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Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Status: Terminada
Genre:Maldición / Demonios / Romance / Completas
Popularitas:482
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 17: La quinta sobre la cresta de los vientos

El mes de junio avanzaba hacia el solsticio con una terquedad canicular que transformaba las tardes de la sierra en un horno de aire estancado y luz deslumbrante. En la cuenca alta del río, los pastos de las laderas se habían vuelto de un color rubio tostado, duro como el esparto, y los cauces secundarios de montaña quedaban reducidos a hilos de agua transparente que apenas lograban humedecer los cantos rodados del fondo.

​En la Casona de los Cedros, el ambiente de la primera planta era el de un cuartel general en vísperas de una maniobra decisiva.

​A las cuatro y media de la mañana, la sombra del gran cedro aún se fundía con la negrura del patio, pero en el gabinete de estudio la luz blanca de tres quinqués de gas acetileno iluminaba una mesa de centro que había sido despejada de planos generales para dar espacio al mapa esquemático de las tres estaciones de alivio pasivo que restaban por activar: el molino de viento de la cresta alta (La Guadaña), el antiguo sifón de la cantera de cal y el nudo maestro situado bajo las galerías inferiores de la propia casona.

​Gabriel Thorne vestía una camisa de popelina gris perla con las mangas dobladas con precisión matemática hasta los codos, pantalones oscuros de loneta resistente y botas de campo con refuerzo de latón en los talones. Llevaba en la mano una plumilla de estilográfica con la que trazaba vectores de flujo sobre una lámina de papel vegetal transparente, calculando las desviaciones angular que causaría la entrada en servicio de la cuarta estación.

​Valeria Gómez entró en la estancia llevando una bandeja de mimbre con dos tazones humeantes de sopa de ajos fritos con pan de picatostes, dos huevos escalfados y una jarra de café negro concentrado.

​Vestía un jersey fino de algodón de color verde oliva, pantalones de trabajo reforzados en las rodillas con parches de cuero y una pañoleta de seda marrón liada al cuello para evitar los roces del arnés de escalada.

​—Las lecturas del barómetro han bajado tres milímetros en las últimas dos horas, Don Frío —anunció Valeria, apoyando la bandeja sobre una banqueta auxiliar para no tapar los mapas de Gabriel—. En la cima de la cresta de los vientos el aire está soplando a más de cuarenta kilómetros por hora desde el noroeste. Mateo dice que las aspas del viejo molino de La Guadaña están girando solas por primera vez en treinta años.

​Gabriel no interrumpió el trazo de la estilográfica hasta que completó el círculo concéntrico sobre la cima del cerro.

​—Esa aceleración eólica es el resultado directo de la diferencia de temperatura entre el valle caldeado y la masa de aire frío que la red de resonadores está atrayendo sobre las capas altas de la atmósfera —explicó Gabriel, dejando la pluma sobre el tintero de cristal—. El molino de La Guadaña no es una estructura de molienda de grano, Valeria. Fue diseñado por Esteban Alarcón en 1891 como una bomba de vacío cinético. Si las aspas giran sin la resistencia del contrapeso interior, el eje de transmisión de hierro fundido puede gripcharse por fricción en menos de veinte minutos.

​Valeria tomó uno de los tazones de sopa y se lo tendió, obligándolo a hacer una pausa.

​—Tómate la sopa primero, especialista. No vamos a subir mil doscientos metros de desnivel con el estómago vacío solo porque a un eje de hierro de ciento treinta años le dé por protestar.

​Gabriel aceptó el tazón, sintiendo la calidez de la loza en las manos. La contempló a través del vapor de la sopa, notando la firmeza sin fisuras de su mirada, la solidez con que asumía la inminencia del choque final con la firma y el matiz de vitalidad indomable que impregnaba cada uno de sus movimientos.

​—Usted gestiona la disciplina alimentaria del equipo con un rigor que avergonzaría al cuerpo de intendencia de la firma, señorita Gómez —dijo Gabriel, dando una primera cucharada a la sopa.

​—Gestiono la supervivencia de mi equipo, Don Frío —corregió ella, dándole un mordisco a una tostada de pan frito—. El profesor Rivas ha terminado de revisar los cálculos del contrapeso. Dice que el disco de regulación eólica del molino requiere una carga de trescientos kilos de contrapunto para entrar en fase con los resonadores de la ermita, la mina y la herrería.

