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Mi Exmarido Millonario Ahora Es Mi Jefe

Mi Exmarido Millonario Ahora Es Mi Jefe

Status: Terminada
Genre:CEO / Oficina / Reencuentro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:3.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Rafaella Sol

Heloísa aprendió a levantarse antes del amanecer, a tomar dos trenes con la vianda en el bolso y una hija dormida en la memoria, a sonreír con la dignidad de quien no le debe nada a nadie. Seis años atrás, un matrimonio se le deshizo entre las manos y una familia poderosa la borró del mapa como quien limpia una mancha. Ella sobrevivió. Se reconstruyó. Enterró aquel nombre para siempre.

Hasta la mañana en que ese nombre volvió a aparecer en la pantalla de su computadora: Vicente Vasconcelos, el nuevo presidente de la empresa. Su exmarido. Su jefe. Y a su lado, una prometida embarazada del brazo y una sonrisa afilada.

Pero hay algo que no encaja. Un osito de peluche gastado que Heloísa juraría reconocer. Una niña de ojos oscuros que la huele y susurra que "huele a mamá". Un hombre de hielo que, de repente, guarda el aroma de un jabón descontinuado y pide "por favor" por primera vez en su vida. Cuanto más intenta Heloísa mantener las distancias, más se derrumban los muros que tardó seis años en levantar… y más cerca queda de una verdad que alguien enterró junto con todo lo demás.

NovelToon tiene autorización de Rafaella Sol para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

POV: Heloísa

—…nunca logré dejar de pensar en ti —terminé, y la verdad se me escapó entera antes de que pudiera recogerla.

Él dejó de respirar. Lo vi. El pecho, que le subía y bajaba, se le trabó a la mitad, y la mano apoyada en el respaldo de mi silla se cerró.

Pero no sonrió, no se aprovechó, no hizo nada de lo que yo esperaba. Solo me pasó el brazo por encima de su hombro, me puso de pie con cuidado, firme, sujetándome por la cintura cuando las piernas me flaquearon, dejó dinero sobre la mesa y me guio afuera del bar, con Dandá detrás asegurándose de que quedaba en buenas manos antes de tomar su propio auto. En la puerta me apretó el brazo, me buscó los ojos por si yo quería que se quedara, y yo negué con la cabeza, y ella lo dejó pasar.

Su auto era grande y silencioso, olía a cuero y a nada. Me acomodó en el asiento trasero, me bajó un dedo el vidrio para que entrara el aire frío, me dio una botella de agua y me mandó beber.

—Bébela toda. Despacio.

Bebí. El aire de la noche entró, cortante, y la ciudad pasaba afuera en franjas de luz, los faroles escurriéndose en el vidrio. Poco a poco el bar dejó de dar vueltas. El agua y el frío fueron limpiando la niebla, un trago a la vez, y lo que quedó, cuando bajó la borrachera, fue una lucidez calma y peligrosa, de esas que uno solo tiene tarde en la noche, cuando las defensas del día ya se fueron a dormir.

Lo miré, sentado a mi lado, la cara vuelta al frente, las manos quietas en el regazo, los puños medio cerrados, conteniéndose para no tocarme, esperando a que yo estuviera bien. Y fue eso, esa contención suya, ese hombre enorme haciéndose pequeño para no asustarme, lo que deshizo el último nudo.

—Vicente.

—Dime.

—Para el auto.

Me miró, y algo en mi tono lo hizo revisarme los ojos, medir si yo estaba de verdad ahí. João, adelante, se orilló en un tramo oscuro y vacío al borde de una plaza y, sin que nadie se lo mandara, bajó del auto y se fue a caminar, discreto, las manos en los bolsillos, dejándonos solos.

—Bebiste, Helô. —Su voz estaba tensa, controlada, cada palabra medida—. Sea lo que sea que estés pensando, no vamos a hacer nada contigo borracha. Mañana me odias, y con razón.

—No estoy borracha ahora. —Le puse la mano en la cara, sentí la barba corta rasparme la palma, y él cerró los ojos con el contacto como quien recibe un golpe, como quien esperó eso demasiado tiempo—. Estoy cansada. De seis años fingiendo que no. —Me acerqué más en el asiento ancho, el cuero cediendo debajo de mí—. Dime que pare, y paro. Pero no me digas que no sé lo que quiero. Lo sé exactamente.

Abrió los ojos. Y lo que había en ellos era solo el Vicente, el mío, sin el CEO, sin el enemigo, sin el hombre de otra, con seis años de nostalgia represada rajándose de golpe, los ojos brillándole en la luz de la calle que entraba.

—¿Estás segura? —dijo, y sonó menos a pregunta y más a un último portón que él abría para que yo lo cerrara si quería.

—Segura.

