El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?
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20. LAS CENIZAS DEL PATRIARCA.
La portada vendió 2 millones de copias en 24 horas.
Las acciones de de la Rosa Corp se desplomaron 12%.
Y mi suegro desapareció.
Por tres días, silencio. Ni llamadas, ni amenazas, ni abogados. Solo el eco de mi verdad rebotando en cada canal de noticias.
TeamEsmeralda era tendencia mundial.
Fue el cuarto día cuando Emiliano llegó pálido a la casa.
“¿Qué pasó?”, lo atrapé en la entrada.
“Junta directiva urgente”, dejó el portafolio en el suelo. Como si pesara una tonelada. “Mi padre apareció.”
Se sirvió un whisky. A las 11 a.m. Mala señal.
“¿Y?”, presioné.
“Y votaron”, se tomó el trago de golpe. “Me quieren fuera como CEO. Temporalmente. ‘Hasta que se calme el escándalo mediático’. Propuesta de don Ricardo. 7 de 11 votos a favor.”
El aire se me fue.
“¿Pueden hacer eso?”, susurré.
“Legalmente, sí”, su risa fue hueca. “Soy el CEO. Pero él sigue siendo el accionista mayoritario. Y el presidente de la junta. Yo solo soy… su hijo. El hijo que lo avergonzó públicamente.”
Caminó hacia mí. Me agarró de los hombros. Su mirada era de un animal herido.
“Lo va a hacer, Esmeralda. Va a quemar la empresa antes de dejar que yo gane. Va a vender acciones, a sabotear contratos, a hundir el legado que construyó… solo para demostrar que yo no puedo con esto sin él.”
“Entonces pelea”, le dije. Firme. “Ya lo hiciste una vez. Congela TODO. Denúncialo. Tú también tienes poder.”
“¿Y si no gano?”, su voz se quebró. Y vi al niño de 8 años otra vez. El que vio a su mamá irse por no poder con la presión. “¿Y si pierdo la empresa, mi apellido, todo… y tú te das cuenta de que no valgo sin el dinero de mi padre? ¿Y si te vas?”
Ahí estaba. El miedo real. No era para perder millones. Era a perderme a mí.
Me paré de puntas. Le sostuve la cara.
“Emiliano de la Rosa”, le dije. Despacio. “Yo tengo 19 años, una abuela que murió esperando medicina y nadie más. Tú eres el único ‘más’ que he tenido en toda mi vida. No me casé contigo por el CEO. Me quedé contigo cuando quemaste el contrato del heredero. Cuando me elegiste a mí sobre 100 años de apellido.”
Lo besé. Corto. Fuerte. Una promesa.
“No me voy a ir porque pierdas una oficina. Me iría si vuelves a ser el hombre que me encierra en un ático. ¿Entendiste?”
Él cerró los ojos. Respiró. Cuando los abrió, el hielo había vuelto. Pero no para mí. Para la guerra.
“Entendido, señora de la Rosa.”
Esa tarde, no fue a la oficina. Se encerró en el despacho con su jefe de seguridad y dos abogados. Escuché gritos. Nombres. “Panamá”. “Islas Caimán”. “Lavado”.
A las 8 p.m. salió. Se veía exhausto. Pero vivo.
“Ya está”, me dijo. Me pasó una copa de vino. Él tomó agua.
“¿Qué está?”, pregunté.
“La denuncia”, contestó. “Fraude fiscal. Desvío de fondos de la fundación a cuentas personales. Lavado de dinero en las empresas de Panamá. Todo firmado por Ricardo de la Rosa. Tengo las pruebas. Mis abogados las están entregando a la fiscalía ahora mismo.”
Casi se me cae la copa.
“Emiliano… eso es… cárcel.”
“Lo sé”, me miró. Sin culpa. Sin pena. “Él me enseñó a jugar. Solo que nunca pensó que yo aprendería a jugar mejor.”
Su teléfono sonó. Número privado. Contestó en altavoz.
“¿Hijo?”, la voz de don Ricardo. Por primera vez, sonaba vieja. Cansada.
“Padre”, la voz de Emiliano era de titanio.
“Acabo de recibir una visita de la fiscalía”, dijo don Ricardo. Lento. “Quieren hablar conmigo. De mis cuentas. De la fundación.”
Silencio.
“¿Fuiste tú?”, preguntó don Ricardo. Ya sabía la respuesta.
“Fui yo”, confirmó Emiliano. Sin dudar. “Tú me atacaste a mí usando a mi esposa. Yo te respondo atacando lo único que amas: tu poder.”
Se oyó una risa al otro lado. Amarga. Rota.
“Así que al final… sí tienes mi sangre”, dijo don Ricardo. “Bien. Entonces sabrás que esto no se acaba hasta que uno de los dos esté enterrado.”
“Lo sé”, dijo Emiliano. “Por eso elegí que no seas tú el que me entierre a mí.”
Colgó.
Me miró. Y por primera vez en toda la historia, vi miedo en sus ojos. Miedo de verdad.
“No va a entregarse”, dijo. “Va a venir por nosotros. Por ti. Por mí. Esto… esto acaba de empezar.”
Me abrazó. Fuerte. Como si el mundo se fuera a acabar.
Y afuera, a lo lejos, se escucharon sirenas.
No eran ambulancias.
Era la policía.
Iban a la mansión principal. A la casa de don Ricardo.