El perdió todo un día, excepto a mi
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capitulo 4
Pasaron treinta y un días. Mariana los contó uno por uno, como quien cuenta los granos de un rosario. Treinta y un días de sillas incómodas, de café de máquina que sabía a plástico, de noches en vela escuchando el pitido constante de los monitores. Treinta y un días de hablarle a un hombre que no respondía, de leerle en voz alta los libros que traía de la librería, de contarle chistes malos que él nunca pudo escuchar.
Sus padres se habían ido definitivamente a la semana.
—Hija, tenemos que trabajar
dijo su madre por teléfono, con ese tono que mezclaba culpa y justificación.
— Tú sabes cómo está la empresa.
—Sí, Señora
respondió Mariana, y no dijo más.
Ya no esperaba nada de ellos. Ni de los suyos ni de los de Ricardo. Había dejado de esperar cosas de los adultos hacía mucho tiempo.
El día treinta y dos comenzó como cualquier otro. Mariana llegó al hospital a las siete de la mañana, después de dormir apenas cuatro horas en su casa y volver al hospital. Traía un termo con café y una libreta nueva donde había empezado a tomar apuntes de anatomía. El semestre de medicina comenzaría en tres semanas y ella quería llegar preparada.
Se sentó en la silla de siempre, junto a la cama de Ricardo. Tomó su mano. La suya ya no temblaba tanto como al principio. El miedo se había vuelto costumbre.
—Buenos días
dijo, como hacía cada mañana.
—Hoy hace sol afuera. Tú deberías verlo, pero como sigues dormido, te lo cuento yo.
Hizo una pausa. Los monitores pitaban.
—Ayer leí algo curioso en mi libro
continuó, mientras sacaba la libreta.
—¿Sabías que el corazón humano tiene sus propias neuronas? Se llama, sistema de conducción cardíaca. Es como si el corazón tuviera un cerebro pequeño, independiente del de la cabeza. ¿No es increíble?
Suelta la mano de Ricardo para buscar una página subrayada. En ese momento, sintió un movimiento.
No fue el pitido de un monitor. No fue el viento de la ventilación. Fue algo en su mano. Algo que la apretaba.
Mariana dejó de respirar.
Levantó la vista lentamente, con miedo de que fuera un espejismo, con miedo de que al mover la cabeza todo desapareciera.
Los ojos de Ricardo estaban abiertos.
No completamente. Solo entrecerrados, como quien se asoma a la realidad después de un sueño muy largo. Pero estaban abiertos. Y la miraban.
—¿Mari?
su voz salió rasposa, rota, como una tabla vieja.
A Mariana se le quebró algo por dentro. No supo qué. Tal vez el miedo. Tal vez la espera. Tal vez el amor que había guardado durante años en una caja invisible y que ahora se derramaba por todos lados sin control.
—Ricardo
susurró, y su nombre fue un sollozo.
Él intentó mover la mano. Lo logró, apenas, y sus dedos se enredaron con los de ella.
—¿Por qué lloras?
preguntó, con una lentitud que dolía.
— Estoy bien.
—No estás bien
dijo ella, riendo y llorando al mismo tiempo, porque el alivio era tan grande como el miedo.
— Estuviste un mes en coma, idiota. Casi te mueres.
—¿Un mes?
Ricardo parpadeó, confundido.
— Parecía más corto. Soñé contigo.
—¿Soñaste conmigo?
—Sí. Estabas en una librería, con esos libros viejos que te gustan. Me pediste que te alcanzara uno del estante de arriba. Pero no podía.
Mariana apretó su mano con más fuerza.
—Ya despertaste
dijo.
— Ya estás aquí. Eso es lo que importa.
Los días siguientes fueron un torbellino.
Los médicos hicieron pruebas. Muchas pruebas. Resonancias, tomografías, análisis de sangre, evaluación neurológica. Ricardo mejoraba lentamente, pero cada pequeño avance era una victoria. Primero mover los dedos. Luego mover las manos. Luego incorporarse un poco con ayuda.
Pero las piernas no respondían.
Mariana lo notó antes que nadie. Cuando las enfermeras lo movían en la cama, las piernas de Ricardo quedaban inertes, pesadas, como si no fueran suyas. Él no preguntó al principio. Tal vez no quería saber. Tal vez ya lo sabía y solo necesitaba tiempo para aceptarlo.
El día del alta, el médico pidió una reunión privada con Ricardo. Mariana esperó afuera, mordiéndose las uñas. Cuando la puerta se abrió, Ricardo estaba en una silla de ruedas nueva, con el rostro pálido y los ojos vidriosos.
—No camino
dijo, sin mirarla.
— Las piernas no me responden. El daño en la médula… es permanente.
Mariana se arrodilló frente a él, tomó sus manos y las puso sobre su pecho.
—No importa
dijo.
—Sí importa. Soy un estorbo.
—No eres un estorbo. Eres Ricardo. El chico del cabello revuelto que me pidió una goma de borrar hace cinco años. Y no te voy a dejar.
Él la miró. Por un segundo, sus ojos se llenaron de algo que parecía esperanza. Pero luego se endurecieron.
—Mis padres contrataron una enfermera. Dijeron que ellos no pueden cuidarme. Que tienen que trabajar.
—Ya sé
dijo Mariana.
— Me lo contaron.
—¿Y tú, Qué vas a hacer, Vas a seguir con tu vida?
Ella sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero firme.
—Voy a vivir contigo.
—¿Qué?
—Me inscribí en medicina, Ricardo. La universidad está a veinte minutos de tu casa. Mis padres ya aceptaron. Voy a cuidarte mientras estudio. Y no me digas que no, porque igual voy a hacerlo.
Ricardo abrió la boca para protestar, pero ella lo interrumpió.
—¿Recuerdas cuando me defendiste de los que se burlaban de mí en la prepa, Recuerdas cuando me traías helado sin que te lo pidiera, Recuerdas cuando decías que nunca me dejarías sola?
Él asintió, con la garganta apretada.
—Pues ahora me toca a mí
dijo Mariana.
— Esto no es caridad, Ricardo. Esto es... Bueno lo que sea aunque tú no lo veas así, esto es lo que quiero hacer. Así que déjame.
Él bajó la mirada. Sus manos temblaban sobre el reposabrazos de la silla.
—Eres muy terca.
murmuró.
—Lo aprendí de ti.
Y así, sin más ceremonias, comenzó la nueva vida.