Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.
Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.
El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.
Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.
Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.
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Episodio 5
Unos momentos después, una enfermera salió de la sala de examinación con el rostro más tranquilo.
—Álvar, su estado ya se estabilizó. La reacción alérgica también empieza a ceder.
Álvar exhaló un suspiro largo, como si el peso en su pecho se aligerara un poco.
—Gracias. ¿Cuándo puede irse a casa?
—Por la tarde, si no hay reacciones adicionales. Por ahora, dejen que la señora Clara descanse.
Álvar asintió.
—Está bien.
Salió de la sala de examinación y se quedó de pie en el pasillo del centro de salud. Allí, algunas enfermeras que iban y venían murmuraban entre ellas, en voz baja, pero lo bastante claro como para oírse.
—¿Esa es la esposa del doctor Álvar? Dicen que es de la ciudad…
—Con razón se viste así, es muy diferente a la gente de aquí.
Álvar giró la cabeza; su mirada fue cortante, gélida, cargada de advertencia. Las dos enfermeras se callaron al instante, se miraron entre sí y luego fingieron estar ocupadas con sus respectivas tareas. Álvar no pronunció una sola palabra, pero su mirada había sido más que suficiente.
Al poco rato, una doctora se acercó. Llevaba el cabello recogido con pulcritud, el rostro sereno y maduro.
—Álvar.
Él se volvió.
—Doctora Ester —la saludó con cortesía, respetándola simplemente como colega en aquel lugar.
Ester esbozó una sonrisa tenue.
—Cuánto tiempo sin vernos.
Se quedaron frente a frente; hubo una pausa incómoda que no necesitaba explicación. Compañeros de preparatoria. Exnovios. Y recuerdos viejos que nunca se habían vuelto a hablar.
—¿Cómo está ella? —preguntó Ester, profesional.
—Ya está mejor. La alergia fue severa, pero se atendió rápido —respondió Álvar.
Ester asintió. Luego, como si dudara, preguntó:
—Esa… ¿es tu esposa? La que dicen que viene de la ciudad.
Álvar miró al frente.
—Sí, Clara es mi esposa.
Ester guardó silencio un instante y después sonrió levemente.
—Felicidades.
Extendió la mano. Álvar estaba a punto de estrechársela cuando…
—¡Doctora! ¡Sala dos! ¡Una embarazada con hemorragia!
El rostro de Ester se tensó de inmediato. Sin esperar respuesta, retiró la mano y se marchó a toda prisa.
—Tengo que ir.
Álvar asintió brevemente, mirando la espalda de Ester que se alejaba. No quedaba ningún sentimiento antiguo; lo único que ocupaba su cabeza ahora era un solo pensamiento.
Volvió a la sala de examinación. Clara yacía con el suero intravenoso conectado, el rostro aún pálido pero la respiración ya acompasada. Álvar se paró junto a la cama y contempló a la joven durante un buen rato.
Esa tarde, Clara por fin recibió el alta. Una enfermera le retiró el suero del dorso de la mano. Clara hizo una mueca leve y luego suspiró aliviada cuando la aguja se desprendió por completo.
Frente a la puerta de la sala de cuidados, Álvar permanecía erguido, con las manos en los bolsillos del pantalón. Su rostro seguía frío, indescifrable.
Al poco rato, la doctora Ester regresó. Una sonrisa cálida se dibujó en su rostro al saludar a Álvar. Conversaron brevemente; la distancia entre ellos era demasiado corta para tratarse de una simple relación entre médico y familiar de un paciente.
La mirada de Clara se endureció.
—Álvar, la receta del medicamento para la alergia hay que surtirla ahora. Así se lo toma en casa —dijo Ester.
Álvar asintió.
—Espera aquí —le dijo a Clara, escueto.
Sin más palabras, Álvar y Ester se marcharon juntos, dejando la habitación. Clara los siguió con la mirada hasta que desaparecieron al fondo del pasillo del centro de salud. El pecho le dolía de una forma extraña; no era la opresión de la alergia, sino algo que no quería reconocer.
Una enfermera que había estado acomodando el equipo médico sonrió de pronto.
—¿Sabía, señora Clara? La doctora Ester y Álvar hacen muy bonita pareja.
Clara permaneció en silencio.
