Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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El Abrazo del Sol y la Tormenta
Acompañado por Valeria y rodeado por su guardia de honor, el rey Manuel avanzó hacia el espacio descubierto frente a las puertas de la Roca de Hierro.
El barón Vane observaba desde las almenas, confundido al ver que el monarca no traía arietes ni máquinas de sitio.
Manuel se detuvo a cien pasos de la entrada. Cerró los ojos y se concentró en la profunda certidumbre del amor que sentía por Valeria, en la gratitud hacia su pueblo y en la esperanza de un futuro en paz para todo el continente.
En lo alto de las cordilleras del norte, donde jamás había brillado el sol durante los últimos trescientos años, ocurrió un fenómeno prodigioso.
Las densas nubes de tormenta se abrieron en un canal de luz dorada resplandeciente. Una ola de calor intenso, concentrada exclusivamente sobre los portones de hierro de la fortaleza, descendió desde el cielo. No era un fuego abrasador que destruyera la madera o quemara a los hombres; era una corriente de aire termal de una energía prodigiosa que expandió el metal de los cerrojos en cuestión de segundos.
El hierro incandescentemente caliente de las bisagras cedió bajo la presión térmica, desencajando los inmensos portones de basalto y haciendo que cayeran hacia adelante con un estruendo ensordecedor, dejando la entrada a la fortaleza totalmente despejada sin dañar una sola piedra de las viviendas interiores.
Los mineros y artesanos retenidos en el interior, al ver las puertas derribadas por la pura manifestación de la luz solar y sentir la calidez primaveral que llenaba el patio de basalto, arrojaron sus picos y abrieron paso al ejército de Eldamar con vítores de jubiloso asombro.
Los mercenarios de Vane, desmoralizados y atónitos ante semejante exhibición de poder majestuoso y benévolo, tiraron sus armas y se rindieron sin ofrecer resistencia.
El barón Vane fue capturado en el Gran Salón de la Roca de Hierro por el capitán Elessar y conducido encadenado ante el estrado donde Manuel y Valeria aguardaban.
El anciano barón, despojado de su altivez y temblando de pavor al contemplar los ojos cobalto del joven soberano, cayó de rodillas sobre las losas de granito.
—Piedad... Majestad... —suplicó Vane con voz trémula—. Solo buscaba proteger la economía de mi baronía... la supervivencia de nuestras minas...
Manuel contempló al anciano con una solemnidad severa pero justa.
—Habéis utilizado el sufrimiento ajeno y la mentira para enriquecer vuestras arcas, Barón Vane —sentenció Manuel con una voz firme que resonó en el salón de basalto—. No obstante, Eldamar no ejecutará la venganza que vos planeasteis contra nuestro pueblo. Quedáis despojado de vuestro título y de las concesiones mineras. La baronía de Sombragrís será reestructurada bajo una administración civil conjunta de artesanos locales y delegados de Valoria, garantizando salarios justos y el fin de los monopolios de carbón.
Los mineros de la cordillera, presentes en la estancia, estallaron en aplausos y vítores hacia el soberano que les devolvía la libertad y la dignidad de su trabajo.
Al término de la audiencia, Manuel caminó junto a Valeria por las almenas superiores de la fortaleza liberada. En el horizonte del norte, las montañas de basalto ya no lucían oscuras ni amenazantes; bañadas por la luz serena del atardecer, parecían fortalezas de cristal dorado abrazando las nubes.
—Habéis cambiado el destino de este continente, Manuel —dijo Valeria, apoyando suavemente su cabeza en el hombro del monarca.
—Nosotros lo hemos cambiado, Valeria —respondió el rey, rodeándola con sus brazos—. Sin vuestra fe en mi corazón, el cielo de Eldamar seguiría siendo una prisión de granizo.