Lara creía que su loba interna jamás volvería a aullar. Tras ser rechazada por la codicia del Alfa Roderick, su espíritu quedó roto. Obligada a asistir al Baile de la Luna, la gran gala de segundas oportunidades, Lara viaja solo para esconderse en las sombras. Lo que no imagina es que el hilo del destino ya está escrito.En mitad de la gala, el aire se congela con la llegada del Rey Alfa, el soberano absoluto de todos los licántropos. Al clavar sus ojos en Lara, el lazo de segunda oportunidad estalla. Él la reclama como su Reina definitiva, pero Lara, indómita e independiente, se niega a ser la compañera sumisa que la corte espera, desatando una intensa tensión entre ambos.Mientras el Rey lucha por derribar los muros de su corazón, una amenaza avanza desde el norte. El hermano menor de Roderick, manipulado con mentiras sobre la muerte de su hermano, jura venganza eterna contra el Imperio y contra Lara. ¿Podrá el Rey Alfa proteger a su Reina, o la guerra devorará su imperio?
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CAPITULO 17. LA SOMBRA EN LA FRONTERA
El calor del abrazo de Kaelen en el diván de terciopelo se convirtió en mi único refugio durante las horas siguientes. Sin embargo, la paz en el ala norte siempre era un bien efímero. A mitad de la noche, una perturbación gélida en nuestra telepatía familiar me despertó de golpe. Separé mi rostro de su robusto torso y, al abrir los ojos en mitad de la penumbra de la alcoba, descubrí que su mirada fija ya estaba clavada en la ventana que daba al patio de armas. Su cuerpo de guerrero estaba completamente tenso, rígido como la piedra.
—Están cruzando, Lara —su voz ronca resonó en mi mente, desprovista de la calidez reconfortante de antes y cargada ahora de una severidad implacable—. El lazo con los puestos de control secundarios acaba de alertarme. Hay movimiento en la línea divisoria.
Un escalofrío me recorrió las venas de forma instantánea. La agónica melancolía que Kaelen había ahuyentado con sus caricias bonitas amenazó con regresar, recordándome la fragilidad de mi proceso de sanación. Sabía perfectamente lo que eso significaba: la tregua silenciosa se había roto. Las sospechas sobre el batallón del norte se materializaban antes de lo esperado.
Kaelen se puso en pie con una parsimonia majestuosa y se colocó la túnica oscura de viaje, dejando entrever su torso robusto. Me dolió ver cómo la distancia física volvía a interponerse entre nosotros, pero entendía su deber como soberano del sur.
—Quédate en los aposentos privados, mi Luna —me habló directamente a la cabeza, enviándome una oleada de energía protectora para blindarme de la angustia externa—. Voy a coordinar la defensa con la guardia real. No permitiré que esa arremetida frontal destruya lo que estamos construyendo.
Lo miré con una devoción pacífica, asintiendo en silencio mientras lo veía cruzar el umbral y perderse en los pasillos del palacio. Me quedé sola con el crujido constante de las astillas en la chimenea, sintiendo cómo el miedo por su seguridad intentaba quebrar mi firmeza. No podía flaquear; mi sangre real me exigía mantener la templanza en mitad de la tormenta.
Mientras el palacio del sur se ponía en alerta, el plan maestro del Beta del norte se ejecutaba con una precisión quirúrgica a muchos kilómetros de allí, bajo el manto oscuro de los pinares de la frontera secundaria.
Diez soldados del norte, seleccionados por su lealtad ciega y armados hasta los dientes, avanzaban en fila india esquivando los rayos limpios de la luna entre las ramas. Sus rostros reflejaban la fijeza de quienes creen que cumplen una orden directa de su Alfa real, ignorando por completo que Jared permanecía en su despacho, ajeno a la traición que se cocinaba a sus espaldas. El capitán de la vanguardia, con el semblante endurecido por el desespero, alzó la mano para detener la marcha justo en el límite de la línea divisoria.
Frente a ellos, el primer puesto de control del sur se alzaba custodiado por una patrulla nocturna. Los soldados sureños mantenían una estricta postura de contención, ignorantes del peligro inminente.
—Por el norte y por el honor de Roderick —susurró el capitán traidor, modulando su voz ronca en la penumbra del pinar—. Atacad. Que corra la sangre.
La arremetida frontal fue inmediata y despiadada. Los diez infiltrados se lanzaron como lobos hambrientos contra el puesto de control, simulando la ferocidad implacable que el Beta les había ordenado fingir. El silencio profundo de la madrugada se rompió por el fragor del acero y los gruñidos de la batalla. Las espadas cortaron el aire y el fango de la frontera secundaria se tiñó rápidamente con la sangre de ambos bandos.
Sin embargo, los soldados del sur no eran guerreros inexpertos. La disciplina implantada por Kaelen reaccionó con una firmeza admirable. Los guardias reales repelieron el ataque clandestino de forma inmediata, rodeando a los atacantes con movimientos rápidos y precisos que frustraron el intento de masacre masiva. La superioridad táctica del sur neutralizó la emboscada. Siete de los infiltrados cayeron inertes sobre la escarcha, mientras que los tres capitanes restantes fueron sometidos por la fuerza, desarmados y obligados a arrodillarse en el suelo húmedo.
De vuelta en el palacio, el sol de la mañana siguiente comenzó a cortar la niebla pesada, anunciando un nuevo día. Kaelen regresó a los aposentos a primera hora, con la capa oscura impregnada del olor a viaje y a tensión bélica. Al verme en pie, esperándolo con el corazón en un puño, acortó la distancia física y acunó mi rostro con una suavidad infinita que me caló hasta los huesos. Sus dedos delinearon mis mejillas con caricias tiernas y pausadas que me hicieron temblar de pura felicidad, sonrojando mi rostro.
—El peligro inmediato ha sido contenido, Lara —me transmitió por telepatía, estrechando nuestro vínculo de forma hermosa—. Hemos capturado a tres prisioneros. Los mantendremos bajo custodia estricta en el ala subterránea.
Me recliné contra su pecho, asimilando el impacto emocional de saber que la guerra civil estaba a un solo paso de estallar por culpa de una farsa, pero encontrando en sus brazos el remanso de seguridad que mi alma rota necesitaba. Sabía que la verdad saldría a la luz en el interrogatorio de la tarde. Con la mente más despejada, me aparté suavemente para dirigirme al patio de armas; necesitaba entrenar, recuperar mi energía perdida y preparar mi espíritu para lo que estaba por venir.