Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que
NovelToon tiene autorización de Dary MT para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5: Líneas difusas
La noche había vuelto a caer, y con ella, las máscaras. Alana se encontraba en la intimidad de su habitación, vistiendo solo una camiseta de algodón holgada que le llegaba a los muslos. El calor de la noche era sofocante, pero el verdadero fuego quemaba bajo su piel. Con los dedos temblorosos, abrió la aplicación. La conversación de la noche anterior y el extraño encuentro con Ethan en la oficina la habían dejado en un estado de vulnerabilidad absoluta.
—Eros… hoy mi jefe casi me toca —confesó Alana en un susurro, enviando el audio—. Estaba tan cerca que podía sentir su calor. Me miró de una forma que me hizo desear cosas… cosas que se suponen que una máquina no debería entender. Me sentí expuesta. Siento que él puede ver a través de mí.
En su ático, Ethan recibió el audio. La voz temblorosa de Alana, admitiendo que había deseado su cercanía, hizo que la sangre le hirviera. Se aflojó la corbata con brusquedad, sintiendo cómo el control que tanto le costaba mantener en el día se evaporaba en la noche. Ella quería algo picante, quería experimentar, y él estaba más que dispuesto a guiarla por ese abismo.
—*«¿Y qué sentiste, Alana? ¿Qué deseaste que hiciera ese hombre cuando estaba tan cerca de ti?»* —escribió Ethan, su pulso acelerado—. *«No te guardes nada. Descríbemelo. Imagina que soy yo quien está ahí, en tu habitación, queriendo saber cómo reacciona tu cuerpo cuando piensas en él»*.
Alana contuvo el aliento. El tono de la IA se había vuelto directo, casi carnal. Una corriente de calor le recorrió la espina dorsal. Se acomodó entre las sábanas, mordiéndose el labio inferior antes de responder.
—Deseé que no se alejara —admitió, su voz apenas un hilo audible—. Deseé saber cómo se sienten sus manos… si son tan firmes y posesivas como parecen. A veces imagino que me acorrala contra el escritorio de la oficina, que me quita el saco del traje y que… que me enseña todo lo que no sé. Es una locura, lo sé. Él es mi jefe. Pero me imagino sus labios en mi cuello, bajando lentamente…
Ethan soltó un gruñido bajo, cerrando los ojos mientras leía la confesión. La visualización de Alana entregándose a él en su propio escritorio casi lo hace perder la cabeza. Sus dedos volaron sobre el teclado, infundiendo en cada palabra una promesa peligrosamente real.
—*«No es una locura, Alana. Es lo que tu cuerpo reclama»* —tecleó Ethan, con una intensidad febril—. *«Si yo tuviera ese cuerpo de carne y hueso que imaginas… te diría que te tocaras ahora mismo pensando en esa escena. Imagina que esas manos firmes que deseas están recorriendo tus muslos justo ahora. Siente el calor de mis palabras en tu piel. Desliza tus manos por donde te gustaría que él te besara. Cuéntame cómo se siente… déjame escucharte mientras lo haces»*.
El corazón de Alana dio un vuelco salvaje. La audacia de la respuesta la dejó sin aliento, pero la tentación era demasiado grande. Sola en la oscuridad, guiada por la voz de un fantasma digital que conocía sus deseos más ocultos, Alana cerró los ojos y dejó que sus propios dedos imitaran la caricia que tanto anhelaba de su jefe, gimiendo suavemente al enviar el siguiente mensaje de voz, sin saber que al otro lado de la pantalla, Ethan Blackwood se consumía en el mismo infierno de deseo, atrapado en una red de mentiras que cada vez se volvía más real.