​—El contrapunto está garantizado por la masa de plomo fundido que Esteban dejó en la caseta de la base —aclaró Gabriel—. El problema operativo no radica en la masa, sino en la corrosión del embrague de trinquete que conecta el eje vertical con el pozo de alivio. Tendré que liberar el embrague manualmente desde la plataforma superior del molino mientras usted y Mateo aplican la tensión de retención desde la sala de muelas.

​Valeria lo miró con fijeza, deteniendo la cucharada a mitad de camino.

​—¿La plataforma superior? Estamos hablando de un balcón de madera colgado a catorce metros de altura sobre un acantilado de esquisto donde el viento del noroeste sopla con fuerza de galerna, Gabriel.

​—Es el único punto de acceso al mecanismo de desembrague, Valeria —contestó él con esa calma imperturbable que solía desesperarla y fascinarla a partes iguales—. El protocolo de seguridad exige el uso de un arnés de doble cabo con anclaje de trinquete pasivo. Si el viento supera los cincuenta kilómetros por hora, la maniobra se ejecutará con línea de retención asistida desde la base por Mateo.

​Valeria dejó su tazón sobre la bandeja, se acercó a la silla de Gabriel y se inclinó hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del suyo.

​—No me hables en idioma de manual de instrucciones, Gabriel Thorne —dijo ella en un susurro cargado de una determinación apasionada—. Vas a subir a esa plataforma con dos cordinos de seguridad, el arnés de retención que revisé anoche y la promesa de que no vas a arriesgar la vida por una pieza de hierro oxidado. ¿Entendido?

​Gabriel extendió la mano, tomó el rostro de Valeria entre sus dedos largos y le acarició la mejilla con una delicadeza infinita, sintiendo el latido rápido y firme de su pulso.

​—Entendido, copropietaria —respondió Gabriel, inclinándose para darle un beso corto, profundo y cálido en los labios que olía a café y a pan recién horneado—. La integridad del especialista es una condición previa e indispensable para la conservación del inmueble.

​A las siete de la mañana, la silueta del molino de La Guadaña se recortaba contra un cielo de un azul acerado y limpio sobre la cresta más alta de la sierra.

​La torre del molino, construida con mampostería pesada de granito gris y rematada por una cubierta cónica de teja de piza oscurecida por el tiempo, se alzaba como un faro solitario sobre un espolón rocoso que caía en vertical sobre el barranco de las Águilas. Sus cuatro aspas gigantescas de madera de pino silvestre y tirantes de hierro forjado giraban con un gemido rítmico, grave y majestuoso, cortando el aire de la cumbre con un chasquido sordo que se oía a más de quinientos metros de distancia.

​El viento del noroeste soplaba con una fuerza constante, haciendo silbar la vegetación rala de brezo y piornos que cubría la cresta.

​Al pie de la torre, Mateo y el profesor Anselmo Rivas terminaban de descargar del furgón de campo las cajas de herramientas de bronce, las roscas de fricción de cobre y el tecle de poleas dobles con cable de acero que utilizarían para elevar la carga de regulación.

​Gabriel y Valeria subieron por el sendero serpentino de la cresta equipados con trajes de cordura impermeable, cascos rígidos de protección y arneses de escalada de alta resistencia equipados con mosquetones de aleación ligera.

​El profesor Rivas se detuvo junto a la puerta de roble reforzado de la base del molino, ajustándose la correa de su sombrero para evitar que el viento se lo llevara.

​—Mira la estructura del edificio, Gabriel —dijo el anciano profesor, señalando los sillares de granito de la base—. Esteban Alarcón no apoyó la torre sobre la roca viva. Construyó una cimentación flotante sobre una capa de arena de cuarzo mezclada con granalla de plomo. El molino completo oscila dos milímetros por cada golpe de viento, absorbiendo las vibraciones de la cresta y convirtiendo la fuerza cinética del aire en una corriente de presión negativa que desciende por el pozo central.