Fui yo quien cruzó la última línea. Fui yo quien le sostuvo la cara con las dos manos y se la acercó a la mía, y cuando nuestras bocas se encontraron después de seis años, no hubo ninguna vacilación, hubo hambre, la mía tanto como la suya. Él hizo un sonido ronco atrapado en la garganta, un sonido que sentí más que oí, y me jaló hacia su regazo, las manos abiertas en mi espalda, subiendo, memorizando de nuevo un cuerpo que ya había sido suyo de memoria, los pulgares deteniéndose en la curva de mis costillas como quien reconoce el camino.

Fue torpe y urgente y demasiado bueno. El asiento pequeño, la ropa en el camino, el vidrio empañándose con nuestra respiración, el mundo de afuera reducido a un borrón de luz. Y por primera vez en toda la historia entre nosotros dos, era yo quien marcaba el ritmo, era yo quien mandaba, y él me dejó, las manos firmes en mi cintura pero siguiéndome, no guiándome, los ojos clavados en los míos como si el mundo entero dependiera de no desviarlos. Cada vez que yo me detenía, él se detenía. Cada vez que yo respiraba hondo, él esperaba. Él era el fuerte de los dos, siempre lo había sido, y ahí, en aquel asiento, me entregó el mando entero y se quedó quieto debajo de mí, temblando, dejándome hacer.

—Helô —dijo bajito, contra mi cuello, mi clavícula, como quien reza. Repitió mi nombre tantas veces que se volvió otra cosa, se volvió disculpa, se volvió nostalgia, se volvió todo lo que él nunca supo decir con palabras a la luz del día.

Yo no dije nada. Dejé que el cuerpo dijera lo que la boca no iba a admitir, escondí la cara en su hombro para que no viera lo que había en mis ojos, y por una noche, una noche sola, dejé de correr.

Desperté en mi propia cama cuando el sol ya estaba alto, una franja de luz atravesando el cuarto, la cabeza latiéndome sorda.

Bel había dormido en casa de una amiguita, el departamento estaba en silencio, y yo estaba sola entre las sábanas, todavía con su camiseta encima, el recuerdo entero de la noche anterior demasiado nítido para que fingiera no acordarme. Y Vicente estaba en la cocina. Lo oía moviéndose en mi cocina diminuta, la puerta de la alacena que chirriaba, el cajón de los cubiertos, el agua cayendo en la tetera, como si aquel fuera su lugar, como si lo hiciera todos los días.

El pánico llegó junto con la resaca, subiendo desde el estómago.

Lo que había hecho. Otra vez. Abrir la rendija. Dejarlo entrar. Y ahora él estaba ahí, haciendo café en mi casa, descalzo sobre mi piso frío, y la siguiente parte de esa historia ya me la sabía de memoria: era yo enamorándome de nuevo y él volviendo a su vida, a Letícia, al bebé, y yo en el suelo otra vez, y esta vez con Bel viéndome caer, viéndome convertir en aquella madre que no se levanta de la cama.

No. No iba a dejar que se volviera eso.

Me levanté, el cuarto girando un segundo, me puse la bata y me até el cinto apretado, y antes de que se me escapara el valor, saqué la cartera del bolso. Tomé dos billetes de cien. Doscientos reales. Los billetes me temblaban en la mano y afirmé los dedos. Fui hasta la cocina, donde él estaba de espaldas, sin camisa, sirviendo el café en dos tazas, una de ellas mi taza despostillada de siempre, tan a gusto que dolía, y puse los billetes en la encimera, al lado de su taza, con un golpe seco.

Se dio la vuelta. Miró el dinero. Me miró a mí, sin entender, la media sonrisa de buenos días muriéndosele despacio.

—Esto paga la noche —dije, la voz fría, cada palabra un muro que yo levantaba ladrillo por ladrillo—. Fue solo eso, Vicente. Un ajuste de cuentas de hace seis años. Ahora está saldado. Ya no nos debemos nada el uno al otro.

Vi lo que esos dos billetes le hicieron. Lo vi entrar por dentro, como un clavo, despacio. Su cara, que había despertado suave, se fue endureciendo línea por línea, la mandíbula trabándose, y algo en sus ojos se apagó, herido de una manera que me dio ganas de tragármelo todo de vuelta, de arrancar los billetes de la encimera y pedir perdón.

No me lo tragué. Sujeté el borde de la encimera con las dos manos a mis espaldas, porque la encimera era lo único que me mantenía entera.

Él no tomó el dinero. Dejó los billetes ahí, entre nosotros, y se quedó mirándome como quien intenta entender qué lengua estaba yo hablando, una lengua que él conocía porque también era la suya.

Entonces lancé la segunda cosa, la que iba a cerrar la puerta de una vez.

Fui hasta la sala, saqué del bolso el sobre que había preparado el día anterior, volví y lo golpeé sobre la encimera, encima de los dos billetes.

—Y esto es mi carta de renuncia. —Lo miré bien a los ojos, sin parpadear, costara lo que costara—. Me voy de la empresa, Vicente. El lunes no vuelvo.

Su cara se cerró de una vez, oscura como nunca la había visto, y el vapor de mi taza subía entre los dos, olvidado.

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