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PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.

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La costa que nos recibe

A la mañana siguiente, el mar cambió de tono: el azul profundo se tornó en turquesa y verde claro, y el aire trajo un aroma dulce a pino, tierra mojada y flores silvestres. Desde la proa, Ariadna señaló hacia el horizonte, donde una mancha oscura empezaba a crecer entre la bruma.

—Ahí está —dijo, suavemente—. Naxos.

Asterión se acercó despacio, sin apartar la vista. La isla se revelaba poco a poco: colinas cubiertas de bosque que bajaban hasta playas de arena blanca, acantilados bajos bañados por espuma, y en la cima más alta, un templo antiguo de mármol que brillaba bajo el sol. No era una isla grande, ni fortificada, ni llena de gente. Parecía tranquila, abierta, esperando.

El barco redujo la marcha y se dirigió hacia una bahía protegida. Los pasajeros empezaron a recoger sus cosas, murmurando entre ellos, y las miradas volvieron a posarse en Asterión. Esta vez, sin embargo, él no se encogió. Se mantuvo de pie, con la cabeza alta, la mano de Ariadna entre las suyas. No devolvía las miradas con desafío, sino con calma.

Cuando la proa tocó la arena y la pasarela se bajó, los demás esperaron, indecisos, como si temieran pasar primero. Ariadna lo miró.

—¿Bajamos juntos?

Él asintió.

—Juntos.

Bajaron uno al lado del otro. La arena estaba tibia y fina bajo sus pies. Asterión se detuvo al instante, sintiendo la textura, la calidez, la firmeza de un suelo que no era de piedra fría ni húmeda. Respiró hondo, llenando los pulmones de un aire que no olía a encierro.

—Es… suave —murmuró, casi para sí mismo.

—Es nuestra —respondió ella, apretando su mano.

Caminaron hacia la orilla, donde el agua rompía suavemente. Algunos isleños que habían acudido al embarcadero se detuvieron al verlo: mujeres que llevaban cestas, pescadores que descargaban redes, niños que corrían por la arena. Los murmullos empezaron de inmediato. Unos señalaban con asombro, otros daban un paso atrás. Una mujer tomó a su hijo del brazo y lo atrajo hacia sí.

Asterión sintió el peso de todas esas miradas. Algo en su pecho se tensó, la vieja costumbre de querer desaparecer volvió a empujarlo. Pero antes de que pudiera bajar la cabeza, sintió la mano de Ariadna apretar la suya con firmeza. Lo miró de reojo y ella le sonrió, con esa sonrisa que le daba fuerzas desde niña.

Entonces pasó algo inesperado. Un anciano que estaba sentado sobre una roca, observando todo en silencio, se levantó y se acercó. Caminaba despacio, apoyado en un bastón, sin apartar la vista de Asterión. Todos callaron. El hombre se detuvo frente a él, lo miró de arriba abajo, y luego dijo, con voz clara y tranquila:

—Nadie llega aquí por casualidad. El mar trae a quien debe llegar. Bienvenidos.

Asterión parpadeó, sin saber qué responder.

—¿No tienes miedo? —preguntó, con honestidad.

El anciano sonrió.

—El miedo nace de no conocer. Y yo veo a alguien que camina junto a la persona que lo ama. Eso no me da miedo. Me da esperanza.

Se giró hacia los demás.

—¿Acaso no vemos a diario cómo los hombres con apariencia dulce hieren y traicionan? Y ahora tememos a quien no ha hecho nada malo? Dejadlos en paz.

La tensión se aflojó poco a poco. Nadie se acercó más, nadie se hizo amigo de inmediato, pero tampoco lo apartaron. Los niños dejaron de esconderse detrás de las faldas de sus madres y lo miraban con curiosidad en lugar de terror.

Ariadna y Asterión siguieron caminando, alejándose del pueblo, hacia los bosques que cubrían el interior de la isla. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos, solos entre árboles y el sonido del mar, él se detuvo y miró a su alrededor.

—Creí que todo sería hostil —confesó—. Pero… hay algo aquí que no se siente como una amenaza.

—Es porque no llevamos miedo —dijo ella—. O al menos, ya no vamos solos con él.

Se sentaron bajo un gran árbol de hojas oscuras, mirando hacia el mar que los había traído. El sol empezaba a bajar, tiñendo todo de luz dorada. Por primera vez, Asterión no se sintió observado ni juzgado. Se sintió… en casa.

—Ariadna —dijo, volviéndose hacia ella—. Gracias. Por no soltarme la mano, aunque todos me miren así.

Ella le acarició la mano, entrelazando los dedos.

—Nunca la soltaré. Y un día… un día te mirarán y verán solo a ti. Y ya no notarán nada más.

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