—Antes eran novios —continuó la enfermera con tono entusiasmado—. Terminaron porque a la doctora Ester la obligaron a casarse con otro. Pero Álvar en esa época estaba perdidamente enamorado de ella. Y hasta ahora se nota que todavía…
—Basta —cortó Clara con dureza.
Se volvió hacia la enfermera y la miró sin asomo de sonrisa.
—No pregunté, y tampoco me interesa escuchar la vida de otras personas.
La enfermera se quedó callada, el rostro fruncido. Sin decir nada más, salió de la habitación murmurando por lo bajo:
—Típica mujer de ciudad… engreída y grosera.
Clara exhaló un suspiro de fastidio y giró el rostro hacia la ventana. En ese momento se oyeron pasos que se acercaban.
Álvar regresó con la bolsa de medicamentos en la mano. Se detuvo justo en el umbral de la puerta. Frunció el ceño al captar el resto del murmullo de la enfermera que se alejaba y la expresión de molestia en el rostro de Clara.
Clara bajó de la cama de inmediato y salió de la habitación sin voltear, sin dirigirle una sola palabra a Álvar. Sus pasos eran rápidos, la barbilla en alto, como si aquel pequeño centro de salud no mereciera retenerla un segundo más.
Álvar la siguió detrás, el rostro endurecido.
Cuando atravesaron el pasillo, algunas enfermeras que estaban cerca del mostrador de administración volvieron a cuchichear, esta vez sin molestarse demasiado en bajar la voz.
—Pobre Álvar…
—Su esposa es brava y engreída.
—Sí, es muy diferente a la doctora Ester. Bonita, dulce y educada.
Clara lo escuchó con toda claridad. Sus labios se curvaron en una línea fina y cínica. Siguió caminando sin voltear, como si aquellas palabras no fueran más que polvo en el aire.
Sin embargo, Álvar se detuvo. Se dio la vuelta y miró a las dos enfermeras con unos ojos tan gélidos que la sonrisa se les borró de la cara al instante.
—Cuiden lo que dicen —pronunció en voz baja, firme—. Ella es mi esposa.
Las dos enfermeras enmudecieron, se miraron entre sí y bajaron la cabeza. Ninguna se atrevió a replicar.
Desde el fondo del pasillo, la doctora Ester presenció la escena. La carpeta que sostenía se le aflojó un poco entre los dedos. Había algo en el rostro de Álvar que nunca le había visto antes: protector y lleno de convicción.
Álvar volvió a caminar para alcanzar a Clara, sin saber que su actitud de hacía un momento no solo había acallado los chismes, sino que también había cerrado una puerta del pasado.
Dentro del auto, el ambiente se congeló.
Clara se recostó contra la ventanilla, mirando hacia afuera sin interés. Álvar encendió el motor y lanzó una mirada fugaz hacia su esposa.
—No necesitas comportarte así —dijo al fin.
Clara soltó una risita seca, sin voltear.
—¿Así cómo?
—Tu actitud de hace un rato fue demasiado dura…
—Ellas empezaron primero —cortó Clara con frialdad—. La gente del pueblo solo sabe chismear. Les encanta meterse en la vida de los demás.
Álvar frenó un poco más brusco de lo necesario. Se volvió hacia Clara con la mirada cortante.
—Cuida lo que dices, Clara.
La mujer finalmente lo miró, con ojos desafiantes.
—¿Por qué? ¿Te ofendiste?
Álvar exhaló un suspiro largo, tratando de contener las emociones.
—Este es mi hogar. Ellos son las personas que conviven conmigo todos los días.
—Y yo no soy parte de ellos —replicó Clara de inmediato—. Yo no pedí vivir en esta aldea. A mí me obligaron.
Esa frase golpeó más fuerte de lo que Clara se daba cuenta.
Álvar volvió a fijar la vista en el camino, la mandíbula apretada.
—Pero ahora eres mi esposa. Te guste o no, estás aquí bajo mi nombre.
—Si pudiera elegir, no querría ser tu esposa. No te quiero y no quiero vivir aquí. Creo que lo mejor es que nos divorciemos, porque este matrimonio estuvo mal desde el principio —soltó Clara con irritación.
Álvar apretó el volante con fuerza. Su silencio dejaba en claro lo furioso que estaban aquellas palabras de Clara. Aunque el matrimonio hubiera comenzado sin amor, Álvar lo respetaba.