​Valeria tocó la pared de granito. A pesar de la solidez visual de los bloques de piedra, una vibración sutil, rítmica y profunda, similar al latido de un corazón mecánico, se transmitía a través de la mampostería hasta la planta de sus botas.

​—Es como si la torre estuviera respirando —dijo Valeria, mirando hacia arriba, donde las aspas cortaban el cielo con una fuerza impresionante.

​—Está respirando, Valeria —confirmó Gabriel, sacando su medidor de inducción y comprobando las agujas del dial analógico—. El pozo central del molino se conecta directamente con la cuarta vena de alivio de la red subterránea. Si logramos acoplar el embrague cinético, la tensión acumulada en la cresta se disipará en menos de quince minutos, neutralizando los sensores de prospección que la firma ha instalado en el puerto de montaña.

​Mateo abrió la puerta de roble con una llave pesada de tres paletones que Valeria había recuperado del baúl de su abuela.

​El interior de la torre olía a madera seca, grasa de ballena rancia, polvo de piedra y viento frío.

​En el centro de la planta baja, una enorme rueda catalina de madera de encina con dientes de guayacán de diez centímetros de grosor giraba lentamente sobre un eje vertical de hierro de quince centímetros de diámetro que se perdía en la penumbra de las plantas superiores. Bajo la rueda, un pozo circular de seis metros de profundidad, protegido por una balaustrada de hierro forjado, albergaba el cuarto resonador pasivo: una esfera de cuarzo transparente de medio metro de diámetro suspendida en el aire dentro de una jaula de anillos de bronce oscilantes.

​La esfera no brillaba todavía. Permanecía inerte, reflejando apagadamente la luz fría que entraba por las saeteras de la torre.

​—El eje está girando en vacío —evaluó Gabriel, inspeccionando el sistema de transmisión con la linterna halógena—. El trinquete superior no ha enganchado porque la palanca de desacoplamiento quedó bloqueada por el óxido en la posición de mantenimiento cuando Esteban clausuró la estación en 1898.

​—¿Cómo subimos a la plataforma superior? —preguntó Valeria, señalando una estrecha escala de gato de hierro forjado que subía en espiral pegada a la pared de mampostería hasta el nivel del sombrero de la torre.

​—Yo subiré por la escala de gato con el tecle de liberación y el aceite desoxidante galvánico —ordenó Gabriel, ajustando las hebillas de su arnés—. Mateo y el profesor mantendrán la retención del cable de seguridad desde el cabrestante de la base. Valeria, usted permanecerá en la planta intermedia para operar la palanca de cambio de marcha cuando yo libere el trinquete superior.

​Valeria lo tomó del brazo antes de que pusiera el pie en el primer peldaño de la escala.

​—Lleva el emisor de radio portátil encendido en la solapa, Thorne. El ruido de las aspas en el piso superior es ensordecedor. No oirás mis gritos desde allí.

​Gabriel la miró a los ojos, apretó su mano con una firmeza serena y le guiñó un ojo con una complicidad que disipó de golpe la tensión del ambiente.

​—Su voz es el único parámetro de frecuencia que mi sistema no pasa por alto, señorita Gómez. Estaré en contacto constante.

​El ascenso a la planta superior del molino de La Guadaña era una prueba para los nervios de cualquier especialista en contención.

​A medida que Gabriel ganaba altura por la escala de gato de hierro, el rugido del viento exterior se transformaba en un bramido continuo que hacía vibrar las tejas de pizarra de la cubierta. La torre de granito oscilaba con una cadencia lenta pero perceptible, un balanceo de un par de milímetros que requería mantener el centro de gravedad perfectamente alineado con los peldaños de la escala.

​El aire en el nivel superior era gélido, cargado con la humedad de las nubes bajas que rozaban la cumbre de la sierra.

​Gabriel alcanzó la plataforma de mantenimiento del sombrero del molino: una pasarela circular de roble de apenas ochenta centímetros de anchura colocada justo debajo de la enorme viga del fuso, donde el eje horizontal de las aspas se acoplaba mediante un engranaje cónico de bronce al eje vertical de transmisión.

​Fuera de la pequeña ventana de servicio de la pasarela, las cuatro aspas gigantescas pasaban a pocos centímetros de distancia con un silbido atronador que levantaba ráfagas de aire helado dentro del habitáculo.

