa de aterrizar en su baño. Y tenía razón. Para ella, yo siempre había sido eso: alguien que llegaba de otro planeta, con sus propias reglas, sus propias distancias, su propia forma de no entender nada que no fuera un informe ejecutivo o una hoja de cálculo.
—Vete —dijo.
—Ana...
—Vete. —Se giró y se fue al salón. —Ya te llamaré cuando decida qué hacer contigo.
No supe si eso significaba que yo formaba parte del embarazo o del problema. Supongo que ambas cosas.
Salí de su apartamento con el test en el bolsillo —no sé por qué me lo llevé, quizás porque necesitaba una prueba tangible de que no había sido un sueño— y caminé hasta mi coche. Un Audi negro, impecable, de solo dos años, el único sitio en el mundo donde las cosas estaban bajo control. Lo encendí, puse música clásica —era mi ruido blanco particular— y me senté sin moverme durante veinte minutos.
Mi mente hacía lo que mejor sabía hacer: listas.
Cosas que tengo:
· Un departamento en el centro, 65 metros cuadrados, mínimo, sin espacio para un bebé.
· Un trabajo que exige viajes, cenas con clientes, disponibilidad 24/7.
· Una cuenta de ahorros suficiente para mí, no para dos.
· Un libro de autoayuda sobre productividad que no he terminado.
· Una certeza absoluta de que no estoy hecho para ser padre.
Cosas que no tengo:
· Instinto paternal.
· Paciencia para llantos.
· Amor incondicional.
· Ganas de cambiar.
El problema es que las listas no resuelven nada. Solo organizan el pánico.
Llamé a mi mejor amigo, Pablo. No le dije lo del test. Le dije: "¿Tú crees que una persona puede saber si va a ser buen padre?".
Pablo se rió. "Nadie lo sabe, tío. Solo se lanzan y luego descubren que el 80% es improvisación y el 20% es aguantar".
—¿Y el otro 20%?
—Ese es el que no te cuentan. El que se inventa sobre la marcha.
Colgué y pensé que Pablo era un idiota. Pero también pensé que quizás tenía razón. El problema era que yo no quería improvisar. Yo quería un manual. Un PDF descargable con instrucciones paso a paso. Una hoja de ruta que me dijera: "en el mes 1 haz esto, en el mes 2 aquello, y si sientes pánico, aprieta el botón de reinicio".
Pero no hay botón de reinicio. Y los manuales de paternidad son todos iguales: hablan de amor a primera vista, de conexión mágica, de instinto que despierta. Yo no sentía nada de eso. Sentía una presión en el pecho, un nudo en el estómago, y una pregunta que no me atrevía a formular en voz alta: ¿y si nunca lo siento?
Esa noche, en mi departamento perfectamente ordenado, abrí el cajón del escritorio y saqué un bloc de notas. Escribí:
"No estoy adaptado a ser padre".
Luego lo taché y escribí:
"No quiero ser padre".
Luego lo taché también.
Al final, dejé la página en blanco. Porque no sabía ni siquiera cómo empezar a decir lo que sentía. Y esa, quizás, era la primera señal de que algo iba a cambiar. Aunque yo no quisiera verlo.
El teléfono vibró. Un mensaje de Ana:
"El lunes tengo ecografía. ¿Quieres venir?"
Mi dedo dudó sobre el teclado. Tres minutos. Cinco. Diez.
Al final escribí:
"Sí".
No sabía por qué. Quizás porque decir que no era más difícil que decir que sí. Quizás porque, en el fondo, una parte diminuta de mí quería ver si aquello era real. O quizás solo quería tener el control de algo. Aunque fuera de una cita médica.
Guardé el teléfono, apagué la luz y me quedé mirando el techo durante horas. El silencio de mi departamento era absoluto. Pero dentro de mi cabeza, dos líneas rosadas seguían brillando en la oscuridad.
Dos líneas. Un sí. Un cambio.
Y yo, que no estaba adaptado a nada, supe que aquello solo era el principio del fin de todo lo que conocía.