"No todas las segundas oportunidades llegan para recuperar el pasado. Algunas llegan para construir un futuro."
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La única persona que me amo
Nana Lía levantó la vista en cuanto escuchó el primer sollozo. Con manos temblorosas apartó los mechones plateados que se habían pegado al rostro de su señorita.
—Mi niña... —susurró con la voz quebrada.
Junto a las doncellas, la levantó con sumo cuidado y la recostó sobre la cama. La sangre seguía resbalando por sus manos, tiñendo las sábanas de un rojo inquietante. Ninguna de las presentes pudo ocultar la preocupación que se dibujó en sus rostros.
—¡Traigan al médico! ¡Ahora!
Los pasos apresurados resonaron por los pasillos de la mansión.
Pocos minutos después, un anciano de cabellos completamente blancos cruzó la puerta con la respiración agitada. Había servido durante décadas a la familia Belmonth y conocía a Everly desde el mismo instante en que abrió los ojos al mundo.
Al verla tendida sobre la cama, inmóvil y cubierta de sangre, el corazón se le encogió.
Sin perder tiempo, tomó asiento junto a ella y comenzó a examinar sus heridas.
—No son profundas —murmuró mientras limpiaba con delicadeza los cortes de sus manos—, pero... ¿qué ocurrió aquí?
Nadie respondió.
El silencio fue suficiente.
El médico levantó la mirada hacia el espejo destrozado. Comprendió lo ocurrido sin necesidad de hacer más preguntas.
Mientras envolvía las heridas con vendas limpias, el cuerpo de Everly tembló apenas.
Nana Lía, que no había soltado su mano desde que la encontraron, apretó los labios con fuerza.
Entonces...
Los labios de la joven se movieron.
Tan despacio que casi parecieron el susurro del viento.
—...No...
Las doncellas intercambiaron miradas confundidas.
Un instante después...
—Por favor...
La voz era apenas un hilo.
Tan débil que parecía provenir de un lugar lejano.
El médico frunció el ceño.
Y entonces llegó la última frase.
—No... no quiero volver allí...
El silencio cayó sobre la habitación.
Nadie comprendía aquellas palabras.
Nadie... excepto Nana Lía.
No porque conociera su significado, sino porque reconocía el sufrimiento en la voz de la niña que había criado.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Con infinita ternura, acarició el cabello plateado de Everly.
—Ya pasó, mi niña... Ya pasó... Estoy aquí.
La anciana ignoraba que luchaba contra una pesadilla imposible de comprender.
Siento una mano cálida sujetando la mía.
Su agarre es firme.
Como si temiera que, si me soltaba un instante, volvería a perderme.
Respiro profundamente antes de atreverme a abrir los ojos.
La luz hiere mi vista.
Parpadeo varias veces.
Estoy...
Viva.
Mi mirada se pierde en el techo.
Los colores claros de la habitación resultan extraños después de tantos años rodeada por piedra húmeda y oscuridad.
La celda ya no existe.
Pero aún puedo sentir el frío de aquellos muros aferrándose a mi piel.
Cierro los ojos por un instante.
Intento comprender.
Me hago un millón de preguntas.
Ninguna encuentra respuesta.
Estoy viva.
Vuelvo lentamente el rostro.
Y la veo.
Durante un instante olvido cómo respirar.
Hace tanto tiempo que no sabía nada de ella...
Había olvidado el color de sus ojos.
El sonido de su voz.
La calidez de sus manos.
Nana Lía.
La doncella de mi madre desde mucho antes de que yo naciera.
La mujer que me sostuvo en brazos cuando nadie más quiso hacerlo.
La que secó mis lágrimas.
La que celebró mis pequeñas victorias.
La única persona en toda aquella inmensa mansión que me amó sin esperar nada a cambio.
La única que lloró por mí.
Y yo...
Permití que el dolor borrara incluso parte de su recuerdo.
Los años de encierro fueron crueles.
Uno a uno arrancaron los rostros de mi memoria.
Las voces.
Los aromas.
Los abrazos.
Pero hubo algo que jamás consiguieron arrebatarme.
Su amor.
Un amor que nunca supe valorar mientras perseguía un sueño imposible.
Creí que debía ganarme el cariño de quienes nunca estuvieron dispuestos a dármelo...
Mientras ignoraba el único amor que siempre estuvo a mi lado.
Las lágrimas vuelven a nublar mis ojos.
Esta vez no nacen del miedo.
Ni del dolor.
Nacen del arrepentimiento.
Con la poca fuerza que me queda, cierro lentamente los dedos alrededor de su mano.
Nana Lía abre los ojos de inmediato.
Al verme despierta, una sonrisa temblorosa ilumina su rostro.
—Mi niña... —susurra mientras acaricia mi mejilla—. Pensé que te perdía.
Mi garganta se cierra.
Quiero responder.
Quiero decirle cuánto la extrañé.
Cuánto la necesité.
Cuánto lamento haber olvidado el sonido de su voz.
Pero ninguna palabra consigue salir.
Solo puedo aferrarme a su mano con más fuerza.
Y llorar.
Porque, por primera vez desde que desperté...
Ya no me siento completamente sola.