​Gabriel aseguró de inmediato sus dos mosquetones de aleación a la guía de acero que recorría la pared de mampostería, se arrodilló sobre las tablas de roble y enfocó su linterna táctica sobre el mecanismo de trinquete del fuso.

​El bloque de bronce del trinquete estaba cubierto por una capa gruesa de óxido de cobre de color verde salvia y costras de grasa mineral petrificada que habían soldado la palanca de liberación a la carcasa del eje.

​Gabriel pulsó el emisor de radio de su solapa.

​—Valeria, me encuentro en la plataforma superior —informó con voz limpia a través del canal de frecuencia corta—. El trinquete está gripchado por degradación lipídica y carbonatación de cobre. Procedo a la aplicación del reactivo desoxidante y a la liberación por choque mecánico.

​La voz de Valeria resonó en su auricular con una nitidez impecable, aunque el fondo de la transmisión dejaba oír el gemido del eje de madera en la planta intermedia.

​—Recibido, Gabriel. El profesor y Mateo tienen el cable de retención tenso en el cabrestante de la base. El indicador de presión del pozo ha subido dos bares. Date prisa, el viento está aumentando en la cresta.

​Gabriel sacó de su maletín un bote metálico de desoxidante de alta penetración galvánica y una maza de bronce de un kilogramo de peso. Aplicó un chorro abundante de líquido sobre la articulación del trinquete, sintiendo cómo el producto efervescía al entrar en contacto con la capa de óxido verde.

​Esperó noventa segundos cronometrados en su reloj de pulsera de plata, observando el movimiento salvaje de las aspas que cortaban la niebla fuera de la ventana.

​Luego, apoyando las rodillas con firmeza sobre la pasarela oscilante, levantó la maza de bronce y aplicó tres golpes secos, precisos y calculados sobre el perno de retención del mecanismo.

​El primer golpe produjo un sonido sordo, de metal amortiguado por la grasa vieja.

​El segundo golpe hizo saltar una lluvia de esquirlas de óxido verde que brillaron en la penumbra.

​Al tercer golpe, un chasquido metálico, agudo y sonoro como un disparo de fusil, retumbó en la cubierta cónica de la torre. La palanca de liberación saltó de su posición de bloqueo y el enorme engranaje cónico de bronce del fuso se desplazó dos centímetros sobre su riel, enganchándose con un crujido formidable al eje vertical de la mina.

​La torre entera del molino tembló desde los cimientos hasta el vértice de la cubierta.

​El eje vertical de quince centímetros de diámetro comenzó a girar a toda velocidad, transmitiendo la fuerza gigantesca de las aspas del viento hacia el pozo inferior de la sala de muelas.

​En el emisor de radio de Gabriel, la voz de Valeria sonó con una mezcla de sobresalto y triunfo.

​—¡Ha enganchado, Gabriel! ¡El eje está girando en la sala intermedia! ¡Procedo al acoplamiento de la marcha de contrapeso!

​—¡Mantenga la presión progresiva en el embrague, Valeria! —ordenó Gabriel, inclinándose sobre el fuso para verificar que las coronas de bronce no sufrieran sobrecalentamiento por fricción—. ¡No aplique la carga de golpe o romperá los dientes de guayacán de la rueda catalina!

​A través de las saeteras de la torre, Gabriel observó cómo el entorno de la cresta alta comenzaba a cambiar de forma extraordinaria.

​La masa de nubes bajas y grises que cubría la cumbre de la sierra fue succionada hacia abajo por una corriente de aire en espiral que se formó justo encima del techo cónico del molino. Una columna de luz solar pura y dorada atravesó la niebla, iluminando la torre de granito con un resplandor cegador mientras que en las profundidades de la cimentación el sonido del viento exterior se transformaba en un zumbido armónico, profundo y musical que parecía calmar la furia del vendaval.

​Gabriel descendió con rapidez por la escala de gato, saltando los últimos tres peldaños para llegar a la planta intermedia donde Valeria operaba la gran palanca de madera de encina con los brazos tensos y el rostro bañado en sudor.

