La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
NovelToon tiene autorización de cinthya Verónica Sánchez Pérez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
escape
En palabras de Anna.
Sentía tanto miedo y desesperación por no ver a Fernando, cuando salimos de la iglesia toda la gente se acercó para felicitarnos yo no conocía a nadie, Pero cuando alcance la mirada ahí estaba Fernando.
—¡Vamos Anna.!— dijo mientras yo me metía entre la gente detrás él caminando rápidamente rezando para que nadie me viera.
Una vez que salí del bullicio de toda la gente Fernando me tomo de la mano y corrimos tan rápido, mientras mi vestido se llenaba de lodo y yo intentaba no caer asta donde estaba un caballo café.
— Sube rápido.— dijo Fernando nervioso mientras yo intentaba subir rápidamente al caballo, Pero con el vestido era imposible asta que lo logré.
Fernando subió detrás de mí y el caballo comenzó a correr rápidamente yo no podía evitar sonreír de la felicidad de ser libre, cuando el sonido de un balazo me dejó sorda por unos segundos y el caballo se paró de manos espantado, Pero Fernando y yo no caímos.
— Alto ahí.— se escucho la voz de un hombre mientras un auto negro nos cerraba el paso.
El corazón me dio un vuelco y el mundo pareció detenerse. El caballo, relinchando de puro terror, trataba de estabilizarse mientras el eco del disparo seguía rebotando en mis oídos. Fernando me sujetó con fuerza por la cintura, protegiéndome con su cuerpo, pero yo solo podía mirar fijamente aquel coche negro que brillaba
La puerta del conductor se abrió con una lentitud que me heló la sangre. De ella bajó Sebastián.
No era el hombre que me había mirado con una extraña mezcla de esperanza en el altar. Su rostro estaba transformado; la mandíbula tan apretada que parecía que se le romperían los dientes, y en su mano derecha sostenía un arma apuntando al suelo, aunque el humo que salía del cañón delataba quién había disparado al aire.
—Bájate, Anna —dijo él. Su voz era un susurro ronco, más aterrador que cualquier grito.
—¡Déjanos ir, Sebastián! —gritó Fernando, tratando de que el caballo no se diera la vuelta—. ¡Ella no te ama! ¡No puedes retenerla por la fuerza!
Sebastián soltó una carcajada que me hizo estremecer. No me miraba a mí, sus ojos estaban fijos en Fernando, cargados de un odio que parecía que estaba dispuesto a todo.
—¿Y tú quién eres? ¿El héroe de esta farsa? —Sebastián dio un paso hacia nosotros, y apunto a Fernando con su arma, mientras otros hombres nos rodeaban, con armas—. Anna, te lo voy a decir una sola vez. Bájate de ese animal y sube al auto. Si lo haces, este infeliz podrá irse a casa y olvidarse de que existes. Pero si te quedas ahí, te juro que lo que sigue no será un disparo al aire.
—¡No lo hagas, Anna! —me suplicó Fernando al oído—. Vámonos, el caballo es más rápido por el monte...
— Sebastián, no hagas esto, tu mismo te negabas a este matrimonio, por favor déjame ir, no volverás a tener noticias de mi.— dije mientras mis manos temblaban.
Sebastián volvió a tirar un balazo cerca de Fernando , esto provocó que el caballo se pusiera más nervioso y que ambos resbaláramos del caballo, Pero Fernando no me dejó caer, todo era confuso escuché a Fernando pelear con un par de hombres que lo tomaron con fuerza.
— Suban a Anna al auto y encarguense de ese mugroso no quiero volver a verlo.— dijo Sebastián.
Mientras yo luchaba contra los hombres llorando y pataleando, queriendo evitar subir al auto.
—¡Fernando! ¡Suéltenlo! ¡Sebastián, te lo suplico! —mi voz se quebraba en un alarido desgarrador mientras veía cómo golpeaban a Fernando en las costillas, obligándolo a hincarse en la tierra.
Él seguía estirando su mano hacia mí, con el rostro manchado de sangre y lodo, gritando mi nombre con una desesperación que me partía el alma. Pero la puerta del auto se abrió como la boca de un lobo y me arrojaron dentro. El impacto contra el cuero frío del asiento me dejó sin aire por un segundo, Pero salí del auto rápidamente
—¡Eres un cobarde, Sáenz! —gritó Fernando.pero Sebastián apuntó directamente a la cabeza del pobre Fernando.
—¡NO! —el grito salió de lo más profundo de mis pulmones.—Me puse entre el arma de Sebastián y Fernando, cubriéndolo con mi cuerpo, no podía permitir que Sebastián matará a Fernando cuando el era inocente, pues solo quería ayudarme.
—Baja el arma... por favor —supliqué, con las lágrimas nublándome la vista—. Iré contigo. Haré lo que quieras, seré la esposa que esperas, pero déjalo ir. Dale su vida.
—¡Anna! ¡No lo hagas! —Fernando intentó levantarse, pero recibió una patada en el estómago que lo dejó sin aire.
—Estas dispuesta a morir por ti novio no lo puedo creer, Sube al auto. Ahora eres mi esposa, Anna. Y voy a encargarme de que cada vez que cierres los ojos, te arrepientas de haber intentado cambiarme por un muerto de hambre.— dijo Sebastián y yo lentamente camine asta el auto llorando y subí y cerré la puerta, mirando como los hombres soltaban a Fernando y Sebastián subía a otro carro y otro hombre subía conmigo para arrancar el auto de inmediato a toda velocidad.
Después de un largo camino llegamos a una gran mansión.
El hombre que manejaba bajo de inmediato y abrió mi puerta.
— Señora Sáenz, baje por favor no quiero bajarla a la fuerza— dijo el hombre mirándome con lastima.
Baje del auto y entre a la casa Pero detrás de mi estaba Sebastián.
—¡Mírame! —rugió él, Pero yo me sentía perdida en mis pensamientos.¡Que me mires, Anna!
Me giré hacia él, con el rostro empapado en lágrimas y el velo colgando como un trapo sucio de mi cabeza.
—Eres un monstruo... —susurré, y mi voz era pura hiel—. Te odio. Te voy a odiar cada segundo de cada día que pase a tu lado.
—¿Me odias? —rio con una amargura que le deformó el rostro—. Pues no espero nada más de una cualquie..... me humillaste en mi propio pueblo por un peón, eso lo vas a pagar muy caro.— dijo y me tomó del brazo con una fuerza que me levantó.
—¡Suéltame! ¡Me lastimas! —grité, pero mis pies apenas tocaban los escalones mientras él me arrastraba hacia el interior.
Los criados bajaban la cabeza al vernos pasar; el aura de Sebastián era tan oscura que nadie se atrevía a intervenir. Subimos las escaleras y, al llegar a la habitación matrimonial, me empujó dentro. El sonido de la puerta cerrándose y el seguro girando fue el fin de mi esperanza.