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Layla, La Pincesa Guerrera De Al-Jazair

Layla, La Pincesa Guerrera De Al-Jazair

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Romance paranormal / Época / Aventura
Popularitas:481
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL HOMBRE DE LOS MIL SECRETOS.

El sol empezaba a ocultarse detrás de las montañas altas de la Frontera Salvaje, pintando el cielo de tonos rojizos, púrpuras y dorados, cuando Layla y Caelen salieron de la ciudad de Roca Dura, alejándose del bullicio del mercado y adentrándose en los senderos estrechos que se abrían entre árboles antiguos y rocas gigantescas. Layla cabalgaba sobre Viento Negro, su yegua fiel, mientras Caelen iba a su lado, montando un caballo gris, fuerte y de aspecto rudo, que parecía responder a sus órdenes solo con una mirada.

Desde que habían dejado atrás las murallas, apenas habían intercambiado unas pocas palabras. Sin embargo, el silencio entre ellos no era vacío ni incómodo; estaba cargado de una energía densa, vibrante, una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Cada vez que Layla miraba de reojo a Caelen, sentía un escalofrío que le recorría la espalda, una mezcla de curiosidad, deseo y una intuición profunda que le gritaba que aquel hombre no era, ni de lejos, lo que aparentaba ser.

Caelen vestía ropas sencillas de cuero y tela gruesa, adecuadas para el clima duro de las montañas, y llevaba una espada larga y ligera al cinto, además de un arco y un carcaj lleno de flechas bien hechas. Sus movimientos eran fluidos, silenciosos, de una agilidad y una elegancia que no encajaban con la imagen de un simple habitante de la frontera. Tenía las manos grandes, de dedos largos, con cicatrices pequeñas en los nudillos y en las muñecas… marcas que parecían antiguas, marcas de haber sido atado, o de haber luchado muchas veces por su vida. Pero lo más inquietante y fascinante eran sus ojos: aquel azul grisáceo, profundo como el fondo de un océano desconocido, que parecía ocultar abismos de recuerdos, conocimientos y dolores que él no quería compartir con nadie.

—Dijiste que querías ver estas tierras, viajar y conocer lo que hay más allá —dijo él de repente, rompiendo el silencio con esa voz grave, rasposa y profunda que hacía que el cuerpo de Layla reaccionara de inmediato, despertando sensaciones que nunca antes había sentido—. Pero no me has dicho por qué. Una mujer como tú, que habla con autoridad, que se defiende sola, que conoce hierbas y armas… no suele viajar sola sin una razón muy poderosa. ¿Qué buscas realmente, Layla?

Ella lo miró directamente, sosteniendo su mirada desafiante. Había algo en él que la hacía querer quitarse todas las máscaras, pero al mismo tiempo, le decía que él tampoco estaba mostrando su verdadero rostro.

—Busco mi lugar en el mundo —respondió ella con sinceridad, aunque sin dar todos los detalles—. Busco aprender, ver cosas nuevas y demostrar que puedo valerme por mí misma sin que nadie me proteja ni me diga qué hacer. Y tú, Caelen… ¿qué buscas tú? ¿Por qué vives aquí, solo, despreciado por muchos, aunque sabes mucho más de lo que dejas ver?

Él desvió la mirada hacia el horizonte, donde las sombras crecían rápido, y una expresión dura, casi dolorosa, cruzó su rostro. Por un instante, Layla creyó ver una luz extraña en sus ojos, un brillo dorado que apareció y desapareció tan rápido que pensó que se lo había imaginado.

—Yo no busco nada —dijo él con frialdad, pero con una nota de amargor en la voz—. Solo sobrevivo. He vivido aquí desde que tengo memoria. No tengo familia, no tengo pasado, no tengo nada que me ate a ningún sitio ni a nadie. Soy lo que ves: un hombre de la frontera, un guía, alguien que sirve para llevar a otros de un lugar a otro. Nada más.

—Mientes —dijo Layla suavemente, con una sonrisa pequeña y segura—. Muy mal, además. Un hombre que no tiene nada, que no sabe nada, no mira el mundo como lo haces tú. No te mueves como un simple habitante. Y cuando me defendiste hace un rato, antes de que yo interviniera… vi cómo te movías. Fue un movimiento entrenado, preciso, antiguo. Como si hubieras aprendido a luchar antes de saber hablar. Y no me digas que no tienes pasado, porque lo llevas escrito en cada cicatriz y en cada sombra de tus ojos.

Caelen frenó su caballo en seco y se giró hacia ella. Su rostro estaba serio, sus labios apretados, y había una intensidad en su mirada que hizo que el corazón de Layla latiera desbocado. Por primera vez, ella vio algo más que dureza en él: vio miedo. Miedo a que ella descubriera lo que él escondía.

—Haces muchas preguntas, señorita —le dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso que acarició la piel de ella—. Y en estas tierras, saber demasiado puede ser muy peligroso. Para ti… y para mí. Lo que sea que creas que ves en mí, te equivocas. No soy nadie importante. Soy un error, un resto que quedó tirado en este rincón del mundo. Y cuanto antes lo aceptes, más segura estarás.

—No te creo —repitió ella, acercando su caballo al suyo, reduciendo la distancia entre ambos a apenas unos centímetros. Podía sentir el calor que emanaba su cuerpo, podía oler su aroma: a madera, a lluvia, a hombre, un olor fuerte y embriagador que la hizo sentir un calor repentino en el bajo vientre, una necesidad ardiente de acercarse más, de tocarlo—. Y además… creo que tú tampoco te crees eso. Creo que sabes quién eres, o al menos, sabes que eres mucho más de lo que dejas ver. Y te escondes.

Caelen no respondió. Se quedó mirándola, recorriendo con la mirada cada rasgo de su rostro, bajando lentamente hasta sus labios carnosos y rojizos, hasta su cuello, donde el pulso latía rápido y visible bajo la piel suave. El aire entre ellos se volvió pesado, cargado de deseo, una atracción magnética que ninguno de los dos podía ni quería detener. Layla sentía que iba a arder, que, si él no la tocaba pronto, algo dentro de ella iba a estallar. Había algo en él, una fuerza antigua, una magia latente que llamaba a la suya, que respondía a su propia naturaleza salvaje.

—Eres un problema, Layla —murmuró él, con voz ronca, mientras su mano grande y cálida se levantaba lentamente, rozando con la yema de los dedos la mejilla de ella, bajando por su mandíbula hasta su cuello. El contacto fue eléctrico, fuego puro que recorrió cada nervio de su cuerpo—. Una hermosa, peligrosa y maldita tentación. Debería dejarte aquí, volverme y dejar que sigas tu camino sola. Sería lo más sensato.

—Entonces no seas sensato —susurró ella, inclinándose hacia él, sus labios a milímetros de los de él, sus ojos brillantes de reto y de pasión—. Porque yo no quiero sensatez. Quiero verdad. Y te aseguro, Caelen, que tú también me quieres a mí. Por mucho que te escondas, por muchos secretos que tengas… me deseas tanto como yo a ti.

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