​Gabriel se colocó detrás de ella, cubrió sus manos con las suyas sobre la madera de la palanca y aplicó el peso combinado de sus dos cuerpos para deslizar el selector hasta el último trinquete de retención.

​La palanca encajó con un chasquido perfecto.

​El engranaje cinético del molino de La Guadaña quedó totalmente acoplado a la red pasiva de la comarca.

​Cuando Gabriel y Valeria descendieron a la planta baja de la torre, el espectáculo que los esperaba en la sala de muelas dejó al profesor Rivas y a Mateo mudos de asombro.

​El pozo circular de seis metros de profundidad ya no era una cavidad oscura e inerte.

​La enorme esfera de cuarzo transparente suspendida dentro de la jaula de bronce oscilaba con un movimiento pendular impecable, girando sobre su propio eje a un ritmo idéntico al de las aspas exteriores del molino. De su centro no emanaba la luz azul cobalto de la mina ni el resplandor dorado de la herrería, sino un haz de luz blanca pura, limpia y cristalina que se proyectaba hacia arriba a través del hueco del eje, atravesando los tres pisos de la torre y saliendo por el remate cónico del sombrero hacia el cielo de la sierra.

​El receptor de masa de Gabriel emitió una secuencia de pitidos suaves y melódicos que indicaban el equilibrio absoluto del campo de resistencia en un radio de quince kilómetros.

​—Cuatro de seis... —susurró el profesor Anselmo Rivas, consultando sus tablas de lectura con dedos que temblaban de emoción pura—. Gabriel... Valeria... La frecuencia de resonancia de la cresta alta ha descendido a cero coma cero tres hercios. Los sensores de la firma en el puerto de montaña habrán quedado totalmente descalibrados. Para sus equipos de prospección, la sierra de los Cedros ha dejado de existir como zona de tensión tectónica.

​Valeria se dejó caer de espaldas contra la balaustrada de hierro del pozo, respirando con dificultad pero con una amplia sonrisa de alivio que iluminó sus facciones manchadas por el polvo de la madera. Se quitó el casco de protección, dejando que su cabello oscuro se soltara alrededor de su rostro, y miró a Gabriel que permanecía de pie a su lado guardando las herramientas en el maletín.

​—Cuatro estaciones, Don Frío —dijo Valeria con la voz ronca por el esfuerzo y el aire frío de la cumbre—. San Juan, La Deseada, San Pedro y La Guadaña. Nos quedan dos semanas para la reunión del Consejo Supremo de tu madre y solo nos falta el sifón de la cantera de cal antes de activar el nudo maestro de la casona.

​Gabriel cerró los broches de presión del maletín con un golpe seco, se quitó los guantes de trabajo de cuero y caminó hacia ella. Se arrodilló frente a Valeria sobre las losas de granito de la planta baja, le tomó las manos entre las suyas y se las llevó a los labios, besándole los nudillos con una lentitud y un afecto que hicieron que el corazón de la joven diera un vuelco de ternura.

​—Ha sido una maniobra de alta precisión técnica, señorita Gómez —dijo Gabriel con una voz suave, cargada de una calidez que ya no intentaba disimular bajo ninguna formulación profesional—. Su ejecución de la palanca de embrague en la planta intermedia ha demostrado una solvencia operativa extraordinaria.

​Valeria inclinó la cabeza hacia adelante, apoyando su frente contra la de él mientras sentía el calor reconfortante de la respiración de Gabriel en sus mejillas.

​—Tuve al mejor especialista del mundo cubriéndome la espalda desde la plataforma superior, Gabriel —murmuró ella, rodeándole el cuello con los brazos—. Aunque me debes una cena tranquila en la cocina de la casona sin mapas, sin radios y sin herramientas de bronce sobre la mesa.

​—La cena tranquila está programada para esta misma noche, copropietaria —prometió Gabriel en un susurro contra sus labios antes de besarla con una pasión profunda, limpia y reconfortante que celebró el triunfo sobre la fuerza de los vientos de la sierra.

​A las tres de la tarde, el grupo inició el descenso desde la cresta de La Guadaña hacia la cuenca media del río.

