Anna creyó que era huérfana y pobre, pero en realidad es Leah, la heredera perdida del imperio mafioso de León. El día que su propio hermano Theo la encuentra, su pasado empieza a cobrarle factura.
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Capitulo 23 #Decisión tomada#
Después de un rato, el médico retiró la vía intravenosa.
Anna pudo sentarse finalmente en la cama. Todavía se sentía débil, pero ya tenía más claridad en la cabeza.
Miró a su abuela.
—Quiero volver a casa.
Margareth asintió inmediatamente.
—Claro, hija.
Mientras Anna comenzaba a prepararse, Margareth salió un momento al tocador.
Henry aprovechó la oportunidad para acercarse.
—Anna, necesito contarte algo.
La joven lo miró fijamente.
—¿Qué pasa?
Henry dudó unos segundos.
—Le mentí a tu abuela.
Anna bajó la mirada.
—Ya me di cuenta.
—No quería que se enterara del secuestro. Tiene una edad en la que una noticia así podría afectarla demasiado. Podría haberle dado un ataque.
Anna suspiró.
—Hiciste muy bien.
Henry continuó:
—Pero hay algo que sí quiero que sepas. Félix y un amigo suyo llamado Theo fueron quienes te rescataron del galpón junto conmigo.
Anna levantó la mirada.
—¿Theo?
—Sí. Yo todavía no lo conocés, pero se quedó cuidándote después de que Félix tuvo que irse.
—¿Sabés por qué se fue?
—Su padre lo llamó. Le exigió que regresara a su casa inmediatamente.
Anna permaneció en silencio unos segundos.
—¿Y Theo se quedó?
Henry sonrió levemente.
—Sí. No se movió de acá hasta que llegó tu abuela.
Anna pareció sorprendida.
—¿Y por qué hizo eso?
Henry se encogió de hombros.
—No lo sé. Pero ese chico es algo especial.
Anna no respondió.
—Te cuidó sin pedirte nada a cambio —agregó Henry—. Y, por lo que pude ver, estaba realmente preocupado por vos.
Anna bajó la mirada.
—Entonces estoy muy agradecida con él.
No conocía a Theo.
Ni siquiera había tenido oportunidad de hablar con él.
Pero alguien que había arriesgado su vida para rescatarla y después se había quedado a su lado sin pedir absolutamente nada merecía, como mínimo, su gratitud.
Henry la observó unos segundos.
—¿Qué? —preguntó Anna.
—Nada. Solamente estaba pensando.
—¿En qué?
—En Félix.
Anna cerró los ojos.
Aquello era justamente lo que no quería escuchar.
—Henry...
—¿Qué pasa?
La joven respiró profundamente.
—Creo que es mejor que Félix no esté cerca de mí.
Henry la miró sorprendido.
—¿Por qué?
Anna tardó unos segundos en responder.
—Tomé una decisión importante.
Levantó la mirada y lo observó directamente.
—Voy a alejarme de él todo lo que pueda.
—¿Estás segura?
—Sí.
Su voz sonó triste, pero firme.
—No puedo competir con mi querida prima.
Henry frunció el ceño.
—¿Competir?
—Caroline siempre estuvo enamorada de él. Y su familia jamás va a permitir que estemos juntos.
Anna bajó la mirada.
—Desde que tengo uso de razón, su familia me trató diferente por ser humilde y huérfana. Nunca me consideraron suficiente para estar cerca de él.
Henry quiso responder, pero Anna continuó.
—No quiero seguir causando problemas. Félix merece una vida tranquila y, para serte sincera, yo también.
Hubo un breve silencio.
Anna miró hacia la ventana.
—Quizás el amor no debería ser tan complicado.
Henry permaneció callado.
—Yo siempre pensé que si algo llega con demasiadas trabas, demasiados obstáculos y demasiados problemas, quizás es porque no tiene que suceder —continuó ella—. Tal vez sea mejor dejar las cosas por lo sano, sin tantas vueltas.
Su voz comenzó a quebrarse ligeramente, pero se obligó a mantener la calma.
—Félix tiene una familia que lo quiere, una posición, un futuro... Yo no quiero convertirme en el motivo de una guerra entre ellos.
Henry negó lentamente con la cabeza.
Anna no estaba renunciando porque hubiera dejado de amar a Félix.
Estaba renunciando porque había aprendido, desde muy pequeña, a ponerse siempre en segundo lugar.
A sacrificar lo que quería para evitar problemas.
—Además —continuó Anna—, pronto me voy a la universidad. Voy a estar lejos de ellos. Quizás sea lo mejor.
Hizo una pequeña pausa.
—Ojalá salga todo bien.
Henry la miró con profundo cariño.
Había algo en aquella muchacha que le resultaba difícil de explicar.
Había sufrido muchísimo y, aun así, seguía preocupándose por no hacerle daño a los demás.
—Ojalá, hija.
Se acercó un poco y le habló con sinceridad.
—Pero quiero que recuerdes algo.
Anna levantó la mirada.
Henry sonrió.
—Sabés que contás conmigo, ¿no?
La joven lo miró durante unos segundos.
Y aquella simple frase significó mucho más de lo que Henry podía imaginar.
Porque Anna había pasado gran parte de su vida creyendo que tenía que enfrentarlo todo sola.
Y ahora, por primera vez, alguien más le estaba diciendo que no tenía por qué hacerlo.
—Gracias, Henry —respondió ella con una pequeña sonrisa.
Él asintió.
—Siempre.
En ese momento, Margarethe regresó del tocador.
—¿Nos vamos, hija?
Anna tomó sus cosas.
—Sí, abuela.
Y mientras las dos se preparaban para regresar a su hogar en Berlín, Anna creyó que acababa de cerrar una puerta.
No sabía que, en realidad, acababa de abrir varias.
Una hacia su futuro.
Otra hacia un amor que todavía no estaba terminado.
Y otra, mucho más peligrosa, hacia un pasado que estaba a punto de encontrarla.