​El clima en el valle había cambiado de forma notable tras la activación de la cuarta estación de alivio. La masa de aire tórrido y sofocante que había oprimido la comarca durante la última semana había sido desplazada por una brisa fresca, constante y oxigenada que descendía de las cumbres, haciendo ondear las espigas doradas de los campos de trigo y trayendo consigo un olor delicioso a pino húmedo y flor de jara.

​Mateo caminaba en cabeza de la columna llevando el furgón por la pista forestal con una serenidad recobrada, mientras el profesor Rivas no dejaba de anotar en su cuaderno de campo las variaciones atmosféricas que observaba a lo largo del camino.

​A mitad de descenso, justo en el cruce del puerto de montaña donde la pista forestal se conectaba con la carretera regional, el furgón de Mateo tuvo que detenerse a un lado de la vía.

​Tres camiones pesados de transporte articulado de la firma Thorne & Asociados, pintados de color gris industrial y equipados con grandes antenas de transmisión satelital en la cabina, permanecían estacionados en el arcén con los motores encendidos.

​Alrededor de los vehículos, seis ingenieros de prospección vestidos con monos blancos de protección y armados con maletines de calibración electrónica examinaban desesperadamente los paneles de control de sus ordenadores de campo.

​Gabriel bajó la ventanilla del furgón de Mateo a medida que pasaban lentamente junto al convoy de la firma.

​El ingeniero jefe del grupo de la firma, un hombre maduro con gafas de montura de titanio y el distintivo de director de área de la firma en la solapa, reconoció inmediatamente a Gabriel. Se acercó al furgón con el rostro desencajado por la frustración, sosteniendo una pantalla táctil que mostraba únicamente líneas planas de lectura sin ningún tipo de señal.

​—¡Thorne! —exclamó el ingeniero jefe de la firma, golpeando suavemente el marco de la ventanilla del furgón—. ¿Qué demonios habéis hecho en la cumbre? ¡Todos nuestros sensores de inducción en un radio de veinte kilómetros han caído a cero! ¡Las lecturas de permeabilidad galvánica se han vuelto completamente inestables! ¡El Consejo de la capital está pidiendo informes de telemetría cada diez minutos y no tenemos un solo dato que enviarles!

​Gabriel contempló al ingeniero jefe con una calma glacial, manteniendo el brazo izquierdo apoyado con elegancia sobre el marco de la ventanilla.

​—Los sensores de la firma funcionan con algoritmos de prospección agresiva, doctor Martos —explicó Gabriel con su tono pedagógico impecable—. Asumen que la masa rocosa de la sierra es un conductor pasivo sometido a estrés mecánico. Cuando el sistema de alivio pasivo de la red de Esteban Alarcón entra en fase, la resistencia del subsuelo se equilibra de forma natural, neutralizando cualquier intento de medición por inducción forzada.

​El doctor Martos miró a Gabriel como si estuviera escuchando hablar a un loco o a un traidor de la peor especie.

​—¡Tu madre va a ordenar la intervención directa de la división de maquinaria pesada si no le entregamos los informes de estabilidad antes del viernes, Gabriel! —advirtió el ingeniero con voz pálida—. ¡Va a enviar los perforadores de diamante para abrir la falla por la fuerza!

​Valeria se asomó desde el asiento del copiloto, mirando al ingeniero jefe de la firma con una sonrisa de absoluta victoria que heló la sangre del técnico.

​—Que envíe los perforadores que quiera, doctor Martos —dijo Valeria con la voz clara y firme como un tañido de campana—. Cada metro que perforéis en esta montaña os costará diez millones de euros en reparaciones de maquinaria y cinco demandas por delito ambiental en los juzgados del ayuntamiento. Diga a la Sra. Victoria Thorne que la Casona de los Cedros no acepta visitas no deseadas.

​Gabriel no añadió una sola palabra más. Hizo una breve señal con la cabeza a Mateo y el furgón volvió a ponerse en marcha, dejando atrás al grupo de técnicos de la firma que contemplaban impotentes cómo sus pantallas de control continuaban registrando el silencio absoluto de una montaña que había recobrado su libertad.

​A las ocho de la noche, la Casona de los Cedros respiraba bajo una luz dorada y apacible que teñía de color miel los sillares de granito del pórtico y los ventanales de la primera planta.

​El compromiso que Gabriel había asumido en la cima del molino se cumplió con un rigor absoluto.

​En el amplio comedor principal de la casona, la gran mesa de roble para doce comensales había sido cubierta por un mantel de lino blanco bordado a mano por Matilde Alarcón en 1920. En el centro de la mesa, un candelabro de latón de cinco brazos encendido iluminaba dos vajillas de porcelana fina de la casona, copas de cristal tallado y una cubertería de plata de ley que Valeria había sacado de las alacenas del trastero alto.

​Valeria vestía un vestido sencillo y elegante de seda de color verde esmeralda con el escote en forma de corazón y la espalda al aire, con el cabello recogido en un moño bajo sostenido por un pasador de nácar que perteneció a su abuela.

​Gabriel vestía un traje a medida de tres piezas de lana fina de color azul noche, camisa blanca de cuello rígido y una corbata de seda gris que realzaba la palidez distinguida de sus facciones y el color azul transparente de sus ojos.

​Habían cenado un asado de cordero lechal con patatas panaderas al romero preparado por Mateo en la cocina de leña, acompañado por un vino reserva de la bodega subterránea de la casona que llevaba más de treinta años reposando en la penumbra de los toneles de roble.

​El profesor Rivas y Mateo se habían retirado tras el postre a la biblioteca para revisar la documentación de la quinta estación de alivio: el sifón de la cantera de cal, dejando a los dos jóvenes solos en el comedor.

​Gabriel estaba de pie junto al aparador de caoba, sirviendo dos copas pequeñas de licor de hierbas artesanal elaborado en la comarca.

​Valeria caminó hacia él descalza, dejando que el bajo de su vestido de seda verde rozara las losas de madera de la estancia. Se detuvo a su lado, contemplando su perfil de estatua romana iluminado por la luz de las velas del candelabro.

​—Estás increiblemente guapo cuando te quitas la chaqueta de lona y las botas de monte, Don Frío —murmuró Valeria, deslizando los dedos por la solapa de su traje azul noche.

​Gabriel se giró despacio, le entregó una de las copas de licor y la miró a los ojos con una intensidad tan profunda y transparente que hizo que a Valeria se le acelerara el pulso de emoción.

​—Usted está deslumbrante, señorita Gómez —dijo Gabriel con una voz suave que resonó en el comedor con la delicadeza de una nota de violín—. Este vestido de seda verde resalta la tonalidad de sus ojos de una forma que desorganiza cualquier algoritmo de contención que intente mantener en mi memoria.

​Valeria soltó una risita suave, dejó la copa de licor sobre el aparador sin haberla probado y le rodeó el cuello con ambos brazos, pegando su cuerpo al suyo y sintiendo la firmeza de su pecho tras la tela fina del chaleco.

​—Me gusta cuando tu memoria se desorganiza por mi culpa, Gabriel Thorne —susurró ella contra su barbilla—. Significa que el especialista está dejando paso al hombre que vive en esta casa conmigo.

​Gabriel dejó su copa junto a la de ella, le rodeó la cintura con los dos brazos y la atrajo contra su cuerpo con una fuerza lenta, posesiva y profundamente cariñosa que hizo que Valeria soltara un suspiro largo de felicidad.

​—El hombre que vive en esta casa existe únicamente gracias a usted, Valeria —confesó Gabriel en un murmullo contra sus labios—. Antes de llegar a esta casona en marzo, mi existencia era una ecuación de parámetros de riesgo, gráficos de resistencia y contratos de expropiación. Usted me enseñó que la piedra tiene memoria, que la madera guarda la historia de quienes la amaron y que la vida no se mide por la eficiencia de un informe, sino por la certeza de un hogar compartido.

​Valeria sintió que dos lágrimas de emoción pura se le escapaban por las mejillas, pero no eran lágrimas de tristeza, sino de la más absoluta plenitud que había experimentado en toda su vida. Se empinó sobre las puntas de los pies, le tomó la nuca con las manos y lo besó en los labios con un amor infinito, lento y envolvente que Gabriel correspondió estrechándola contra su corazón mientras las velas del candelabro proyectaban sus sombras unidas sobre la pared de roble del comedor.

​A las once de la noche, Gabriel y Valeria salieron al gran balcón de piedra del primer piso que daba al patio del cedro.

​La noche de junio era fresca y estrellada, inundada por la luz de una luna llena que transformaba la copa del gran cedro en un manto de plata metálica. El silencio del valle era tan limpio que se podía oír el murmullo lejano del río Negro discurriendo por la garganta norte y el silbido suave del viento que continuaba haciendo girar las aspas del molino de La Guadaña en la cima de la sierra.

​Gabriel estaba de pie detrás de Valeria, rodeándole los hombros con un abrigo de lana fina para protegerla de la brisa nocturna mientras mantenía sus brazos cruzados alrededor de su cintura.

​Valeria apoyaba la espalda contra su pecho, sintiendo el latido acompasado del corazón de Gabriel que transmitía una paz invulnerable a todo su ser.

​—Nos faltan dos estaciones, Gabriel —dijo Valeria en voz baja, mirando las cumbres iluminadas por la luna—. La cantera de cal y el nudo del sótano de la casona.

​—La cantera de cal es una operación sencilla de desobstrucción hidráulica —explicó Gabriel, descansando la barbilla en su hombro—. El sifón está bloqueado por sedimentos calcáreos que retiraremos en cuarenta y ocho horas utilizando las bombas de succión de Mateo. La quinta estación estará operativa antes del próximo lunes.

​—¿Y el nudo del sótano? —preguntó ella, girando un poco la cabeza para mirarle el perfil.

​La mirada de Gabriel se volvió más profunda, contemplando los muros de piedra de la casona que se elevaban a sus pies.

​—El nudo del sótano es el corazón de la red de Esteban Alarcón, Valeria —dijo él—. Es el punto donde convergen los cinco canales de alivio de la comarca. Cuando activemos el resonador principal de la bodega, la Casona de los Cedros se convertirá en un núcleo cerrado de resonancia pasiva. Ninguna máquina de la firma, ninguna orden judicial de expropiación y ningún intento de cristalización forzada podrá alterar la estabilidad de este suelo.

​Valeria se giró entre sus brazos para quedar frente a él bajo la luz de la luna, tomándole la solapa del traje con sus dedos suaves.

​—¿Y qué pasará con tu madre cuando descubra que la red está completa?

​Gabriel la contempló durante unos segundos con esa mirada azul y cristalina que le transmitía una seguridad indestructible.

​—Mi madre tendrá que aceptar en la sesión del Consejo Supremo que la era del dominio de la firma sobre este valle ha concluido para siempre —sentenció Gabriel con una calma absoluta—. Thorne & Asociados tendrá que buscar otros territorios para sus experimentos de prospección. Porque esta comarca, este río y esta casona pertenecen a la memoria de Esteban Alarcón, a la fuerza de Matilde y a la vida que nosotros hemos construido juntos entre estos muros.

​Valeria sonrió con una felicidad desbordante, inclinándose hacia adelante para besarlo en la boca con la certeza de que ninguna fuerza en la tierra podría volver a separarlos.

​El gran cedro del patio movió sus ramas bajo la brisa de la sierra, dejando caer una fina lluvia de agujas verdes que perfumaron el aire de la noche. En las profundidades del subsuelo, la red de los lechos subterráneos palpitaba con la fuerza de cuatro estaciones alineadas en perfecta armonía, esperando el momento final en que la Casona de los Cedros volviera a abrir las puertas de su corazón de piedra para reinar para siempre sobre el valle resucitado.

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Martha Divas Delgado
🥰woooooo me encantan Valeria y don frío 🤭
Martha Divas Delgado
🥰 me encantó k don friosiempre midiendo todo
Martha Divas Delgado
wooooo espero no termine esta historia aqui
Isabel Sandoval
Jaaaa esa es buena jajaja/Facepalm/
Martha Divas Delgado
ooooooo me encanta 🤭
Martha Divas Delgado
siiiiiiiiiiiii
Martha Divas Delgado
o autora sentí k nuestro hombre frío ahora sí se iba a quedar bien frío
Martha Divas Delgado
autoraaaaa me gusta 🤭 k Valeria sea así y creo esto no acaba AKI con ese demonio verdad
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